CAPÍTULO 2 — Sangre en el Archivo
BLOQUE 1
La fiscal Mera, la misma que había llevado los casos derivados de la investigación en O Cebreiro meses atrás, aceptó revisar personalmente la solicitud de Gabriel apenas escuchó los detalles básicos del caso, reconociendo de inmediato el patrón que ya empezaba a resultarle demasiado familiar.
---Si tiene razón, y esto está conectado con el resto de lo que investigaron el año pasado, no quiero que se resuelva como una simple muerte natural sin que alguien revise a fondo, con la tecnología adecuada, antes de que el cuerpo pase a cremación ---dijo,
ya gestionando por teléfono la autorización urgente para una segunda autopsia, mucho más exhaustiva que la primera.
El instituto de medicina legal de Santiago, alertado por la propia fiscal Mera de la sensibilidad del caso, asignó al doctor Anxo Freixanes, un patólogo forense con experiencia específica en detección de sustancias poco comunes,
después de que la primera revisión superficial no hubiera encontrado ninguna razón para ir más allá del diagnóstico habitual de infarto en un hombre de sesenta y un años con antecedentes cardiovasculares documentados.
Tardó casi cuatro días en obtener resultados concluyentes, un tiempo que a Gabriel le pareció insoportablemente largo mientras el equipo, mientras tanto, revisaba con Rosa Meilán cada documento que Reboiras había dejado sobre su escritorio,
intentando reconstruir exactamente qué había descubierto en las semanas previas a su muerte.
---Encontramos algo ---anunció finalmente el doctor Freixanes, en una reunión convocada con Gabriel, Adrien y la propia fiscal Mera---.
Rastros de una sustancia vegetal, en concentración muy baja pero suficiente para provocar un paro cardíaco en alguien con la condición previa de Reboiras.
Es un alcaloide poco común, derivado de una planta que en la Edad Media se usaba tanto con fines medicinales como, en dosis mayores, con fines bastante menos benignos.
BLOQUE 2
---¿Cómo se administra algo así sin que la víctima lo note? ---preguntó Adrien.
---Disuelto en cualquier bebida caliente, funciona especialmente bien ---explicó el doctor Freixanes---.
El sabor amargo característico del alcaloide se disimula con facilidad en café o en infusiones, y los primeros síntomas, en dosis bajas como esta, pueden confundirse fácilmente con un simple malestar pasajero, sobre todo en alguien que ya sufre episodios de hipertensión con cierta frecuencia.
Gabriel pensó de inmediato en la taza de café que había visto sobre el escritorio de Reboiras aquella tarde, ya retirada como parte del proceso habitual de limpieza antes de que nadie pensara siquiera en tratar la escena como un posible homicidio.
---¿Todavía existe esa taza? ---preguntó, con una urgencia que sorprendió a los presentes.
La fiscal Mera hizo una llamada inmediata al departamento de limpieza del archivo catedralicio, obteniendo la confirmación, con considerable alivio de todos los presentes, de que los objetos de la oficina de Reboiras habían quedado precintados desde el primer momento,
a la espera de que alguien decidiera formalmente qué hacer con sus pertenencias personales.
---Vamos a analizar cualquier resto en esa taza de inmediato ---confirmó la fiscal---. Si encontramos la misma sustancia, esto deja de ser una hipótesis y se convierte en un homicidio confirmado, con todo lo que eso implica en términos de investigación formal.
BLOQUE 3
El análisis de la taza, completado dos días después, confirmó lo que ya todos sospechaban: restos claros del mismo alcaloide, en una concentración que sugería una dosis deliberadamente calculada,
ni tan alta como para provocar sospechas inmediatas por una muerte demasiado súbita en un hombre aparentemente sano, ni tan baja como para no resultar letal dado el perfil médico específico de Reboiras.
---Quien hizo esto conocía su historial médico ---dijo la fiscal Mera, revisando el informe completo con expresión sombría---. Sabía exactamente cuánto necesitaba para que pareciera un infarto natural, sin necesidad de recurrir a nada más dramático ni más fácil de detectar.
Gabriel, procesando la implicación completa de aquel dato, sintió que la investigación acababa de dar un giro que la distinguía radicalmente de las tres anteriores.
---Roig usaba violencia directa. Kessler y su sobrina usaban presión legal y, cuando fallaba, intimidación física ---dijo, pensando en voz alta---.
Esto es distinto. Esto es alguien con acceso íntimo a la vida de Reboiras, con paciencia suficiente para planificar algo tan preciso, y con conocimientos médicos o farmacológicos considerables.
Adrien, con una inquietud que no intentó disimular, formuló la conclusión que empezaba a tomar forma con una claridad incómoda.
---Alguien que probablemente formaba parte de su círculo cercano ---dijo---. Alguien con acceso regular a su oficina, a sus costumbres, a su propia taza de café. Alguien, Gabriel, que muy probablemente trabaja o trabajaba dentro de la propia catedral.
El silencio que siguió a aquella conclusión tuvo, para todos los presentes, un peso distinto al de cualquier amenaza anterior en toda la saga: por primera vez, el enemigo no llegaba desde fuera, con nombre extranjero y fortuna acumulada durante generaciones,
sino desde dentro del propio círculo institucional que, hasta entonces, habían considerado un aliado natural en la búsqueda de la verdad.