Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

E l detective cruzó la puerta abierta de su consulta con el porte marcial de un coronel.

Maggie le sonrió y se levantó de la silla, pero él le indicó con un gesto que volviera a sentarse.

Estoico, incluso algo enfadado; atrapado en una clase de estrés sordo e ineludible, como si fuera camino de comprarse su propio ataúd. Menudo día de mierda sería ese.

Volvió a sentarse y esperó. Maggie no había sentido simpatía por Reid Hanlon cuando se conocieron, y no solo porque la estuviera interrogando acerca de un paciente: era atractivo, si te gustaba esa seguridad en sí mismo que rayaba en la superioridad.

Con el tiempo había entendido que aquel carácter huraño era un rasgo propio de su profesión, perfeccionado tras años de interrogatorios y escenas del crimen que revolvían el estómago.

Ahora lo conocía lo bastante como para no responderle con la misma irritación.

No es que lo conociera tan bien. Maggie conocía a Reid como suele conocerse a los colegas de profesiones que se solapan.

Y sus respectivos trabajos probablemente se parecían más de lo que él mismo imaginaba.

Hasta que su casa se incendió, Maggie había ayudado a sacar de la ciudad a víctimas de violencia doméstica valiéndose de la casa de su padre.

No era del todo legal, pero sí más seguro que ir repartiendo armas como premios disparados desde un cañón de camisetas.

La costumbre de su madre de proporcionar pistolas a víctimas de malos tratos había hecho que la cosa se pusiera fea —y pegajosa, literalmente— cuando una de ellas mató a su maltratador y a sus compañeros.

Reid dejó una taza sobre su escritorio, junto al pisapapeles de cristal: una serpiente enroscada.

Nuevo. El anterior seguía en el depósito de pruebas.

El aroma especiado del chai le ascendió hasta los senos nasales en filamentos de vapor.

Nunca había sido muy cafetera; la vida ya era bastante amarga.

Reid se desplomó en la silla de enfrente con su café y dio un buen trago por la boquilla. El traje gris estaba impecable, perfectamente planchado; una corbata violeta le trazaba una línea brillante, amoratada, desde el cuello hasta el ombligo. Pero el puño de la manga derecha...

Maggie señaló su brazo con la cabeza.

—¿Eso es sangre?

Reid se alzó la manga y entrecerró los ojos para examinarla. Luego volvió a bajar el puño de la chaqueta sobre el de la camisa, ocultando unos brillantes gemelos de plata más propios de una cena con tu abogado que de un día en una escena del crimen... o en la consulta de una psicóloga.

—Ha sido una mañana larga.

Uy, uy . Reid rara vez se alteraba ante las escenas del crimen en las que trabajaba. No se debía a que las víctimas no le importasen —le importaban, y mucho—, sino a que, una vez muertas, la mejor manera de ayudarlas era hacerles justicia. Hoy había algo distinto. ¿Conocía a la víctima?

Levantó el chai del escritorio, retiró la tapa y le sostuvo la mirada.

—Bueno, señor Hanlon, ¿por qué no me cuenta qué le trae por aquí?

La jerga de psicóloga de manual.

Pareció captar la pulla. Sus ojos se iluminaron un instante, pero volvieron a apagarse mientras se inclinaba hacia ella.

—Necesito un favor, Maggie. Uno gordo.

—No voy a deshacerme de Fluffy, así que ni lo intentes.

Le guiñó un ojo para dejar claro que bromeaba, aunque la afirmación era bastante cierta.

Su padre le había regalado la araña en uno de sus escasos momentos de lucidez: pocos cuidados, larga vida.

Para que le hiciera compañía cuando él olvidase quién era ella.

Últimamente, Fluffy le hacía compañía la mayor parte del tiempo.

Reid sonrió, pero la sonrisa parecía forzada. Maggie no se fiaba de las sonrisas falsas, y aún le gustaba menos que se esperara de nadie que fingiese felicidad.

—¿Trabajas con niños? —preguntó.

Madre mía. Era detective de homicidios, así que preguntar por críos, fuera cual fuese el contexto, era mala señal.

—A veces. Normalmente por depresión o traumas, más que por cosas como el TDAH.

Todos sus casos tendían a complicarse. Si le preguntabas a Owen, tenía algo de yonqui de la adrenalina y le gustaba que hubiera mucho en juego. La cicatriz de la nuca le daría la razón, si tuviera conciencia y fuese lo bastante capulla como para echárselo en cara.

—¿Por qué lo preguntas?

—Un niño de ocho años ha presenciado el asesinato de su familia esta mañana. No consigo sacarle nada. Supongo que también debería pedirte ayuda para el chaval que vio la sangre desde fuera de la ventana; él también estaba bastante afectado. Quizá pueda darle tu número.

