Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

M aggie dio un sorbo al chai de pimienta negra, intentando ordenar sus pensamientos. Aún le sabía la boca a pepperoni. La combinación de carne curada y canela era extraña, pero le iba ese rollo , igual que decirles cosas raras a los niños pequeños.

Reid volvía a estar sentado frente a ella y, una vez más, tenía la mirada tensa, crispada por el estrés. Si entrecerraba los ojos, casi podía convencerse de que la mancha en el puño de su camisa era salsa de pizza. Pero no lo era.

—Revisaré fotos de sospechosos con lunares, de cualquier persona relacionada con Ezra o con las otras familias.

Ya he buscado entre los exconvictos a quienes estuvieran entre rejas durante los periodos de inactividad, pero no he encontrado a nadie que estuviera encerrado durante las tres pausas.

No tenemos mucho de donde tirar. Solo al niño.

Y un perfil… si lograba elaborar uno decente.

Maggie bajó la vista hacia el escritorio, donde Reid había dejado los expedientes de los asesinatos anteriores.

El de arriba estaba abierto por una página con fotografías de la primera escena del crimen: una niña preadolescente, con el pelo rubio extendido sobre la almohada en forma de abanico y la camiseta del pijama empapada de sangre.

Las cicatrices de la nuca —dos conjuntos bien definidos de marcas dentales— le ardieron y luego se calmaron.

No había nada tan horrible como mirar los ojos vidriosos y muertos de un niño, sobre todo porque, cada vez que lo hacía, veía el rostro de su hermano devolviéndole la mirada.

Si hubiera estado con él, si lo hubiera acompañado a casa como debía…

Lo había protegido de los abusones en el colegio, pero le había fallado cuando de verdad importaba.

Maggie apartó aquel pensamiento de un empujón y pasó la página con más violencia de la que pretendía, tan bruscamente que rasgó una esquina e hizo que Reid se irguiera en la silla.

Inspiró despacio y en silencio, obligándose a pasar las hojas con más cuidado.

Una fotografía satinada tras otra: tanta sangre, tanta muerte.

La madre, el padre y la hermana, despedazados como reses en un matadero.

El hijo menor estaba igual de muerto, pero había mucha menos carnicería.

Entornó los ojos al mirarlo: el niño sobre la alfombrilla del baño, el rostro vuelto hacia el techo, las manos cruzadas sobre el pecho.

De no ser por el tono azulado de sus labios, podría haber creído que dormía.

No había hematomas que indicaran que el niño hubiera sufrido malos tratos antes de que el asesino lo sumergiera bajo el agua.

El estómago se le revolvió; la pizza y el té le borboteaban, agrios, en las tripas.

Sí, trabajaba como consultora; sí, a veces elaboraba perfiles psicológicos.

Incluso trataba con asesinos. Pero nunca había trabajado en un caso tan brutal, y desde luego nunca después de hablar con un niño que tan fácilmente podría haber sido uno de los que aparecían en aquellas fotos.

Ojalá tuviera una fotografía así de Aiden.

Al menos entonces… lo sabría. ¿La convertía eso en una hermana horrible?

Tragó saliva. No estoy hecha para esto.

Maggie cerró la carpeta y deslizó el montón hacia Reid. Todos los crímenes empleaban las mismas técnicas, así que se ahorraría el trauma de examinar cada herida de desollamiento, el rostro de cada niño muerto.

—Me alegro de que se quede contigo.

Y no muerto sobre una alfombrilla de baño ni escondido para siempre en algún lugar desconocido.

Reid la miró de reojo, con una leve sonrisa en la comisura de los labios. No era felicidad, sino más bien compasión. O quizá alivio porque ella creyera que era el hombre adecuado para el trabajo.

—Bueno, dame tu perfil, Maggie. Todo lo que pienses sobre los aniquiladores familiares. Cuanto más concreta seas, mejor.

Maggie cruzó las piernas y se recostó en la silla, como si así pudiera alejarse de los horrores de aquellos expedientes.

—Los aniquiladores familiares son un tipo de asesino muy concreto. La mayoría son hombres blancos de entre los treinta y los cuarenta, aparentemente buenos maridos y padres hasta el final. Con poco o ningún historial delictivo. Pero eso ya lo sabes.

Esperó a que Reid asintiera antes de continuar.

—Pero este caso es distinto. No presta una atención especial a la madre; no la culpa de lo que percibe como el desmoronamiento de la familia.

No es paranoico ni intenta protegerlos de la ruina.

No usa a estas familias como baremo de su propio éxito.

No tiene ninguna relación de parentesco con ellas, que sepamos, lo cual deja fuera de juego los subtipos habituales de aniquilador.

—Así que no es un aniquilador familiar, pese a que está aniquilando familias.

—No en el sentido tradicional. Y eso resulta evidente por la persona con la que se identifica. Está claro que no se identifica con el patriarca; no mata al padre con miramientos. No siente nada por él.

—No siente nada por ninguno de ellos, Maggie. Ese tipo es un maldito enfermo.

—Eso no es verdad.

Reid abrió la boca para protestar, pero ella levantó una mano y siguió hablando.

—Sí, es un enfermo, vale. Pero sí siente algo por un miembro de cada familia. Tú mismo has dicho que muestra signos de remordimiento hacia el hijo menor. Lo mata de otra manera. Lo ahoga en vez de despedazarlo.

