Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

L a consulta de la doctora Maggie Connolly vibraba con la energía nerviosa de un pomerania que va al veterinario a que le miren los huevos.

J.D. parpadeó.

—Es que no me gustan nada las arañas.

El tatuaje desvaído de una lágrima en el rabillo del ojo de su paciente se arrugó, como si estuviera conteniendo una emoción de verdad dentro de aquella gota de tinta.

El trabajo con las prisiones lo había heredado de su propio padre, pero aquel tipo era, en el fondo, un malvavisco…

siempre que se hiciera la vista gorda ante su polémica juventud.

Al menos, eso había decidido la comisión de libertad condicional después de su evaluación.

Quizá no exactamente lo del malvavisco, pero la vida sería mucho más divertida si todos los estados psicológicos se describieran mediante postres.

—Es comprensible —dijo, ajustándose las gafas de lectura sobre el puente de la nariz: una mezcla de bibliotecaria y lechuza de granero.

Le quedaban bien con sus pantalones de pana de friki con estilo—.

Podemos celebrar las sesiones en el despacho libre, o puedo derivarte a otro psicólogo. Mi socio es excelente.

A Owen no le haría ninguna gracia que le mandara a sus clientes en libertad condicional; seis meses atrás lo había derivado a Tristan Simms, y Simms todavía no había pedido cita.

Eso no había impedido que Tristan llamara a Maggie directamente, pero ningún médico debería tratar a un hombre sobre el que tenía sueños poco profesionales.

Podía ser atracción sexual o simplemente una reacción a la situación tan estresante en que se habían encontrado el año anterior.

Entonces Tristan, su paciente , había sido el principal sospechoso de una serie de homicidios.

Se apartó de la frente el pelo rojo y rizado; la nuca la tenía húmeda. Evitar a Tristan Simms era lo más sensato cuando de él se trataba. Estaba segura.

Más o menos.

J.D. miró de reojo el terrario que tenía detrás —a Fluffy— y negó con la cabeza.

—Podemos seguir viéndonos aquí —dijo.

—¿Un tipo duro, eh? —El acento de Nueva Jersey que puso era espantoso, pero nadie llegaba a friki de primera sin correr algún riesgo.

A J.D. se le tensaron los hombros y sacó pecho.

—Más duro que un insecto.

—Un arácnido.

Claro, esa es la información por la que ha venido. Se aclaró la garganta.

—Pero quizá podríamos explorar qué significa para ti ser duro. La vulnerabilidad suele ser una señal más fiable de fortaleza.

No como matar a alguien en una pelea de bar, por ejemplo, tal y como había hecho J.D.

Él frunció el ceño. A la luz de primera hora de la mañana, la lágrima tatuada de su mejilla pareció alargarse.

Los tatuajes no envejecían bien. Si algún día se hacía uno de una lágrima, se lo tatuaría en el hombro, donde acabaría extendiéndose hasta parecer un lunar canceroso.

Al menos podría utilizarlo para acojonar a sus amigos.

La sesión engulló la hora siguiente y, para cuando acompañó a J.D.

hasta la puerta principal y volvió a dejarse caer en su sillón, el sol ya había rebasado la parte baja de la ventana y proyectaba sobre el suelo afiladas cuchilladas de calor primaveral.

Hacía seis meses que su casa había ardido hasta los cimientos, y todavía sentía a veces el calor abrasador de aquella noche cuando el sol le rozaba la piel.

Al menos ella había salido mejor parada que el cadáver del garaje.

Tampoco habría sido fácil salir peor parada.

Apartó la mirada del suelo de madera bañado por el sol.

Debería llamar a Reid. El detective, y medio hermano de Tristan, había empezado a consultarle sus casos.

Pero seis meses de historia no le servirían de nada en cuanto descubriera que ella había ayudado a que J.D.

obtuviera la libertad condicional. Reid era quien lo había mandado entre rejas.

Ella no había hecho nada malo, por supuesto, pero…

Maggie suspiró y fue a coger el móvil, pero no había llegado siquiera a sacarlo del cajón cuando sonó.

Hablando del ruin de Roma.

—Hola, Maggie, ¿estás libre? —Las palabras estallaron en el auricular antes de que le diera tiempo a saludar.

—Necesito hablar contigo —le espetó.

Ya me lo imagino. Se recostó en el sillón y alargó una mano para dar un golpecito al muñeco cabezón de una esquina del escritorio: Bert, de Barrio Sésamo , asintió con su apoyo.

—Escucha, sé que estás molesto por la decisión de la comisión de libertad condicional, pero ellos aceptaron mi evaluación.

—Espera… ¿qué?

Hubo una pausa. Luego:

—Ah, no, eso me trae sin cuidado. El tipo ha cumplido su condena. Una estupidez hacerse ese tatuaje cuando ni siquiera mató a un hombre a propósito. Supongo que era para darse importancia delante de los otros presos.

Resopló.

—Idiota.

¿No llamaba por J.D.? Entonces, ¿por qué llamaba?

—¿Café? —preguntó con cautela.

La cafetería de la calle de arriba era su lugar habitual de encuentro. Preparaban un chai de muerte.

—Podemos vernos durante la hora del almuerzo si tiene que ser hoy, pero entonces solo tengo veinte minutos. O puedes pasarte por la consulta esta tarde. Mi última sesión termina a las cuatro y media.

Reid se aclaró la garganta y después dijo algo que ella no alcanzó a entender, amortiguado, como si hubiera cubierto el micrófono.

—Esta noche me viene bien —dijo al fin, aunque su tono cortante seguía ahí. Desde luego, no era una llamada social—. No habremos terminado de procesarlo todo para la hora de comer.

¿Procesarlo? ¿Como… pruebas?

—¿Qué ocurre, Reid?

—Te lo explicaré cuando llegue. Pero creo que hoy necesitaré todo el tiempo que puedas dedicarme. Puede que seas la única persona que pueda ayudarme.

Resultaba extraño lo mucho que se parecía a su hermano al decir aquello. Los dos se comportaban como si ella fuera la única psicóloga del planeta.

—De acuerdo. ¿Nos vemos alrededor de las cinco?

Silencio. Bert la fulminó con la mirada. Maggie consultó la pantalla del teléfono: por su parte, todo parecía estar bien. ¿Se habría cortado la llamada de Reid?

—¿Reid? ¿Estás bien?

—No —dijo, y sonó como un suspiro—. La verdad es que no.