Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

¿ Q uién atacaría a un anciano?

En aquella residencia, los malos tratos a mayores rara vez adoptaban la forma de una agresión directa.

Era mucho más probable la negligencia, y allí nunca había sido un problema: aquello que llamaban «complejo residencial para jubilados» era, en realidad, una residencia especializada.

Los residentes tenían apartamentos privados, atención médica in situ, actividades sociales y comidas preparadas para quien las necesitara.

Sin embargo, en cuanto a plantilla y seguridad funcionaba más como un hospital, precisamente para impedir aquella clase de abusos.

Nadie debería haber podido entrar a merodear y acosar a su padre.

Y la enfermera que la había llamado había sido exasperantemente imprecisa.

Los neumáticos chirriaron al frenar frente a la residencia, entre dos coches patrulla.

El Jeep de policía a su izquierda era tan grande que no vio a la madre y al niño en la acera, delante de su coche, hasta que ya había aparcado.

La rubia le echó el brazo por encima al chico como para protegerlo, una reacción instintiva desmesurada, pues el Sebring de Maggie ni siquiera estaba lo bastante cerca para ponerlos en peligro.

El parachoques seguía a una distancia prudencial del bordillo.

El niño también dio un salto atrás, seguramente buscando la mano de su madre, pero solo logró golpearse la cabeza contra su bolso descomunal; la enorme capucha de la sudadera le acolchó el cráneo.

Maggie apenas reparó en el grito de la mujer; ni siquiera supo qué le había dicho.

Había pasado toda su etapa escolar escuchando insultos de todas clases, así que una sola palabrota soltada por el susto no iba a afectarle, y menos estando aparcada entre dos coches de policía.

Habían enviado unidades por un incidente con su padre. Mierda .

Metió la palanca en posición de aparcamiento de un golpe, salió de un salto y corrió hacia la entrada. ¿Se habría defendido su padre? Tal vez hubiera atacado él primero y la otra persona hubiera contraatacado. No solía ser agresivo, pero la demencia avanzaba de formas que no siempre veías venir.

La enfermera de recepción —Jess— le hizo un gesto al verla pasar a toda prisa, pero Maggie no se detuvo para intercambiar saludos. El apartamento de su padre estaba al final del pasillo. Corrió hacia él, las bailarinas repiqueteando sobre el linóleo, el corazón atronándole dentro del cráneo.

Dos agentes ya custodiaban la puerta: un joven larguirucho que parecía haberse caído de un dibujo animado de Gumby , y una mujer baja y fornida con más pelo en la cara que su compañero.

Dorothy Cosgrave, de la dirección de la residencia, estaba apoyada contra la pared, gesticulando con las uñas pintadas de rosa, como si estuviera representando todo el incidente con títeres de dedo.

Le recordó a Rosie, de El cantante de bodas ; casi podía verla sirviendo albóndigas mientras cantaba «Rapper’s Delight».

—Ha pasado todo tan deprisa... —dijo Dorothy cuando Maggie se acercó—. Hemos oído un estruendo, pero cuando hemos llegado a la habitación no había nadie.

Nadie. ¿Ni siquiera papá? Maggie no podía respirar. ¿Había desaparecido su padre? ¿Hasta qué punto era grave aquello? Estaba bien, ¿verdad? Le habrían dicho si él...

—Maldita sea, he dicho que estoy bien —gruñó su padre desde dentro del apartamento, con voz lo bastante alta para que Dorothy volviera la cabeza hacia la puerta.

Los pulmones de Maggie se llenaron de aire de golpe. Sonaba enfadado, casi cruel, pero estaba vivo y, desde luego, tenía energía de sobra para mostrarse irritable.

Dorothy miró a Maggie de reojo y por fin pareció darse cuenta de que estaba allí. Los labios se le abrieron en una pequeña o de sorpresa, como si no hubiera esperado que apareciera mientras la policía seguía presente. Volvió a girarse hacia los agentes y, cuando habló de nuevo, alzó la voz:

—Nunca habíamos tenido un problema así. Jamás.

¿Para que Maggie la oyera?

Maggie la ignoró y recorrió el trecho que la separaba de la entrada del apartamento de su padre. Al doblar el marco, alcanzó a oír la respuesta de la enfermera:

—Grant, solo me llevará unos minutos más, ¿de acuerdo? —La mujer hablaba en tono bajo y suave, pero con la firmeza suficiente para dejar claro que no iba a ceder—. Déjame limpiarte eso para que no se infecte.

