Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

E zra Darren era un niño de ojos muy abiertos, pestañas de mariposa y mejillas de querubín, con la mirada muerta de un superviviente de una zona de guerra.

Reid le había conseguido ropa limpia —unos vaqueros azules impecables y una sudadera con capucha que decía COEXIST en letras adornadas— y le había lavado la sangre de las manos.

Las uñas de Ezra también estaban limpias, aunque seguramente se debía a que el equipo forense había raspado restos de debajo de las uñas.

Ezra se mantuvo pegado a la cadera de Reid mientras cruzaban el umbral.

Reid respondió señalándole la silla, con una mirada amable.

Su porte había cambiado desde que hablara con Maggie apenas unos minutos antes.

Bordaba el papel de poli malo, pero era un blandengue como J.D.

, aunque seguro que la comparación le sentaría fatal.

Maggie se preguntó si tendría algún tatuaje secreto, quizá una lágrima en el hombro.

Reid acomodó al niño en la silla frente a ella y se quedó de pie, con una mano apoyada en el respaldo de madera.

—Esta es Maggie, la señora tan maja de la que te hablé —dijo, mirando al niño—. Creo que te caerá bien. A veces la llamo cuando estoy disgustado, y encuentra la manera de ayudarme a sentirme mejor.

Creo que me acordaría de una llamada así. Pero entendía lo que estaba haciendo. Parpadeó y miró a Reid, aunque solo alcanzó a verle la coronilla.

Ezra se sorbió la nariz. Tampoco miró a Maggie a la cara. Su mirada recorrió la mesa junto a la pared del fondo, una consola alargada sobre la que descansaban fotos antiguas de ella y de su hermano. El guante de béisbol de Aiden reposaba en una vitrina junto a las fotografías.

—Ese es Aiden —le dijo—. Desapareció cuando yo era un poco mayor que tú.

Aiden tenía más o menos la edad de Ezra cuando desapareció.

¿Habría tenido aquel día el mismo aspecto que el niño sentado frente a ella, pálido por el trauma de que lo arrancaran de su antigua vida?

¿O el asesino de su hermano lo habría matado rápido?

No tenía forma de saberlo; jamás encontraron un cuerpo.

Pero las probabilidades de que un niño desaparecido siguiera vivo después de dos décadas —o incluso de setenta y dos horas— eran prácticamente nulas.

—Lo echo de menos —dijo. Como seguramente tú echas de menos a tu familia. De todo lo que había perdido cuando su casa se redujo a cenizas, lo que más le dolía eran las fotos de su hermano.

Ezra ladeó brevemente la cabeza hacia el guante de béisbol; después miró al suelo, a sus dedos, al escritorio de Maggie, hasta que sus ojos se detuvieron en un punto más allá de su hombro. Parecía diminuto en la silla que Reid acababa de ocupar. Como un mapache en el Trono de Hierro.

Reid la miraba ahora, con expresión tensa.

—Estaré en la sala de espera por si necesitáis algo —dijo.

Cerró la puerta con suavidad, seguramente para no sobresaltar al niño, pero el gesto tuvo algo furtivo. Cuatro familias en total, había dicho Reid. Cuatro familias de cuatro. Eran muchos muertos. Demasiados niños muertos.

—Sé que hoy has pasado por mucho, pero aquí estás a salvo —dijo Maggie cuando la puerta se cerró con un clic—. ¿Estás cómodo?

La mirada de Ezra continuaba fija en la pared por encima de su cabeza.

Quizá estuviera mirando el cuadro: una composición abstracta de vivos colores con una única palabra trazada en letras angulosas azules y naranjas: VERDAD.

Vaya pregunta estúpida, ¿eh, chaval? No se sentiría cómodo ni a salvo durante mucho tiempo.

—¿Hay algo que pueda traerte?

Al menos aquella pregunta tenía la ventaja de ser concreta.

Por fin apartó la mirada de la pared y la llevó hasta ella. Señaló la taza de su escritorio: el chai.

—¿Tienes sed?

No quería darle cafeína a un niño traumatizado de ocho años —sería como darle cocaína a aquel mapache sentado en el trono—, pero podía mandarle un mensaje a Reid para que trajera agua.

En aquel momento seguramente estaría paseándose por la sala de espera y poniendo nervioso al siguiente paciente de Owen.

Su socio siempre citaba a pacientes por la tarde cuando sus hijos estaban con su exmujer, para distraerse del divorcio.

Nunca hablaba de ello, pero Maggie sabía que su ex salía con un abogado de altos vuelos, lo que estaba complicando la batalla por la custodia.

Alargó la mano hacia el móvil, pero Ezra negó con la cabeza. Buena señal. Algunos niños con mutismo traumático no daban ni siquiera indicios de oírte. Quizá la conmoción no fuera tan profunda como Reid temía.

