Los Monjes de Compostela (El Código del Camino de Santiago 4) CAPÍTULO 30 — Captura en la Catedral
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CAPÍTULO 30 — Captura en la Catedral

BLOQUE 1

Los agentes de policía procedieron a la detención formal de Ezequiel Bastos apenas terminó el intercambio con Padre Esteban y Vilanova, leyéndole sus derechos con el mismo procedimiento estándar que Gabriel ya había presenciado, en circunstancias muy distintas,

frente a Anton Kessler meses atrás en San Juan de la Peña.

Bastos no opuso ninguna resistencia, caminando entre los dos agentes con una expresión que ya no reflejaba la calma calculada de sus encuentros anteriores, sino algo mucho más parecido al agotamiento genuino de un hombre que finalmente, después de décadas sosteniendo el mismo peso,

dejaba que se lo quitaran de encima.

---¿Quién atacó a Bieito Lameiro? ---preguntó Gabriel, antes de que se lo llevaran, necesitando aquella respuesta con una urgencia que no podía esperar hasta un interrogatorio formal.

Bastos se detuvo un momento, considerando la pregunta con una expresión que revelaba un genuino remordimiento por aquel hecho concreto, distinto del resto de su justificación ideológica más amplia.

---Un hombre llamado Xurxo Pena, empleado de seguridad privada que contraté hace años para tareas menores, sin decirle nunca del todo la magnitud real de lo que protegíamos ---respondió---.

Vive en un piso alquilado cerca de la Alameda.

No sabía que Bieito iba a sobrevivir. Ninguno de nosotros quería que las cosas llegaran tan lejos, aunque sé que eso no cambia nada de lo ya ocurrido.

BLOQUE 2

La fiscal Mera, coordinando de inmediato con un equipo adicional de la Policía Nacional, organizó la localización y detención de Xurxo Pena en cuestión de horas, encontrándolo todavía en su propio piso, con evidencia física suficiente --el arma usada en el ataque,

restos de sangre en su propia ropa que no había logrado eliminar del todo-- como para vincularlo de manera irrefutable tanto con el ataque contra Bieito como, según confirmarían análisis posteriores, con el envenenamiento original de Reboiras y Amoedo.

---Bastos nunca preparó personalmente el veneno ---explicó la fiscal Mera, durante una reunión de coordinación celebrada ya avanzada la mañana, con el equipo completo reunido tras una noche que ninguno de ellos olvidaría fácilmente---.

Pena tenía conocimientos de farmacología adquiridos durante un período previo trabajando en un laboratorio veterinario, y fue él quien ejecutó materialmente cada uno de los ataques, siguiendo instrucciones de Bastos sin cuestionar demasiado, según su propia declaración inicial,

la magnitud real de lo que estaba haciendo.

Gabriel, procesando la resolución completa de aquella cadena de violencia, sintió un alivio considerable mezclado con el cansancio acumulado de meses enteros de investigación.

---Entonces está confirmado, formalmente ---dijo---. Bastos ordenó, y Pena ejecutó. Reboiras, Amoedo, el ataque contra Lucía y Bieito en el archivo, y casi la destrucción de la propia figura del Pórtico esta misma noche.

BLOQUE 3

Vilanova, presente en la reunión con una expresión que combinaba alivio genuino y una tristeza institucional profunda, ofreció una reflexión que cerraba, en cierto modo, el capítulo más doloroso de toda su gestión como deán.

---Voy a tener que presentar todo esto formalmente ante el propio arzobispado, y probablemente ante Roma, dado el alcance de lo que descubrimos sobre la propia red internacional de los Fieles Guardianes ---dijo---.

No va a ser un proceso sencillo, ni rápido.

Pero al menos ahora contamos con la confesión de Bastos, con pruebas físicas irrefutables, y con la determinación de que esto no se repita como ya se repitió, generación tras generación, desde 1869.

Padre Esteban, escuchando aquello con la satisfacción de quien había visto, finalmente, un desenlace que llevaba semanas temiendo que no llegara nunca, añadió una reflexión final sobre el propio Bastos.

---Va a enfrentar consecuencias civiles considerables, sin duda ---dijo---.

Pero también creo, sinceramente, que la conversación de esta noche, frente al propio Pórtico, plantó en él algo que quizás, con el tiempo, termine resultando más valioso que cualquier condena judicial: la primera duda genuina sobre si todo lo que hizo, durante tantos años,

realmente valió el precio que otros pagaron por su convicción.

Gabriel, mirando hacia la ventana de la sala donde ya empezaba a clarear sobre Santiago, sintió que, por primera vez en semanas, podían permitirse un momento de descanso genuino antes de enfrentar lo que todavía quedaba por delante: el propio evento del viernes, apenas dos días más tarde,

donde finalmente, sin nadie más intentando impedirlo, la verdad completa sobre Prisciliano y sobre el propio Pórtico da Gloria estaría lista para presentarse al mundo.