Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

E l tipo del lunar dice que yo soy el siguiente : era una frase cargada de implicaciones.

Maggie llevaba veintisiete minutos de sesión y seguía sin tener claro qué demonios quería decir.

El niño no había confirmado si el asesino tenía un lunar ni dónde podía estar la marca de nacimiento, pero el propio Ezra tenía uno cerca de la muñeca; seguro que sabía lo que significaba la palabra.

Había cambiado de estrategia y se había puesto a charlar de cosas que no tenían nada que ver con el crimen: cuáles eran sus asignaturas favoritas, si tenía mascotas.

Incluso se había ofrecido a dejarle hacer bailar la cabeza a Bert. Pero el niño se había cerrado en banda.

—¿Qué te gusta comer, Ezra?

Nada.

—Podemos seguir dibujando si quieres. Solo tengo un boli azul, pero eso irá todavía mejor si te encantan los arándanos. O... los Pitufos . ¿Eso sigue existiendo? ¿Los Trolls ?

Los hijos de Sammy e Imani siempre le recordaban que era patéticamente poco guay, pero a Maggie nunca le había importado... hasta que tuvo que ganarse a un niño testigo.

Ezra parpadeó y apartó la mirada hacia la ventana.

—A mí me gusta la comida picante. Es como mi rollo. Mi rollo.

Casi mejor habría sido llamarlo colegui .

—Reid me ha escrito; dice que la cena llegará enseguida. Debes de tener hambre.

Ezra miró el terrario de la araña y volvió la vista hacia la ventana.

El sol llevaba media hora sumergiéndose despacio bajo el horizonte, pintando las paredes de su despacho de rosa, luego naranja y, por último, de un gris brumoso.

Pero, mientras contemplaba la franja violeta del crepúsculo, no podía quitarse de encima la sensación de que avanzaban demasiado deprisa hacia otro asesinato.

El asesino no había matado a Ezra. Puede que necesite volver a matar mucho antes de lo que indicaba su patrón anterior. Y lo único que tenían era una frase susurrada. Bueno, eso y que, al parecer, a Ezra le gustaban las arañas.

¡Buen trabajo, Maggie! Seguro que será utilísimo cuando llamemos al cruzado arácnido.

A los cuarenta minutos de empezar, y después de seis enteros sin que el niño la mirase, Maggie se levantó.

—Vamos a buscar a Reid, ¿vale?

Ezra bajó la cabeza y caminó con pasitos suaves hacia la puerta del despacho.

Maggie lo siguió, esperando a medias que se detuviera en el umbral como un Roomba, pero sus piececitos aceleraron al acercarse a la salida.

Lanzó el brazo, igual que había hecho al alcanzar el pisapapeles, y tiró del picaporte.

Ezra se quedó inmóvil.

Owen, su compañero, estaba en el umbral con una taza de café humeante en la mano.

Rubio y de ojos azules —como Ezra—, era como un surfero californiano que se hubiera tomado pastillas para empollones.

Hacía ejercicio por sus beneficios psicológicos y luego ocultaba bajo tweed el físico fibroso que le saliera de ello.

Su madre no dejaba de decirle que saliera con él, otra de las muchas cosas en que mamá se equivocaba.

Se habían conocido en la universidad y, aunque Owen no era tan cercano como Sammy, salir con él sería como salir con un primo.

Además, no terminaba de entender su sarcasmo.

Kevin sí lo entendía. Hasta que rechazaste su proposición de matrimonio y se tiró con el coche por un puente. Se le cerró la garganta. Había tenido aquel pensamiento fugaz miles de veces durante el último año, pero siempre le golpeaba de lleno en los pulmones.

—Oh... hola —dijo Owen, sonriendo al niño—. ¿Cómo te llamas?

Ezra se limitó a mirarlo.

—Hola, Owen —llegó la voz de Reid desde el pasillo, más allá del marco de la puerta.

A Owen se le borró la sonrisa y la mirada se le afiló.

Echó un vistazo a Reid cuando este se acercó a la puerta y levantó la taza: El mejor jefe del mundo .

