Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2)
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Capítulo 1
REID
E l detective Reid Hanlon nunca había sido amigo de las extravagancias, aunque sí tenía cierta querencia por lo dramático.
No en sus palabras ni en sus actos, sino en los pequeños estallidos de color de los que se rodeaba, en ese toque de estilo que componía su día a día.
Su casa estaba decorada en suaves grises musgo, pero su colección de arte era una mezcla ecléctica de amarillos vibrantes, blancos lechosos y azules cerúleos profundísimos.
Aquel día llevaba un traje gris a medida —no estaba nada mal a sus treinta y nueve años, si él mismo podía decirlo—, rematado con una corbata de un violeta deslumbrante. Llamativa, casi teatral.
Pero la habitación en la que se encontraba…
aquella profusión de color resultaba excesiva.
La escena le cortaba por dentro, cruelmente, pese a sus veinte años en el cuerpo.
Si alguna vez dejaba de sentir algo ante los horrores del trabajo, sería señal de que tenía que dejarlo.
Así que, cuando se le tensó la mandíbula, lo recibió como una manifestación de que su humanidad aún coleaba y se abandonó a la repulsión.
Aspiró el olor metálico. Dejó que el desasosiego le calara hasta los huesos.
No es que la casa en sí tuviera nada de raro.
Era difícil volver inquietante una vivienda clónica de clase media sin que la asociación de vecinos te multara.
Habitaciones de tamaño corriente, mesas de centro labradas en caoba oscura y lustrosa.
Las paredes lucían aquel beige estándar de las constructoras, con margen de sobra para animarlas con uno o tres cuadros, lienzos que podían cambiarse según el humor o la estación.
Ahora no había cuadros, pero al yeso no le faltaba color.
La sangre salpicaba las paredes como el dibujo entusiasta de un niño, en patrones y remolinos que cobrarían todo su sentido para los analistas forenses que pronto llegarían a desentrañar los ángulos de impacto y el patrón de salpicadura resultante.
A menudo eran los detalles nimios los que marcaban la diferencia para los analistas: un puntito en una pared lejana o el grado de brillo de un charco que empezaba a coagularse.
Que la escena fuera tan reciente ayudaría.
Menuda suerte. Puede que ni siquiera estuviera allí de no haber sido por aquella minúscula mancha color clarete en la cara interior del cristal de la ventana.
—Iba en bici cuando vi la… la… la sangre —había dicho el niño.
Tenía diez años y nadaba dentro de una sudadera demasiado grande que hacía juego con sus enormes ojos azules. Las mejillas pecosas le brillaban de lágrimas.
—Tienes buen instinto, señor Kole Bishop —había dicho Reid—. Ojo de halcón.
En Fernborn, Indiana, les gustaban expresiones así: suavizaban el golpe; hacían pensar en el vuelo del halcón, no en la muerte que se retorcía atrapada entre sus garras.
El niño había parpadeado y le había dedicado una sonrisa temblorosa, pero el terror vidrioso que relucía en los ojos del pequeño Kole le había encogido el corazón.
Reid apartó la vista de la ventana. Tantos ángulos que analizar. Tantas penetraciones.
Tanta sangre.
Se arrodilló junto al hombre de la casa.
Ted Darren yacía boca abajo, con la parte posterior de la cabeza formando un ángulo contra la pata del sofá y el cuello torcido de forma extraña.
No parecía roto, pero partirle el cuello habría sido excesivo.
El sofá estaba empapado de carmesí; los charcos relucían húmedos bajo la luz que entraba por los ventanales de suelo a techo.
Profundas heridas le cruzaban el abdomen y el pecho.
La sangre se acumulaba bajo las piernas; el asesino le había rebanado los tendones de detrás de las rodillas y los tobillos, seguramente para asegurarse de que no pudiera correr.
Otras laceraciones le habían arrancado porciones de músculo de los antebrazos y dejado los huesos al descubierto.
Heridas defensivas. Darren había visto venir el arma.
Tal vez un hacha, a juzgar por cómo se hundía el tejido bajo la mandíbula: un golpe mortal en la yugular.
¿A quién quería engañar? Sabía que era un hacha.
Lo que no quería era que fuera un hacha, porque eso significaba que había vuelto a ocurrir, igual que dos distritos más allá.
Que él siquiera conociera aquel caso había sido pura casualidad: el detective Tengreddy, de Point Harris, lo había llamado la semana anterior para pedirle su opinión.
¿Qué probabilidades había? ¿Sabía el asesino que habían contactado con Reid?