—Puedes acercarte al escritorio y enseñarme qué estás señalando.

Tal vez le gustara su muñeco cabezón. Su casi marido le había regalado a Bert en secundaria; Kevin llevaba a Ernie en el coche hasta que se precipitó por un puente.

De pronto deseó haber escondido el juguete antes de que llegara el niño.

Vaya, Maggie, ¿qué tienes, seis años? Aunque, si le preguntabas a su madre... sí, más o menos.

Como el niño seguía sin moverse, añadió:

—Me gustaría mucho saber qué te interesa, Ezra. No tienes por qué hablar.

Ezra alzó las cejas, como sorprendido de que le diera permiso para permanecer callado. Quizá lo estuviera. Reid tenía una agenda que incluía atrapar a un asesino, sin duda un objetivo más urgente que dejar espacio para el silencio.

Ezra se deslizó de la silla y caminó despacio hacia el escritorio, los ojos brillantes.

¿Interés? Una señal estupenda. Las finas yemas de sus dedos reptaron hasta el borde del escritorio; entonces una mano salió disparada hacia el centro, hacia el té.

Maggie se tensó y extendió el brazo para sujetar la taza antes de que se derramara, pero él se detuvo antes de alcanzar el vaso de cartón y, en su lugar, agarró la serpiente.

Maggie se echó hacia atrás. El pisapapeles parecía un juguete si pasabas por alto el peso...

y su potencial para abrirle a alguien la cabeza.

El anterior se había roto cuando se lo estampó contra el cráneo de un intruso, más blando de lo que esperaba.

Tristan le había dejado uno nuevo en el porche: una cajita roja atada con un lazo.

Le había dicho en numerosas ocasiones que no le hiciera regalos, pero aquel hombre parecía incapaz de evitarlo.

Y, aunque jamás se lo diría a Tristan, se alegraba de tener un pisapapeles nuevo.

Sin él, ¿qué le tiraría al próximo asesino que entrase allí dispuesto a cortarle el cuello?

Owen odiaba esa broma, pero si no te reías del mundo, probablemente acabaría asfixiándote, como sabía de sobra cualquier friki de la banda de música que jugara a Dungeons llevaba la misma expresión que cuando jugaba con el pisapapeles. Pero... ajá.

Sus dedos se detuvieron a media caricia.

Se había equivocado al interpretar aquella expresión: no era fascinación ni entusiasmo.

Maggie retomó las caricias sobre el lomo erizado de la araña, sin apartar los ojos del niño.

Quizá había un leve interés, sí, pero bajo su actitud latía una especie de entumecimiento, como si estuviera fingiendo entusiasmo en vez de sentirlo.

Aún inundado de hormonas del estrés. Emocionalmente bloqueado, aunque había aprendido, como la mayoría de los seres humanos, que hay que fingir para la gente que te rodea.

Tal vez lo mejor para él fuera guardar silencio unos días mientras procesaba lo que había visto.

Pero que guardara silencio también era lo mejor para el asesino. Los recuerdos se desvanecían. Los niños se confundían. Todo el mundo se inventaba relatos para blindarse contra las realidades más duras a medida que pasaba el tiempo.

Ezra seguía mirándola acariciar a la araña, con los puños cerrados a los costados.

Maggie sacó la mano del terrario y se echó hacia atrás para hacerle sitio.

—El mundo puede ser duro a veces, pero en mi consulta hasta la criatura con el aspecto más espeluznante es solo un amigo más.

Muuuuy cursi, Maggie.

Hasta Bert estaba poniendo los ojos en blanco desde el escritorio. Si Bert no tenía cuidado, acabaría otra vez en el cajón donde solía guardarlo, escondido salvo en los días especialmente estresantes. Pero desde el incendio, cada día le parecía un poco más estresante de lo normal.

Ezra dio el último paso hasta el terrario y alargó la mano hacia la parte superior. Sus dedos se detuvieron junto a la abertura del terrario, como si estuviera decidiendo si debía bajar la mano.

—Recuerda que Fluffy es muy delicado. Tienes que tener cuidado porque tú eres el fuerte. Aquí, tú eres quien manda.

A diferencia de anoche.

Ezra parpadeó una vez, dos. Después cuadró los hombros y bajó los dedos por la abertura para tocar suavemente el lomo de la araña. Acarició. Miró. Aspiró por la nariz.

Luego murmuró algo tan bajo que Maggie estuvo segura de haber oído mal. Entrecerró los ojos. ¿Estaba... hablando? El corazón se le aceleró.

—¿Ezra?

Él parpadeó con aquellas pestañas de mariposa por las que los influencers prenderían fuego al mundo con tal de conseguirlas. Cuando habló, fue como si se estuviera dirigiendo a la araña, en un susurro que Maggie apenas logró oír:

—El hombre del lunar dice que yo soy el siguiente.