—Si solo vio una ventana manchada, no insistiría con la terapia salvo que muestre señales de angustia. Tal vez sea mejor vigilarlo unos días, ver cómo lo lleva.

Pero el que había visto cómo asesinaban a su familia era otro asunto.

—Hablaré con los padres de Kole Bishop —el chico que vio la sangre en la ventana—, pero seguramente solo estaba nervioso por tanta atención. No vio los cuerpos. Lo que de verdad necesito es que trabajes con Ezra, la víctima. Necesito la información que tiene encerrada en la cabeza.

Maggie se recostó en la silla y se cruzó de brazos.

—No estoy segura de que sea una buena manera de empezar una relación terapéutica. Si lo único que necesitas es que alguien le ayude a identificar a tu sospechoso...

Reid negó con la cabeza.

—Ese es el problema: no ha dicho una sola palabra. Ni una. Mucha gente ha intentado hablar con él. Incluso hice venir al vecino y a su monitor de los scouts, con la esperanza de que le ayudara ver caras conocidas, pero no abrió la boca.

Maggie frunció el ceño.

—Entonces ¿cómo sabes que vio algo? ¿Podría haber dormido durante todo aquello?

Ese sería el mejor de los casos. No era ideal despertarse y encontrar a tu familia muerta, pero era peor ver cómo exhalaban su último aliento.

Reid volvió a negar con la cabeza.

—Lo encontré en el cuarto de baño, agarrado al arma homicida y cubierto de la sangre de su familia.

Espera... ¿qué?

—¿Los mató él...?

—Ni de coña habría podido reducir a su padre. El niño es diminuto, hasta para tener ocho años.

Maggie bajó la vista hacia la taza. Las motitas de té flotaban como renacuajos, como lágrimas mal entintadas.

—¿Es posible que el asesino no supiera que estaba en casa? ¿Que se escondiera hasta que se marchó, encontrara el arma y se atrincherara allí hasta que llegasteis?

El shock podía hacer que un niño se bloqueara. Y aunque por lo general intentaba no dejarse llevar por ideas preconcebidas, con un niño traumatizado era importante saber dónde no convenía hurgar con un palo afilado.

Reid se encogió de hombros, bebió un largo trago e hizo una mueca; el vapor escapó a borbotones por el orificio de la tapa.

—Creo que el asesino también pretendía matarlo, pero algo lo detuvo.

Si hubiera querido matar a la familia sin el niño, podría haberse colado cualquier otra noche de esta semana.

Anoche, y solo anoche, Ezra se escapó de un campamento de scouts de una semana y entró por la ventana de la cocina aproximadamente media hora antes de los asesinatos.

¿El asesino había esperado a propósito a que estuviera toda la familia… y luego cambió de idea sobre matar al pequeño Ezra?

—¿Cómo se aleja un niño de ocho años de un campamento?

—El campamento está a solo tres manzanas de su casa; no son más que unas tiendas montadas en el bosque, cerca de casa del jefe de los scouts.

No sé cómo consiguió escabullirse, pero tenemos varias cámaras del timbre que lo grabaron volviendo a casa con su mochilita.

Ojalá alguna hubiera captado al sospechoso.

La miró con los ojos apagados, velados de cansancio. De tristeza.

—Creo que volvió andando a casa, se metió en la cama y, unos minutos después, entró el asesino y mató a la madre, al padre y luego a la hermana. Después llevó al niño al baño para ahogarlo y, por algún motivo… se detuvo.

Un momento, ¿ahogarlo? ¿No había dicho que encontraron al niño con el arma homicida? ¿Por qué pensaba Reid que pretendía ahogarlo? A menos que…

—Ya ha hecho esto antes. ¿Estás ante un asesino en serie? Podrías haber empezado por ahí, tío.

Reid asintió.

—Empezó hace casi dos años. Pero los casos no se vincularon hasta hace poco porque ocurrieron en jurisdicciones distintas, todas en pueblos pequeños que no están conectados a las grandes bases de datos. Esa falta de recursos seguro que forma parte de su plan.

—¿Estás seguro de que es el mismo asesino?

—Había cosas en las escenas que solo podía saber el asesino.

La posición de los cuerpos y los juguetes que dejaba…

eso no se hizo público. Hasta ahora hemos encontrado otras tres matanzas como esta, con intervalos de entre tres y seis meses.

Cuatro familias, ya, masacradas mientras dormían.

En todos los casos, los padres y la hermana mayor fueron asesinados con un hacha, y el hijo menor apareció ahogado, con un coche de juguete colocado junto al cuerpo.

