EPÍLOGO
Rosa Meilán volvió a trabajar en el archivo catedralicio tres semanas después de la detención de Bastos, con el propio Vilanova insistiendo personalmente en que conservara su puesto, a pesar de las reservas iniciales de algunos miembros más conservadores del nuevo comité de supervisión.
---Va a necesitar tiempo para que todos vuelvan a confiar plenamente en usted ---le dijo, durante su primer día de regreso---. Pero también va a tener, de ahora en adelante, la oportunidad de demostrar cada día que aquel miedo no define quién es usted realmente.
Bieito Lameiro, ya recuperado por completo aunque con una cicatriz visible que llevaría el resto de su vida como recordatorio silencioso de aquella noche, aceptó finalmente el cargo formal que Reboiras había ocupado antes de su muerte,
convirtiéndose en el nuevo responsable del fondo cartográfico catedralicio, esta vez con la promesa explícita del cabildo renovado de que cualquier discrepancia futura en los mapas oficiales se investigaría con total transparencia, sin ningún silencio institucional protegiéndola.
Daniel, aprovechando su experiencia acumulada en la catalogación del archivo de Compostela, empezó a coordinar la primera fase del nuevo proyecto internacional, estableciendo contacto formal con instituciones académicas en Bolonia, Roma y la propia Trier, sentando las bases de una colaboración que,
según todos esperaban, terminaría por fin desmantelando el resto de la red de silencio que Bastos había ayudado a identificar antes de su condena.
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En Trier, a poco más de mil ochocientos kilómetros de Compostela, Greta Voss pasó buena parte de aquel invierno completando, con la paciencia meticulosa que la había definido durante toda su carrera profesional,
la traducción preliminar del legajo que había encontrado meses atrás entre documentos donados a la biblioteca municipal.
El texto, redactado en un latín administrativo propio de la burocracia imperial romana tardía, describía con un detalle asombroso el proceso judicial contra un hombre identificado como Priscillianus, obispo de Ávila, acusado de maleficium --brujería,
en la terminología legal de la época-- ante un tribunal presidido por el propio usurpador Magno Máximo, con testimonios, acusaciones y hasta las últimas palabras que el propio acusado habría pronunciado antes de su ejecución,
conservadas con un rigor documental que ningún historiador especializado en la Antigüedad tardía había tenido jamás la oportunidad de consultar.
Greta, consciente de la magnitud de lo que sostenía entre las manos, pero todavía sin comprender del todo por qué aquel documento había permanecido oculto durante mil seiscientos años dentro de un arcón familiar sin mayor importancia aparente,
guardó el legajo con extremo cuidado en su propia funda de conservación y marcó, en su calendario, la fecha exacta en que Daniel Llorente le había confirmado, apenas esa misma semana, que un pequeño equipo de investigadores españoles llegaría a Trier para examinarlo junto a ella.
Faltaban apenas tres semanas.
Y mientras la nieve empezaba a cubrir las calles empedradas de la ciudad más antigua de Alemania, Greta Voss no pudo evitar preguntarse, con la misma curiosidad profesional que la había acompañado durante toda su carrera, qué otras puertas ocultas, después de mil seiscientos años de silencio,
estarían todavía esperando a que alguien, finalmente, decidiera abrirlas.