Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

M aggie vio marcharse a Reid y Ezra con un nudo en el estómago. El chico seguía a Reid como un cachorro perdido, con la cabeza gacha. Owen no había conseguido sacar nada en claro. El crío se había zampado media pizza, pero no había dicho ni una palabra.

Owen la abrazó y le preguntó si necesitaba hablar, pero estaba demasiado alterada para mantener una conversación de verdad.

Olía a ajo: delicioso y repugnante a la vez, como si el hombre más sexy del mundo te dijera que sonrieras más.

Owen se fue antes que ella, despidiéndose con la mano y prometiendo verla por la mañana; llevaría dónuts de crema bávara. Estupendo.

Aun así, seguía intranquila cuando cerró con llave la consulta al final de la jornada y se dirigió al coche.

El aparcamiento parecía más pequeño de lo habitual.

El aire vibraba. La noche tenía ojos. Se le clavaban en la espalda, le erizaban el vello de la nuca.

Miró por encima del hombro, recorriendo con la vista el sendero que rodeaba el aparcamiento y después el edificio contiguo, pero todo estaba como debía estar.

Oscuridad brumosa y silencio, salvo por el susurro de la brisa fría de marzo.

La puerta del Sebring descapotable se cerró de golpe, como un signo de exclamación al final de la condena que había sido aquella noche.

El muñeco cabezón del salpicadero —en el mismo sitio donde Kevin llevaba el suyo— agitó la cabeza ante su aprensión.

Beaker, de El show de los Teleñecos . Le parecía un compañero más seguro y más inteligente que el Ernie de Kevin, que seguramente había asentido con aprobación mientras Kevin metía el coche en el río.

En los últimos seis meses, aquellos muñecos se habían vuelto más importantes que nunca; le daban más consuelo del que deberían.

Sobre todo desde que había dejado de ir a aquel club.

Arrancó el coche con un suspiro. Tenían que atrapar a un asesino.

¿Cuánto tiempo tenían antes de que volviera a atacar?

Los crímenes anteriores habían tenido lugar con meses de diferencia, pero, tras aquel reciente cambio en su modus operandi , no estaba segura de que fuera a respetar el calendario.

El sospechoso no quedaría satisfecho con cómo habían salido las cosas en casa de los Darren.

Dejar a Ezra con vida… eso lo roería por dentro.

Menos mal que el chico se quedaba con un policía. Ezra estaría protegido en casa de Reid.

Maggie salió del aparcamiento y se incorporó a la carretera principal. Entrecerró los ojos cuando una camioneta se le pegó al parachoques trasero e inundó el habitáculo de luz halógena.

Muy sutil, imbécil.

No estaba de humor para tonterías. Le picaba la piel, como si tuviera ronchas enterradas en lo más profundo de la dermis, en un lugar al que no podía llegar para rascarse.

Con toda su experiencia con asesinos en serie, con hombres que arrebataban vidas, sabía que muy pocos mataban de forma indiscriminada.

Había una conexión entre las víctimas. Aquel hombre tenía un método para escoger a esas familias.

Necesitaba algún sitio donde… fijarse en ellas.

Investigarlas. Tenía que asegurarse de que se ajustaban a su ideal.

Frunció el ceño al mirar por el retrovisor y levantó el pie del acelerador, reduciendo la velocidad por debajo del límite. El idiota de detrás le dio las largas. Ella pisó el freno y se puso a veinticinco kilómetros por hora por debajo del límite. Él volvió a darle las largas. A treinta.

En realidad, al asesino le bastaba con pasarse cada semana por un restaurante distinto para familias, en un condado nuevo, hasta que encontrara a sus próximas víctimas.

Y su patrón de ir cambiando de jurisdicción, que había impedido que los casos se relacionaran hasta ahora…

eso sí que era astuto. Aquel asesino era listo. Era paciente.

Mala combinación.

Con un bocinazo largo, la camioneta que la seguía giró por una calle lateral. La oscuridad que dejó tras de sí alivió una presión en el pecho que Maggie apenas había advertido hasta entonces, pero no bastó para hacerla sentir tranquila.

Ni cuerda.

Aceleró hasta ponerse quince kilómetros por encima del límite —bueno, treinta—, se frotó el cuello agarrotado y después se rascó el brazo. Estaba acelerada; demasiado tensa. Quizá debería probar con yoga. Un poco de meditación. O…

Podía ir al club.

Los dedos se le tensaron alrededor del volante. Ya podía oler la canela mezclada con la sal y el almizcle; el embriagador aroma a vainilla y jengibre de las velas. Y el cuero… tantísimo cuero. Podía sentirlo sobre la piel, envolviéndole las pantorrillas, cubriéndole la cara, y al hombre…

No, Maggie. No.

Una cosa era disfrutar del sexo anónimo y otra muy distinta ponerle los rasgos de alguien conocido a tu compañero sin rostro.

Las máscaras lo hacían demasiado fácil; muchas cubrían la cara desde la frente hasta la barbilla.

Y pensar que Owen había sido quien le habló de la existencia del club.

Él se había enterado por su exmujer, y que ella conociera un lugar tan escandaloso era probablemente uno de los motivos por los que habían acabado divorciados.

