Los Monjes de Compostela (El Código del Camino de Santiago 4) CAPÍTULO 10 — Silencios del Cabildo
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CAPÍTULO 10 — Silencios del Cabildo

BLOQUE 1

La reunión con el deán de la catedral, monseñor Xerardo Vilanova, se concretó cuatro días después de la visita de Bastos, en un despacho amplio y luminoso dentro del propio palacio arzobispal, con Padre Esteban acompañando a Gabriel y Adrien como enlace de confianza entre ambas partes.

Vilanova, un hombre de sesenta y pocos años, con la elegancia discreta de quien ha pasado toda su carrera eclesiástica en cargos de responsabilidad creciente, los recibió con una cortesía impecable que, sin embargo, a Gabriel le pareció desde el primer momento cuidadosamente defensiva.

---Lamento profundamente lo de Fernando y Xosé ---dijo, tras los saludos iniciales---. Ambos sirvieron a esta catedral con una dedicación admirable durante décadas. Cualquier cosa que el cabildo pueda hacer para ayudar en la investigación, cuenten con ella.

---Se lo agradecemos, monseñor ---respondió Adrien---. Aunque me temo que parte de lo que necesitamos ya no es solo colaboración formal, sino respuestas concretas sobre una organización interna llamada "Los Fieles Guardianes de la Unidad".

La expresión de Vilanova cambió de manera mucho más evidente que la de Bastos días atrás, una tensión súbita que recorrió sus hombros antes de que lograra recomponer, con visible esfuerzo, su compostura habitual.

---Es un nombre que preferiría no discutir sin la documentación adecuada delante ---dijo, finalmente, con una evasiva que resultaba, en sí misma, casi tan reveladora como una confirmación directa.

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---Monseñor ---insistió Gabriel, con la firmeza necesaria pero sin perder el respeto que la situación exigía---, tenemos documentación que confirma la existencia de esta organización desde 1869, con una cadena continuada de miembros hasta el día de hoy, incluyendo al propio canónigo Bastos.

Y tenemos dos muertes, posiblemente relacionadas directamente con el intento de proteger su existencia.

Necesitamos saber si usted, como deán, tiene autoridad real sobre esta organización, o si, por el contrario, opera al margen de su propio control.

Vilanova guardó silencio un largo momento, con la mirada fija en algún punto indefinido de su propio escritorio, antes de responder con una franqueza que sorprendió a los tres visitantes por su contraste con la evasiva anterior.

---No tengo control real sobre ellos ---admitió, finalmente, con la voz más baja de lo habitual---. Lo sospecho desde hace años, aunque nunca había logrado confirmarlo con la certeza que ustedes acaban de traerme hoy.

Padre Esteban, escuchando aquella confesión con la comprensión de quien conoce bien las complejidades internas de cualquier institución eclesiástica de gran tamaño, intervino con una pregunta que buscaba entender mejor la naturaleza exacta de aquel desequilibrio de poder.

---¿Por qué un deán, con la autoridad formal que corresponde a su cargo, no tendría control sobre un grupo interno del propio cabildo que dirige?

BLOQUE 3

Vilanova esbozó una sonrisa cansada, casi resignada.

---Porque la autoridad formal, padre, no siempre coincide con la influencia real dentro de una institución tan antigua como esta ---respondió---.

Bastos lleva más de cuarenta años en el cabildo.

Conoce cada expediente, cada favor pendiente, cada pequeño secreto administrativo acumulado durante décadas.

Yo llevo apenas seis años como deán, nombrado desde fuera de esta diócesis específicamente para renovar ciertas prácticas que Roma consideraba, con razón, demasiado rígidas.

Cada vez que intenté investigar más a fondo los rumores sobre esta hermandad, encontré resistencia sutil pero efectiva en cada nivel administrativo que necesitaba atravesar.

---¿Tiene miedo de él? ---preguntó Gabriel, directamente.

Vilanova no respondió de inmediato, lo cual, en sí mismo, funcionó como una respuesta suficientemente elocuente.

---Tengo miedo de lo que esta institución sea capaz de hacer para protegerse a sí misma, doctor Llorente, sea quien sea que finalmente resulte responsable ---dijo, finalmente---.

Y después de lo que me acaban de contar sobre Fernando y Xosé, ese miedo, me temo, acaba de encontrar una justificación mucho más concreta de la que tenía hasta esta misma mañana.

Adrien, procesando la magnitud de aquella confesión, formuló la pregunta que representaba, para todos los presentes, el siguiente paso lógico y necesario.

---¿Estaría dispuesto a colaborar formalmente con nosotros, monseñor, incluso si eso significa enfrentarse abiertamente a Bastos y a quien sea que lo respalde dentro del cabildo?

Vilanova tardó un largo momento en responder, con la mirada puesta ahora en la propia ventana de su despacho, desde donde se distinguía, a lo lejos, la silueta imponente de las torres catedralicias.

---Voy a necesitar tiempo para pensar cómo hacerlo sin poner en riesgo a nadie más ---dijo, finalmente---. Pero sí. Después de hoy, ya no puedo seguir mirando hacia otro lado como hice durante estos seis años.