Los Monjes de Compostela (El Código del Camino de Santiago 4) CAPÍTULO 29 — Interior del Pórtico
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CAPÍTULO 29 — Interior del Pórtico

BLOQUE 1

Gabriel avanzó despacio, con las manos visibles, consciente de que cualquier movimiento brusco por parte de cualquiera de los presentes podía precipitar una tragedia dentro de aquel espacio reducido,

tallado hacía ochocientos años por manos que jamás habrían imaginado que su obra terminaría en el centro de un enfrentamiento como aquel.

---¿Qué le hizo? ---preguntó, con la voz tensa, mirando hacia la propia figura tallada, todavía visible bajo la luz de la linterna que Bastos sostenía en su mano libre, junto a la pequeña herramienta que a Gabriel le resultaba imposible identificar con certeza desde la distancia.

---Todavía nada ---respondió Bastos, con una calma que contrastaba con la tensión evidente del momento---. Llegaron antes de que pudiera completar el trabajo. Un pequeño alivio para su conciencia, doctor Llorente, si le sirve de algo saberlo.

Uno de los agentes de policía, avanzando lateralmente para tener una línea de visión más clara, ordenó a Bastos que soltara la herramienta que todavía sostenía, con una firmeza que no dejaba lugar a discusión.

Bastos, tras un momento de duda considerable, obedeció, dejando caer el pequeño cincel sobre el suelo de piedra con un sonido metálico que resonó por todo el pasadizo estrecho.

BLOQUE 2

---Explíqueme por qué, canónigo ---dijo Gabriel, acercándose lo suficiente como para sostener la mirada de Bastos directamente, con Adrien y Padre Esteban apenas un paso detrás---.

Explíqueme por qué destruir una obra de arte de ochocientos años, matar a dos hombres inocentes, y casi matar a un tercero, le parece un precio razonable a pagar por mantener un silencio que, según todo lo que investigamos,

nunca protegió nada más que la comodidad institucional de quienes se beneficiaron de él.

Bastos, lejos de mostrar el arrepentimiento que quizás cualquiera hubiera esperado en aquel momento, respondió con la misma convicción serena que había caracterizado cada una de sus intervenciones anteriores.

---Porque la fe, doctor Llorente, no sobrevive únicamente de verdades históricas verificables ---dijo---.

Sobrevive de símbolos compartidos, de certezas colectivas que dan sentido a la vida de millones de personas que jamás tendrán el privilegio, ni el interés, de examinar cada detalle académico de lo que veneran.

Ustedes, con toda su erudición y sus mejores intenciones, están a punto de fragmentar esa certeza compartida en nombre de una verdad que, para la inmensa mayoría de esos millones de personas, no va a aportar consuelo ni comprensión.

Solo va a sembrar duda donde antes había paz.

Padre Esteban, escuchando aquel argumento con una gravedad considerable, intervino con una respuesta que llevaba semanas madurando internamente.

---Con todo respeto, Ezequiel, esa misma lógica ya la usó la Iglesia en el siglo XVI, y la usó también en el XIX ---dijo---.

Cada vez que la usamos, terminamos protegiendo no la fe de los sencillos, sino el poder de quienes decidían, sin ningún mandato real, qué verdad merecía sobrevivir y cuál no.

La fe genuina, si de verdad merece ese nombre, tiene que ser capaz de sostenerse frente a la verdad completa, no solo frente a la versión que a nosotros nos resulte más cómoda administrar.

BLOQUE 3

Bastos, escuchando aquel argumento de un hombre al que evidentemente respetaba dentro de la propia jerarquía eclesiástica, mostró, por primera vez desde que Gabriel lo conocía, una fisura genuina en su compostura habitual.

---Quizás tenga razón, padre ---dijo, con una voz que sonaba, de pronto, considerablemente más cansada que calculadora---.

O quizás llevo demasiados años defendiendo algo que ya perdió, hace mucho tiempo, cualquier justificación moral real, sin que yo mismo lograra notar el momento exacto en que crucé esa línea.

Vilanova, presente durante todo el intercambio con una expresión que combinaba tristeza y una determinación firme, dio finalmente un paso adelante.

---Ezequiel, queda usted suspendido de sus funciones dentro del cabildo, con efecto inmediato, mientras la justicia civil determina su responsabilidad en los hechos que estamos investigando ---dijo, con la autoridad formal de su propio cargo---.

Y le pido, sinceramente, que colabore ahora con la verdad, de la misma manera en que llevó tanto tiempo colaborando con su silencio.

Bastos, mirando por última vez hacia la figura tallada que había estado a punto de destruir, asintió lentamente, con una resignación que parecía, finalmente, genuina.

---Voy a colaborar ---dijo---. Ya no tiene sentido seguir protegiendo algo que ustedes, de todos modos, ya encontraron.