Pero nunca había dejado a un superviviente. Ni uno.

Parpadeó despacio y cuadró los hombros, como si el peso del mundo le estuviera aplastando. Quizá lo estuviera.

—Creo que el asesino le dio el arma al niño. Creo que habló con él. Lo que no sé es por qué. Y cualquier cambio en el modus operandi de este tipo…

Es significativo, como lo sería en cualquier asesino en serie.

Apoyó los codos sobre el escritorio, sujetando el chai entre las palmas.

La canela y el clavo le cosquilleaban en la nariz.

Todos los asesinos que había conocido tenían un motivo para sus patrones, para matar como lo hacían.

Podía ser un motivo ilógico, pero era un motivo.

Un cambio de modus operandi implicaba un cambio psicológico.

Y que empleara métodos distintos para matar a los miembros de una misma familia también era extraño.

—Es raro que ahogue al hijo menor, pero apuñale al resto de la familia. ¿Hace algo más con el cuerpo del niño? ¿Tal vez lo envuelve o…?

—Coloca a los niños muertos sobre la alfombrilla del baño, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si sintiera un remordimiento enorme por haberlos matado.

La voz se le quebró en la última palabra. Lo disimuló con una tos y otro trago de café.

—Puede que sienta algún remordimiento por el resto de la familia; mata de rodillas, como si estuviera rezando mientras lo hace. Pero con ellos no muestra ni de lejos tanta culpa como con el hijo menor.

—Puede que esta vez la culpa haya podido con él —dijo ella—. Que se avergüence de lo que hace quizá sea bueno, en términos generales, pero lo dejaría insatisfecho. Tendría que volver a matar antes para saciar su sed. Sin intención de hacer un chiste con la bañera.

—Un asesino que empieza a desarrollar conciencia… Suena optimista.

Por el tono, no parecía creerlo muy probable. Pero, fueran cuales fuesen los motivos del asesino, lo importante era asegurarse de que no pudiera volver a hacerlo.

—¿Sabes cómo elige a sus víctimas?

Su verdadera pregunta era: ¿Es posible que el niño conociera al asesino? Pero Reid sabía leer entre líneas.

—Todas las víctimas comparten características físicas: niños rubios, padres de pelo castaño claro…

Pero no consigo encontrar ni una sola conexión entre las familias.

Las dos primeras ni siquiera vivían aquí, en Indiana; aquellos asesinatos ocurrieron en Ohio.

Y, en cuanto a las familias de la zona, los niños no practicaban los mismos deportes, ninguno de los padres trabajaba en el mismo sitio ni compraba en los mismos supermercados, y no compartían ni canguro.

Si existe una conexión, aún no la he encontrado.

Pero no dejaría de buscar. Se le notaba en la voz.

Frunció el ceño, pensativa. No compartían deportes ni otras actividades, pero si el asesino era tan constante —tan meticuloso, incluso— con los rasgos físicos, no los escogía de la lista de alumnos de un colegio. Tenía que verlos en persona antes de marcarlos para la muerte.

—¿Con quién se está quedando ahora el niño?

Quizá pudiera trabajar con alguien en quien confiara, como Reid había intentado hacer con la vecina.

—Conmigo.

Parpadeó. El Estado no entregaba a un niño traumatizado a cualquiera, policía o no. Y la aprobación como familia de acogida solía llevar semanas.

—No hay nadie más —dijo él, como si le hubiera leído el pensamiento—. Su madre era hija única. El padre tenía un hermano, pero ahora está en la cárcel por posesión, y no creo que Ezra haya conocido nunca al hombre. Y los vecinos jamás vieron a Ezra con amigos.

—Creo que es buena idea que se quede contigo —dijo ella—. Es posible que el asesino conozca a Ezra, que no lo matara porque ya existía algún vínculo entre ellos antes de anoche. Si conocía personalmente a este niño, pero no a las otras víctimas, explicaría por qué no pudo terminar el trabajo.

—Por eso cobras tanto.

Se pasó los dedos por el pelo. Tenía la frente húmeda.

—Entonces, ¿cuándo quieres traerlo?

—Está en la sala de espera con otro agente —dijo Reid.

Las cejas se le dispararon hasta la línea del pelo.

—¿Ahora?

—Dijiste que habías terminado por hoy. Me la jugué.

Le sostuvo la mirada.

—Por favor. No quiero que otro niño se quede huérfano.

O algo peor. Oyó el resto de aquella frase como si él lo hubiera dicho en voz alta.

Maggie se puso en pie.

—Me debes una —dijo.

Pero jamás le cobraría el favor. Si podía ayudar a atrapar a un asesino, aquello sería más que suficiente.