Maggie entró en la habitación. No tenía del todo claro qué esperaba encontrarse, pero desde luego no aquello.

El papel pintado, digno de Las chicas de oro , seguía intacto, con aquella marcada estética de «explosión en un invernadero», pero estaba igual que cualquier otro día.

Las plantas en maceta junto a los sillones La-Z-Boy también estaban bien.

Sin embargo, eran los únicos objetos que permanecían donde debían.

El taburete del piano estaba volcado; junto a una de sus patas torcidas yacía hecha añicos una foto enmarcada de ella y su hermano.

La manta de ganchillo que solía estar echada sobre el respaldo del sillón de papá estaba arrugada en el suelo, moteada de carmesí...

sangre. ¿De su padre? ¿Qué demonios había pasado allí?

Su padre estaba sentado en una silla junto a la mesa bistró.

La otra silla estaba rota y la mesa, volcada de lado.

Arrodillada a la altura de su cadera, la enfermera vertió gel antibacteriano de un tubo sobre una larga brecha suturada en el antebrazo de su padre; después dejó el tubo de nuevo en el carrito metálico con ruedas, junto al resto del material de primeros auxilios: gasas, agujas, bisturíes.

Una herida superficial. Solo una herida superficial. Gracias a Dios.

La enfermera alzó la vista. ¿Clara? ¿Así se llamaba? La preocupación le atravesaba la mirada; tenía las cejas fruncidas en el centro de la frente. Asintió en dirección a Maggie y sacó un grueso taco de gasa del paquete. Sangre en los guantes. Tanta sangre hoy.

Maggie hizo una mueca, dirigió la vista hacia la pared del fondo...

y frunció el ceño. La puerta que daba al patio estaba entreabierta.

¿Su padre había dejado entrar al agresor?

No, no tenía sentido. Para abrir la puerta trasera necesitaba la tarjeta de un cuidador, una medida de seguridad para impedir que se escapara.

Aquella ciudad no estaba preparada para un ejército de pacientes con demencia vagando por las calles y largando historias de «los buenos tiempos» a diestro y siniestro.

Se acercó a su padre por el lado opuesto al de la enfermera y se inclinó para mirarlo a los ojos. Los iris de su padre tenían el mismo tono ámbar que los suyos.

—¿Quién te ha hecho esto?

Él negó con la cabeza; las vetas color óxido de su barba blanca relucieron.

—Nadie me ha hecho nada.

—Pero tu brazo…

—No me ha pasado nada —insistió él—. ¿Podemos ver Los enigmas más desconcertantes del mundo ?

Maggie se enderezó. Mierda . Alguien había entrado, lo había atacado, y él no tenía forma de decirle quién podía haber sido. Dos derrames cerebrales le habían destrozado la memoria.

La enfermera miró a Maggie, arrancó una tira de esparadrapo del rollo y la fijó sobre la herida.

—No ha dejado de preguntar por la tele desde que llegué. Quizá cuando termine…

Maggie asintió, sin fiarse de su voz. Aquella copia barata de Misterios sin resolver era el programa favorito de los dos, pero ahora mismo no se veía capaz de quedarse quieta mirándolo.

La piel le vibraba aún más que en el coche; el picor se había agudizado hasta convertirse en un hormigueo punzante, como si hubiera alborotado a un enjambre de avispas que viviera dentro de sus huesos.

Quizá más tarde recordara algo; era posible.

Pero ¿qué se suponía que debía hacer ahora?

¿Llamar a… Reid? Le había hecho un favor apenas dos horas antes y, aunque no tenía intención de cobrárselo, aquello era diferente.

Aquello era familia.

La enfermera terminó de vendarle, se levantó y cogió el carrito.

Le hizo un gesto de asentimiento a Maggie al salir, pero dejó la puerta casi cerrada a su espalda, amortiguando el barullo del pasillo.

Los policías seguían charlando con el personal justo al otro lado.

Hablaban con gente que podía saber algo; a su padre ya lo habían descartado. Y era lógico.

Odiaba que fuera lógico. Que allí dentro solo hubiera silencio. Solo su padre, mirando la pantalla apagada del televisor. Solo la corriente helada que entraba desde el patio, por una puerta que debería haber estado cerrada con llave.

La bilis le hervía en la base del esófago.

Vamos, Mags. Contrólate. Papá estaba bien, vendado y sano, pero el desasosiego que le reptaba por la espalda se negaba a ceder.

¿Sería su sistema nervioso sobrecargado, haciendo de las suyas?