Quizá atacar allí no fuera una coincidencia, después de todo…
—¿Detective Hanlon? Ya está aquí el equipo forense.
Reid entrecerró los ojos, mirando el cadáver.
—Aún no —le dijo al muerto—. Aún no.
No necesitaba mirar al patrullero apostado en la puerta; probablemente seguía tan pálido como cuando Reid había llegado, con aquellos ojos castaños y acuosos revoloteando por todas partes salvo hacia el cadáver.
—Pero… —empezó el agente Marshall.
—Por favor —dijo Reid, poniéndose en pie—. Les dejaré pasar en cuanto termine de recorrer la casa.
Necesitaba verla como había sido antes. Quería verla como la habría visto el asesino, rodeado de un silencio tan cortante como una herida de desuello. Rodeado únicamente por las víctimas.
Marshall lo miró durante un latido de más, con expresión suplicante o quizá solo nerviosa, y luego retrocedió.
Reid aguardó hasta que la puerta se cerró con un clic y se dirigió a las escaleras.
El pasamanos, pulido en madera oscura, hacía juego con las mesas de centro.
Teddy Darren, o tal vez su esposa, tenía un ojo excelente para el detalle.
Subió al piso de arriba con las manos en los bolsillos y los codos pegados al cuerpo para no rozar las paredes ni la barandilla.
Había sangre en los escalones; algo extraño para este asesino.
Pero ya oía correr el agua, una de sus señas de identidad.
El agua sonaba más fuerte al llegar arriba, y aún más al acercarse a las habitaciones. Reid se deslizó con cautela por la puerta ya abierta del dormitorio principal.
Diane Darren —vaya aliteración desafortunada le había tocado al casarse— seguía arropada bajo las mantas, pero él alcanzaba a verla…
o a ver partes de ella. Sus ojos velados permanecían abiertos de par en par, fijos en el techo; tenía la boca desencajada, como si la hubieran sorprendido, y los rizos color arena se derramaban sin vida sobre la almohada.
Había muerto deprisa a causa de la abertura descomunal bajo la mandíbula: músculo diseccionado, tráquea seccionada.
Una muerte casi instantánea, lo que venía a ser un premio de consolación, como quedar primero en un concurso de comer mierda.
Se acercó un poco más, entrecerrando los ojos; tenía la boca con sabor a monedas.
No había heridas graves en la parte posterior de los brazos: no había tenido tiempo de presentar heridas defensivas.
Pero el asesino le había asestado hachazos de todos modos, rajando las sábanas y la fascia que le cubría el abdomen.
El intruso había iniciado allí arriba su reino de terror; Diane no podía haber seguido dormida durante la refriega del salón.
El estrépito de arriba probablemente había despertado a Ted, que se había quedado dormido en el sofá.
¿Sabía el asesino que iba a encontrarse con que dormían separados?
En ninguno de sus crímenes anteriores había dejado sangre en las escaleras.
Aquella desviación gritaba «improvisado».
Reid veía en su cabeza las notas del último asesinato: Heridas infligidas en trayectoria descendente; múltiples cortes, de poca fuerza.
Por el ángulo, el asesino casi con toda seguridad había estado agachado junto a la cama, o arrodillado como si rezara.
Eso encajaba con sus crímenes anteriores, igual que su eficiencia.
Siempre era rápido: acababa con cada víctima y seguía adelante antes de que los demás ocupantes tuvieran tiempo de reaccionar.
Pero Diane había muerto deprisa; Ted, no.
Abajo, el asesino había hecho cortes más superficiales, sin emplear toda su fuerza.
Sin embargo, Reid estaba bastante seguro de que no había perdido el valor.
Primero había incapacitado al hombre y solo después se había asegurado de que Ted estuviera muerto.
A diferencia de sus otros crímenes, no había querido que aquella muerte fuera rápida. Había odiado que lo fuera.
¿Qué tenía Teddy de distinto?
Reid seguía dándole vueltas mientras salía al pasillo. Allí el agua sonaba más fuerte, reclamando su atención a gritos, intentando arrastrarlo hacia el baño de la derecha. Pero el baño siempre era la última parada del asesino.
Tomó aire e imaginó la planta de arriba en silencio.
El agua no habría estado corriendo cuando el asesino recorrió aquel pasillo por primera vez.
Quizá habría oído el gimoteo de un niño al despertarse.
Quizá los crujidos y quejidos de sus propios pasos.
Y, por los diminutos puntos que salpicaban el rodapié, el goteo acompasado de la sangre de Diane cayendo de su hoja.