Quizá podría llamar a Alex. Alex no era muy dada a las conversaciones profundas; las lágrimas la incomodaban. Podrían ir a lanzar hachas a su sitio de siempre y...

Hachas. Una imagen del expediente le atravesó la mente como un fogonazo: la niña en su dormitorio, la sangre en el pelo, los profundos tajos del filo. No, lanzar hachas no iba a relajarla. Ni de lejos.

El teléfono sonó como si hubiese estado esperando justo aquel instante para interrumpirla, y ella dio un respingo.

Número oculto. ¿Responder o no responder?

Esa es la cuestión. Hablar con un teleoperador tenía que ser mejor que obsesionarse.

Y se le daba de puta madre obsesionarse.

La oligarca de las comeduras de cabeza, eso era ella. Maggie se llevó el móvil a la oreja.

—He oído que mi hermano vuelve a estar encima de ti —anunció Tristan antes de que pudiera saludar.

Frunció el ceño. ¿Y eso qué coño significaba?

—¿Como tú encima de mí?

¿Y ella tenía a alguien encima? No, ¿verdad?

—Puedo ayudar, ¿sabes? Con todo eso de la familia asesinada en lo que estáis trabajando.

—Si tu hermano quisiera tu ayuda, te habría llamado.

Pero era verdad... quizá pudiera ayudar.

Tenía acceso a más información que el departamento de policía de aquella pequeña ciudad.

Tristan Simms había hecho fortuna con la tecnología, la seguridad...

tal vez la minería de datos. Seguía sin tener del todo claro a qué se dedicaba, pero, si necesitaba información sobre alguien, él podía conseguírsela.

Un maestro en invadir la intimidad ajena.

Se oponía moral y éticamente a todo lo que él representaba, y sin embargo no lograba quitárselo de la cabeza cuando quería hacerlo.

Por eso había llamado desde un número oculto. Para que ella contestara.

Tristan soltó un resoplido.

—Empiezo a tener un poco de celos de que hables con él y no conmigo.

El simple hecho de que los celos entren en la ecuación es precisamente la razón por la que no puedo hablar contigo.

—Él no es mi paciente.

—Yo tampoco.

Pero lo había sido... demasiado recientemente.

A su madre la habían inhabilitado y seguía con la correa corta por sus errores.

Su padre había acabado con una bala en las costillas después de llamar a la policía por un paciente suicida.

Ella no pensaba completar el pleno de malas decisiones profesionales.

—Voy a colgar, señor Simms. Y no vuelva a llamarme desde un número oculto, ¿entendido? Le hace parecer sospechoso.

Él se rio entre dientes.

—Hablamos luego, doctora.

Giró a la derecha para entrar en su barrio, aferrando el móvil con tanta fuerza que le dolían los nudillos.

Al menos tres veces por semana recibía una llamada de Tristan o algún regalo inesperado.

Primero había llegado la cajita con lazo que contenía el pisapapeles que ahora tenía sobre su escritorio; poco después, una entrega de sándwiches de corned beef, sus favoritos.

El paquete más reciente incluía una entrada para un concierto de Weird Al en Luisiana y un billete de avión a Nueva Orleans.

Había ignorado todos los regalos, no le había mandado ni un solo mensaje acusando recibo y solo se había quedado el pisapapeles porque sabía que él jamás lo vería.

Tristan había tenido la costumbre de rastrear su teléfono... seguía jugando. Como siempre.

Pero a ti te gustan los buenos juegos, ¿verdad, Maggie?

Notó que se le encendía la cara. Apartó aquel pensamiento de un empujón y dio un volantazo para entrar en el camino de acceso a la casa de su padre, su hogar hasta que reconstruyeran el suyo. El teléfono volvió a sonar.

Joder, Tristan.

Pero se detuvo al darle la vuelta al móvil.

El número no era el de Tristan, no era oculto y lo reconoció: Papá .

Se le aceleró el pulso, palpitándole en las sienes.

Una llamada nocturna de la residencia rara vez auguraba nada bueno, y menos ahora que su padre estaba a un paso de necesitar cuidados residenciales a tiempo completo.

—¿Maggie Connolly?

Era una voz femenina y suave, probablemente encantadora en otras circunstancias, pero las palabras tenían un filo afilado: ansiedad.

—Soy Jess, de...

—¿Mi padre está bien?

—Será mejor que venga —dijo la mujer—. Ha habido un incidente.

«Incidente» era la palabra más evasiva que se le ocurría, y le retumbó en el tímpano con una crudeza irritante. ¿Había sufrido un infarto? ¿Otro derrame? ¿Se había subido a una mesa a cantar canciones de musicales y se había caído?

—¿Qué significa eso? ¿Qué ha pasado?

—Lo han... atacado.

La voz de la enfermera salió tensa.

— ¿Atacado? ¿Por...?

—Todavía no lo sabemos. La policía está de camino.

Se alzó un alboroto al fondo, seguido de un roce, como si a la enfermera se le hubiera caído el teléfono. Pero cuando volvió a hablar, su voz sonó clara, urgente.

—Por favor, venga deprisa.