Reid frunció el ceño.

—¿Y el juguete? —preguntó—. Deja uno de esos cochecitos ridículos en el baño de cada escena del crimen. ¿Es como... flores sobre una tumba? ¿Otra señal de remordimiento?

—Desde luego podría estar ofreciéndole un regalo al niño muerto, pero creo que es algo más que eso.

En vez de verse reflejado en el padre, creo que se identifica con el hijo menor.

Se ve a sí mismo en el niño. Y, por la brutalidad con que mata al resto de la familia, seguramente creció en un hogar donde sufrió abusos terribles.

Incluso los psicópatas rara vez eran violentos por naturaleza; la mayoría solo se volvían violentos después de haber sufrido abusos.

—Si esas familias representan el hogar en el que él mismo sufrió abusos, entonces el hijo menor —los niños como Ezra— representa al asesino. Y, hasta ahora, también se ha matado siempre a sí mismo.

—Entonces, ¿qué significa eso, Mags?

Mags . Nunca la llamaba así. Ese apodo estaba reservado para la gente que conocía desde primaria. Enarcó una ceja.

Reid pareció darse cuenta del desliz y tragó saliva.

—Perdona, solo estaba probando, doctora .

Casi sonrió. El primer caso que habían llevado juntos había empezado cuando ella lo corrigió: No es señorita Connolly. Llámeme doctora. Pero los expedientes estaban demasiado cerca. Los horrores, demasiado crudos. La sala, demasiado pequeña.

—El hecho de que haya cambiado esta parte de su rutina, quizá la más importante de todas, indica que algo ha cambiado en su estado mental.

—¿Que se está haciendo mayor y más listo?

—Puede que haya tenido un hijo. Cuando eres padre, los hijos de los demás adquieren otro significado.

Salvo que fueras Owen Jennings-Steele. Él siempre había sido de una dulzura tranquila y constante, tanto con los adultos como con los niños.

Reid hizo una mueca.

—Imagínate procrear con un tío así, ¿eh?

—¿Estás seguro de que es un hombre?

Ella también estaba bastante segura. Las mujeres que asesinaban a sus familias eran más propensas a presentar un trastorno facticio, conocido habitualmente como síndrome de Munchausen por poderes.

El envenenamiento era uno de los métodos predilectos de las homicidas.

Los métodos que requerían poca fuerza física eran más seguros; les permitían compensar su menor estatura y el consiguiente desequilibrio de fuerzas.

Pero en este caso... había algunas señales de alarma.

—¿Es bajo? —preguntó.

Reid ladeó la cabeza.

—¿Cómo lo sabes?

—Por cómo actúa. Mata a sus víctimas mientras están en la cama, cuando son más vulnerables. Como si no confiara en poder acabar con ellas estando despiertas o dudara de su capacidad para defenderse.

—Joder. —Reid aspiró por la nariz y, distraídamente, se pasó el pulgar por el puño de la camisa, sobre la sangre—.

Lo has clavado. Es bajo, aunque no tanto como podrían sugerir las heridas.

Creemos que entra a gatas en la habitación, quizá para que no lo vean si se despiertan.

Después ataca de rodillas, como si estuviera rezando mientras lo hace.

Ninguna de las camas era alta —nada de camas trineo extravagantes ni estructuras enormes—, así que, incluso de rodillas, los colchones no le habrían llegado más arriba del pecho.

Por el ángulo es imposible determinar exactamente cuánto mide, pero los forenses calculan entre un metro sesenta y un metro sesenta y cinco.

—Miró hacia abajo, hizo una mueca y volvió a cubrirse el puño con la chaqueta—.

Y he visto asesinos atacar de noche para asegurarse de que no los redujeran.

Hace unos años resolví un caso de homicidios en cadena con un asesino que usaba un hacha, también.

Creo que por eso la policía de Point Harris me llamó la semana pasada para que colaborara.

Pero Reid estaba allí porque sabía que no lo tenía todo bajo control; necesitaba averiguar qué se le estaba escapando.

—Ese miedo a que lo sometan es una parte importante de su modus operandi.

Creo que este asesino preferiría tomarse su tiempo con los padres y la hermana, deleitarse con la sangre y con el proceso, pero no confía en su capacidad para reducirlos físicamente.

Nunca podrá satisfacer del todo ese impulso sádico. Y eso lo enfurece.

—Problemas de autoestima, ¿eh?

La mirada de Reid se perdió a lo lejos, pensativa.

El olor a canela y pimienta le escocía en las fosas nasales.

El silencio se prolongó. Y, en la quietud, oyó la voz de Ezra: El tipo del lunar dice que yo soy el siguiente.

El asesino había marcado a Ezra como su próxima víctima.

¿Qué le había impedido matarlo la noche anterior?

Fuera, el anochecer parecía un inmenso vacío amoratado y opresivo, un terciopelo capaz de asfixiarte.

—Reid, si este asesino ha sufrido de pronto un cambio tan importante en su manera de ver el mundo, podría alterar el resto de su patrón. Me preocupa que no nos quede mucho tiempo antes de que vuelva a hacerlo.

Los ojos castaños de Reid se oscurecieron.

—Esperemos poder atraparlo antes de tener que averiguar qué más tiene pensado hacer.

Y, como antes, oyó lo que no decía: Espero que lo detengamos antes de que deje a otro niño huérfano... o muerto en el suelo de un baño.