El ploc , ploc , ploc imaginado del hacha fue ganando volumen; el agua se apagó en sus oídos. La habitación de la izquierda —la del niño— estaba vacía, tal como le habían dicho. Reid se detuvo ante la puerta del último cuarto a la derecha, se preparó y cruzó el umbral.
Las paredes rosa chicle estaban cubiertas de pósteres de caballos y dibujos de los mismos hechos con lápices de colores.
La niña yacía en la cama, bajo una fotografía enorme de ella montando un corcel blanco.
Si hubiera sido morena, casi habría podido creer que dormía, pero su pelo rubio blanquísimo estaba teñido por el dramatismo de la extinción, oscuro de sangre: un único golpe seco en la nuca.
Pero, igual que su madre, no había sufrido.
Aún abrazaba con el brazo izquierdo un unicornio de peluche, el cuerno moteado de carmesí que empezaba a coagularse.
Se le encogió el estómago. Aquel unicornio.
Sus deditos rodeando con tanto cuidado el cuerno.
Hacía que Lily Darren pareciera viva, y la sentía viva, como si su esencia aún permaneciera allí.
Abajo solo había percibido la energía de una vida ya extinguida, el silencio sordo y embriagador que acompañaba a las cosas muertas.
Pero en aquella habitación casi creía que la niña podía incorporarse de repente y mirarlo. Quizá rogarle que la salvara.
Se le erizó el vello de la nuca, un hormigueo incómodo pero insistente que, al captar un destello de movimiento por el rabillo del ojo, se convirtió en agujas de pánico.
No estoy solo.
Reid se volvió en redondo, con la mano en la culata de la pistola. Y se irguió. Su propio rostro le devolvía la mirada desde el espejo de cuerpo entero colgado en la puerta entreabierta del baño, una segunda entrada al destino final del asesino. Ceroso y pálido; no tenía buen aspecto.
Los hombros se le relajaron. Un truco de la mente, quizá porque quería que la niña estuviera viva.
O tal vez porque el incesante siseo del agua corriendo casi sonaba como una respiración.
También era posible que Marshall hubiera dejado entrar al equipo forense y él no se hubiera enterado, por el agua y por su empeño en bloquear los ruidos de la casa.
Pero no oía el trajín de instrumentos ni voces, solo el silbido a presión de la bañera. Aunque...
Frunció el ceño. El suelo estaba seco; el pasillo también. Cuando la policía había llegado a la última escena del crimen, una cascada bajaba por las escaleras. En la anterior, la moqueta estaba empapada. ¿Se le había olvidado al asesino poner el tapón de la bañera?
Improvisado. Sin duda, improvisado. ¿Qué se le escapaba?
Reid se acercó al baño, cuadrando los hombros...
¡Clinc!
Se quedó inmóvil. Podría haber pensado que aquello también era un truco de la mente, pero el sonido volvió a oírse.
¡Clinc-clinc!
Nítido, rápido e indiscutiblemente real.
Desenfundó el arma.
—¡Policía!
El tintineo cesó. Se quedó quieto, escuchando, con el arma apuntando a la puerta entreabierta. No debería haber nadie más allí. Según los vecinos, el niño pequeño estaba de campamento, y todos los demás estaban localizados: muertos, pero presentes.
—¡Salga con las manos en alto!
No creía estar hablándole al asesino. Probablemente sería un animal. ¿Tenían gato los niños? Pero no iba a arriesgarse a que le partieran la cabeza con un hacha solo porque aquello le pareciera improbable. Policías mejores que él habían muerto por errores mucho menos graves.
Vigiló la puerta del baño. No se acercaban pasos desde el otro lado; tampoco vio una sombra bajo ella. Se deslizó hasta el lateral de la jamba y terminó de abrir la puerta con la punta del pie.
El corazón le dio un vuelco y se detuvo. Bajó el arma.
El baño era sencillo: más paredes beis, sanitarios blancos y armarios de caoba. El grifo de la bañera estaba abierto y el desagüe, destapado; la bañera permanecía limpia y vacía. Pero ahí terminaba la normalidad.
Un niño rubio estaba sentado sobre la tapa cerrada del váter, con los dedos de los pies encogidos bajo el cuerpo y los brazos rodeándose las rodillas.
Tenía los dedos y los pantalones bañados en rojo rubí, las uñas cubiertas de una capa espesa de sangre grumosa.
Un cochecito de juguete descansaba en un charco embadurnado junto a la base del váter.
Sujetaba un hacha entre los puños, pegada a las rodillas; el filo aún goteaba y el mango estaba oscuro de sangre.