Maggie le había regalado una que decía Sí, soy secretario, pero no puedo arreglar la estupidez , después de que Tristan lo confundiera con uno el año anterior; con un secretario, no con un estúpido. Y ese olor... ¿era chai?

Ezra cruzó el umbral del despacho y salió al pasillo. Lo siento, chaval. Lo intentaremos otra vez. Quizá si tuviera un cachorro en vez de una araña, o si estuviera al día de la jerga de los niños guays, pero tal como iban las cosas...

Por Dios, Maggie, deja de darle vueltas.

Owen seguía mirándola.

—¿Para mí? —preguntó.

Owen asintió y le tendió la taza. Pero Reid también asentía.

—Para todos. —Reid alzó dos cajas de pizza y el intenso aroma de ajo, albahaca y orégano le inundó la nariz. Se le hizo la boca agua; de pronto se moría de hambre—. Owen, ¿te gusta más la de pepperoni o la vegetariana?

—No tengo hambre —dijo Owen—, pero gracias. Te agradezco el detalle.

Maggie escrutó su rostro, incapaz de descifrar lo que sentía de verdad; llevaba puesta su máscara de psicólogo de «puedes contarme lo que sea».

Owen, aquel angustias, no era precisamente fan de su trabajo con la prisión y, por lo general, tampoco agradecía la presencia de Reid.

Culpaba al detective de haberla puesto en peligro el año anterior.

Reid asintió.

—Lo siento, debería haber pedido también una ensalada o algo así. —Se volvió hacia el niño—. ¿Y tú, Ezra?

El niño parpadeó. Después se marchó pasillo arriba.

Bueno, eso responde a la pregunta.

Que Ezra decidiera prescindir de la cena no era una buena señal, pero expresar una preferencia era mejor que quedarse petrificado en el pasillo.

Maggie se llevó la taza humeante a los labios. Las gafas se le empañaron. Chai extra picante; aquella mezcla llevaba pimienta negra. Entrecerrando los ojos tras los cristales velados, fue hacia su escritorio.

—¿Está... en tu despacho? —preguntó Reid.

Maggie dejó el té sobre la mesa, colocó las gafas empañadas junto a él y regresó al pasillo justo a tiempo de ver a Ezra dejarse caer en el sofá de Owen.

Vaya.

¿Buena señal? A lo mejor es que no le gusto.

—Lo siento, Owen —dijo Reid—. Le pediré que vuelva aquí fuera.

Owen ya estaba negando con la cabeza.

—Puede sentarse ahí si quiere. Incluso puede cenar dentro, si tenéis algo que... repasar. —Alzó una ceja y, cuando Maggie asintió, añadió—: También tengo ceras y juguetes. Por mis niñas.

En realidad... Owen era el hombre perfecto para sentarse con Ezra. Tenía un auténtico aire de padre. No del tipo bondage; si lo fuera, quizá a ella le habría interesado. Es broma, es broma: a Maggie le gustaba llevar las riendas.

Owen se volvió hacia Reid.

—¿Es tuyo?

Reid negó con la cabeza y bajó la voz.

—Es una víctima. Vio cómo asesinaban a sus padres.

A Owen se le abrieron mucho los ojos.

—Oh, madre mía.

Aquello era lo más intenso que llegaba a ponerse Owen. Tranquilo, fiable, seguro. No era de extrañar que Ezra hubiera entrado allí.

—Todavía no me habla —dijo Maggie en voz baja—. Lo he intentado, pero puede que hagan falta unas cuantas sesiones más. Y no tenemos tiempo para unas cuantas sesiones más si queremos atrapar al tipo que le hizo daño a su familia.

Los tres se volvieron hacia la puerta abierta del despacho de Owen. Ezra golpeaba con los talones la parte delantera del sofá mientras balanceaba las piernas. El crío parecía de lo más cómodo. Quizá soltara una frase o dos más.

Owen asintió, comprendiendo.

—Supongo que, después de todo, sí me vendrán bien unas porciones de pizza. —Se volvió hacia Maggie—. Dime si hay algo más en lo que pueda ayudar.

Ella sonrió, pero tenía el pecho ardiendo y las orejas le quemaban. El fiable, estable Owen. Si su madre conseguía llevarlos algún día al altar, Maggie también acabaría destrozándolo.