Los Monjes de Compostela (El Código del Camino de Santiago 4) CAPÍTULO 16 — Nombres de la Cofradía
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CAPÍTULO 16 — Nombres de la Cofradía

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Con las fotografías que Lucía había logrado subir a la nube compartida del equipo apenas minutos antes del ataque en el archivo, Adrien pudo reconstruir, con paciencia y con la ayuda de Rosa y Bieito,

una lista prácticamente completa de los miembros sucesivos de los Fieles Guardianes a lo largo de sus casi ciento sesenta años de existencia documentada.

---Setenta y tres nombres en total, contando desde Freán hasta el presente ---anunció, mostrando la lista compilada en una pizarra improvisada dentro de la sala de trabajo reforzada---.

La mayoría, canónigos y sacerdotes vinculados directamente al propio cabildo catedralicio, sin ninguna relevancia particular fuera de ese círculo estrictamente eclesiástico.

Gabriel, revisando la lista con atención, se detuvo en un nombre que le resultó, de inmediato, extrañamente familiar.

---Espera ---dijo---. Este nombre, Ramón Lantaño, incorporado en 1932. ¿No es el mismo apellido del historiador que citamos en nuestro propio trabajo sobre la orfebrería de la Cruz del Peregrino?

Adrien verificó la referencia, con una expresión que reveló de inmediato haber encontrado la misma coincidencia.

---Es el mismo apellido, sí. Ramón Lantaño publicó, en 1935, uno de los primeros estudios serios sobre la orfebrería religiosa aragonesa del siglo XII, un trabajo que todavía hoy se cita con respeto en la bibliografía especializada.

Nunca hubiéramos sospechado que, al mismo tiempo que publicaba ese estudio académico legítimo, formaba parte de una organización dedicada a silenciar exactamente el tipo de hallazgos que su propio trabajo, en otras circunstancias, podría haber revelado.

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---Eso explica algo que siempre me pareció curioso en su trabajo ---añadió Lucía, recordando detalles de su propia formación académica---.

Lantaño menciona, en una nota al pie bastante breve, la existencia de "ciertas piezas de datación incierta" en varios monasterios del Camino, sin llegar nunca a profundizar en ellas más allá de esa mención superficial, a pesar de tener, evidentemente, el conocimiento técnico necesario para hacerlo.

Padre Esteban, revisando el resto de la lista con la misma atención meticulosa, encontró un segundo nombre que le llamó poderosamente la atención por razones completamente distintas.

---Aquí hay algo todavía más inquietante ---dijo, señalando una entrada de la década de 1980---. "Xosé Amoedo, incorporado tras recomendación directa del hermano Freixido, dada su posición como responsable del fondo cartográfico."

El silencio que siguió a aquella lectura reveló, para todos los presentes, una implicación que ninguno había considerado hasta ese momento: el propio Amoedo, la segunda víctima de la investigación,

no había sido simplemente un archivero honesto que descubrió por accidente las alteraciones cartográficas.

Había formado parte, en algún momento de su carrera, de la propia organización responsable de mantenerlas.

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---Eso cambia bastante la interpretación de sus propios correos con Reboiras ---dijo Gabriel, procesando aquella revelación con una mezcla de sorpresa y comprensión creciente---.

Cuando le advirtió que "tuviera cuidado con quién le comentaba esto" y que él mismo había "dejado de investigarlo por una buena razón", quizás no hablaba solo como alguien que descubrió el patrón desde fuera.

Quizás hablaba como alguien que, en algún momento, decidió abandonar la propia organización que lo había reclutado, sin llegar nunca a romper del todo con el silencio que había jurado mantener.

Adrien, revisando el resto de la entrada de Amoedo en busca de más detalles, encontró una anotación final que confirmaba aquella hipótesis con una claridad considerable.

---Aquí dice que renunció formalmente en 1998, "por motivos de conciencia personal, sin comprometer la confidencialidad debida" ---leyó---.

Se fue, pero se llevó su silencio consigo, incapaz de romperlo del todo incluso después de abandonar la organización, hasta que finalmente decidió, muchos años después, pasarle sus notas a Reboiras con la esperanza tácita de que alguien más terminara lo que él mismo nunca se atrevió a completar.

Rosa Meilán, escuchando aquella reconstrucción con una tristeza genuina hacia el hombre que había conocido brevemente durante su propia formación profesional, ofreció la última reflexión de aquella tarde de descubrimientos.

---Entonces Amoedo pasó los últimos años de su vida cargando con una culpa doble ---dijo---.

La de haber pertenecido, aunque fuera brevemente, a algo que ayudó a silenciar la verdad.

Y la de no haber sido capaz, ni siquiera después de irse, de decirlo todo en voz alta mientras todavía tenía tiempo para hacerlo sin poner en riesgo su propia vida.

Gabriel, mirando la lista completa de setenta y tres nombres, sintió que cada uno de ellos representaba, a su manera, una pequeña historia de convicción, miedo o arrepentimiento tardío, todas entrelazadas durante siglo y medio en torno al mismo silencio que ahora, finalmente,

empezaba a resquebrajarse.