Los Monjes de Compostela (El Código del Camino de Santiago 4) CAPÍTULO 33 — El Camino Verdadero
97%

CAPÍTULO 33 — El Camino Verdadero

BLOQUE 1

Un mes después del evento de la doctora Montenegro, con el propio Pórtico da Gloria ya reabierto al público con una pequeña placa informativa, cuidadosamente redactada en colaboración con el nuevo comité de supervisión,

que mencionaba por primera vez en ochocientos años la existencia de la figura adicional entre los veinticuatro ancianos del Apocalipsis, Gabriel volvió a la propia catedral una tarde tranquila de entre semana, sin ninguna investigación urgente empujándolo esta vez.

Se detuvo frente al Pórtico, observando con calma la propia figura que tanto esfuerzo, tantas pérdidas y tanta paciencia había costado finalmente sacar a la luz, mientras a su alrededor los turistas y peregrinos habituales seguían circulando,

la mayoría sin detenerse siquiera a leer la pequeña placa que ahora acompañaba la obra maestra del maestro Mateo.

---Sigue sin llamar demasiado la atención, ¿no le parece? ---dijo una voz familiar a su espalda.

Vilanova se acercó, con el mismo porte sereno que ya lo caracterizaba, aunque considerablemente más relajado que en cualquiera de sus encuentros anteriores.

---Quizás eso también sea, a su manera, lo correcto ---respondió Gabriel---. La verdad ya no está oculta. Pero tampoco necesita imponerse sobre nadie que prefiera seguir viendo, simplemente, veinticuatro ancianos venerando a Cristo, sin preguntarse por el vigésimo quinto.

BLOQUE 2

Caminaron juntos hacia la propia plaza del Obradoiro, donde Lucía, Adrien y Daniel ya esperaban en una terraza cercana, disfrutando de una tarde sin ninguna urgencia particular, algo que ninguno de ellos había logrado experimentar juntos desde hacía demasiado tiempo.

---El comité aprobó formalmente el presupuesto para la próxima fase de investigación ---anunció Adrien, apenas Gabriel y Vilanova se sentaron a la mesa---.

Van a financiar un viaje a Bobbio, Bolonia y Roma para el próximo trimestre, siguiendo los tres primeros puntos italianos que identificamos en el mapa completo.

---¿Y Tréveris? ---preguntó Gabriel, recordando el hilo que llevaban meses sin poder seguir directamente.

Daniel, revisando su propio teléfono, compartió una noticia que llevaba guardando para aquel momento exacto.

---Recibí un correo esta misma mañana, de una archivera municipal alemana llamada Greta Voss ---dijo, con una sonrisa que revelaba haber anticipado la reacción que aquello generaría---.

Encontró, hace unos meses, un legajo antiguo entre documentos donados a la biblioteca de la ciudad, y después de investigar por su cuenta durante un tiempo considerable, llegó a la conclusión de que podría estar relacionado con algo que, según sus propias palabras,

"suena exactamente al tipo de historia que ustedes llevan investigando, a juzgar por la publicación de la doctora Montenegro que leí hace poco".

BLOQUE 3

El silencio que siguió a aquella noticia tuvo, para todos los presentes, el mismo peso familiar de cada inicio anterior de la saga: la certeza tranquila de que, por mucho que cerraran un capítulo,

la propia historia siempre encontraba una manera de extenderse un poco más allá del horizonte que creían haber alcanzado.

---El registro del juicio de Prisciliano ---dijo Gabriel, casi sin necesidad de preguntarlo---. Después de mil seiscientos años, alguien finalmente lo encontró.

---Todavía no está confirmado del todo ---aclaró Daniel---. Pero Greta Voss parece dispuesta a colaborar plenamente, y considerando nuestro historial con este tipo de hallazgos, no creo que debamos esperar demasiado antes de ir a verlo con nuestros propios ojos.

Lucía, sonriendo con la misma curiosidad inagotable que la había definido desde el primer día en Bobbio, casi dos años atrás, levantó su copa en un brindis improvisado.

---Por Fernando Reboiras, por Xosé Amoedo, y por todos los que a lo largo de esta historia decidieron, tarde o temprano, dejar de guardar silencio ---dijo---. Y por el próximo tramo del camino, sea cual sea la niebla que todavía tengamos que atravesar para encontrarlo.

Gabriel, levantando su propia copa junto al resto, sintió que, después de cuatro investigaciones, de amenazas de todo tipo, y de una verdad familiar que llevaba noventa años esperando a ser completamente asumida, finalmente entendía lo que su propio bisabuelo, Ambrosio Llorente,

quizás nunca había logrado comprender del todo: que algunas verdades no se protegen mejor escondiéndolas para siempre, sino encontrando, generación tras generación, a quien esté finalmente dispuesto a cargar con el peso de contarlas bien.

El Camino, una vez más, apenas empezaba a mostrar el siguiente tramo de su recorrido.