Había sido un día de mierda. Se sentía como si acabara de pasarse ocho horas intentando andar en monociclo sobre una cuerda floja… en medio de un tornado.

Pero ya no iba en monociclo. Así que ¿por qué no sentía que aquello hubiera terminado?

¿ Terminado ? No, ese no era el problema.

Miró de golpe hacia la puerta trasera, la corredera abierta.

Ah… No era que lo sintiera inacabado, aunque la acosaba una vaga sensación de que faltaba algo.

Era que todo aquello no le parecía casual .

Hacía falta un plan para entrar y salir de allí sin que el personal se diera cuenta.

Maggie tragó saliva. Sí, quizá sus suposiciones estuvieran teñidas por aquel día de monociclo y tornado, por las horas que había pasado con un chico cuya familia había sido masacrada.

Una perspectiva así convertía cualquier incidente nuevo en algo crítico, en una cuestión de vida o muerte.

Pero quizá pudiera dormir aquella noche en el sillón de papá.

¿Estaría el resto del piso tan revuelto como el salón?

Le apretó el hombro, y él alzó la vista un instante. Tenía los ojos vidriosos y la mirada interrogante; no tenía ni idea de quién era ella. No era más que otra desconocida deambulando por su piso. Si se quedaba, podía asustarlo. ¿Quién querría despertarse y encontrarse a una extraña en casa?

De pronto, las paredes estaban demasiado cerca.

—Ahora vuelvo y vemos tu programa, ¿vale? —La voz le salió tensa, temblorosa—. Solo tengo que ir al baño.

—Al fondo del pasillo —respondió él, sin apartar la mirada del frente—. No mojes el suelo. Y cuidado con mi tipo.

¿ Mi tipo ? Se volvió hacia él.

—¿La persona que te ha hecho daño?

No podía seguir allí, ¿verdad? El corazón se le embaló, con latidos rápidos y punzantes, como un minero de carbón diminuto clavándole un pico en las costillas.

Volvió hasta el sillón con las piernas de goma y se agachó a su lado. Tenía el codo tan cerca de su rodilla que notaba el calor a través de la camisa.

—¿Sabes quién ha entrado aquí? ¿Puedes describirlo?

Su padre seguía mirando la pantalla apagada. Igual que Ezra.

—¿Me has oído? Por favor, papá, vamos.

Aspiró por la nariz y, por fin, se volvió hacia ella.

— Los enigmas más desconcertantes del mundo empieza dentro de unos minutos. Más te vale darte prisa. Y cuidado con el agua.

El corazón se le encogió y luego se le aflojó.

Cuidado con el agua. Antes se lo decía a ella y a Aiden: le preocupaba que derramaran agua y resbalaran, desde que Aiden había hecho justo eso.

El estómago se le retorció hasta convertirse en un nido de rabia contenida, erizado de espinas de pánico. Necesitaba… desahogarse.

Iba a perder la cabeza.

El pasillo se le hizo interminable. Avanzó junto a fotos de ella con el birrete de graduación, de su madre el día de su boda, de Aiden de bebé. Toda una vida en imágenes, algunas torcidas. Le dolió todavía más el estómago; el ácido le arañaba la garganta.

Maggie empujó la puerta del baño y, en cuanto cruzó el umbral, se le erizó la piel de los brazos.

Hacía un frío glacial: la orientación de la ventana del baño dejaba entrar más corriente que la puerta trasera.

Papá seguramente creía que era verano. Era incapaz de saber siquiera en qué década vivía, y mucho menos en qué estación del año.

Cerró la puerta de una patada y se estremeció cuando esta chocó contra el marco. Apoyó la espalda en la madera fría. Allí estaba más tranquila… Había más silencio. A oscuras, todo era negro, pero no se decidía a alargar la mano hacia el interruptor.

Está bien. Papá está bien.

Respiró. El pulso se le fue calmando. La presión en los pulmones cedió. Por fin dio un paso al frente y apoyó la mano en la encimera; al retirarla, tenía los dedos húmedos. Y… el suelo de baldosas bajo sus zapatos también estaba resbaladizo, ¿no?

Maggie encendió la luz.

El suelo relucía, mojado. Unas salpicaduras rosadas moteaban la encimera alrededor del lavabo. Pero cuando la vista se le posó en el váter, la respiración volvió a cortársele; la presión en el pecho era tan intensa que temió que se le partieran las costillas.

En la esquina del baño, junto a la base del váter, brillaba un charco marrón oscuro.

En el centro del charco había un camioncito de juguete.