Los Monjes de Compostela (El Código del Camino de Santiago 4)
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CAPÍTULO 1 — El Archivero Muerto
BLOQUE 1
Fernando Reboiras llevaba veintidós años trabajando en el archivo de la catedral de Santiago, los últimos ocho como responsable directo del fondo cartográfico, una colección que la mayoría de los visitantes de la ciudad ni siquiera sabía que existía,
custodiada en una sala anexa al claustro que rara vez recibía más de dos o tres consultas al mes.
Desde que el comité de la Hermandad, con la aprobación cautelosa del propio arzobispado, había puesto en marcha el proyecto de comparar los mapas oficiales del Camino con sus originales medievales, Reboiras se había convertido, casi sin buscarlo, en una pieza central de aquel trabajo:
nadie conocía mejor que él la evolución de la cartografía jacobea a lo largo de los siglos, ni tenía un acceso tan directo y cotidiano a los propios documentos que había que cotejar.
Lo encontró su ayudante, una joven bibliotecaria llamada Rosa Meilán, la mañana de un lunes de febrero, sentado en su propia silla de trabajo, con la cabeza apoyada sobre el escritorio como si simplemente se hubiera quedado dormido a mitad de una consulta,
un mapa del siglo XVI todavía desplegado bajo sus manos inertes.
---Al principio pensé que se había quedado dormido, sin más ---le explicó Rosa a la Guardia Civil, todavía visiblemente afectada, cuando llegaron los primeros agentes---.
Llevaba semanas trabajando hasta muy tarde, casi obsesionado con algo que no terminaba de contarme del todo.
Le toqué el hombro para despertarlo, y entonces...
entonces me di cuenta de que no reaccionaba.
El médico de guardia que certificó la muerte inicial, ante la ausencia de cualquier signo visible de violencia, la atribuyó a un probable infarto, dada la edad de Reboiras --sesenta y un años,
con antecedentes de hipertensión ya documentados en su historial médico-- y la conocida costumbre del archivero de trabajar largas jornadas sin descanso suficiente.
BLOQUE 2
Gabriel se enteró de la noticia esa misma tarde, a través de una llamada de Adrien que interrumpió una reunión rutinaria en la universidad.
---Reboiras murió esta mañana ---dijo Adrien, con una voz que reflejaba una conmoción genuina más allá de la simple tristeza profesional---. Lo encontraron en su propio escritorio del archivo catedralicio. Dicen que fue el corazón.
---Lo conocía bien, ¿no? ---preguntó Gabriel, recordando vagamente el nombre de las reuniones previas al lanzamiento del proyecto de divulgación gradual acordado en O Cebreiro.
---Llevaba meses trabajando directamente con nosotros, cotejando los mapas oficiales del Camino contra los originales medievales que fuimos reuniendo a lo largo de las tres investigaciones.
Era metódico, cuidadoso, exactamente el tipo de persona que uno querría tener a cargo de un trabajo tan delicado.
Gabriel sintió una inquietud que no lograba justificar del todo con la simple explicación médica que Adrien acababa de transmitirle, una sensación que ya reconocía de memoria después de tres investigaciones consecutivas marcadas por muertes que, al principio, siempre parecían accidentales.
---¿Notaste algo raro en él últimamente? ---preguntó, casi sin querer formular la pregunta en voz alta, como si nombrarla pudiera confirmarla.
Adrien guardó silencio un momento antes de responder.
---Ahora que lo mencionás, sí. La última vez que hablamos, hace apenas cuatro días, me dijo que había encontrado algo en los mapas que "no le terminaba de cuadrar", y que prefería confirmarlo bien antes de contarme los detalles.
Pensé que se refería a algún error de transcripción menor. No le di mayor importancia.
BLOQUE 3
Gabriel llegó al archivo catedralicio esa misma tarde, con la autorización que su vínculo ya consolidado con el proyecto de la Hermandad le permitía obtener sin demasiados trámites, encontrando a Rosa Meilán todavía en el propio edificio,
esperando instrucciones sobre cómo proceder con el trabajo pendiente de su antiguo jefe.
---¿Puedo ver su escritorio? ---preguntó, con la mayor delicadeza posible dado el momento.
Rosa lo condujo hasta la pequeña oficina, todavía sin tocar desde que se habían llevado el cuerpo, con el mapa del siglo XVI todavía desplegado exactamente donde Reboiras lo había dejado, y una pila de notas manuscritas apiladas junto al ordenador,
en la caligrafía apretada y nerviosa de alguien que anota ideas apresuradamente antes de que se le escapen.
Gabriel las revisó con cuidado, sin tocar nada todavía, hasta que una frase, subrayada dos veces con una fuerza que casi había rasgado el papel, le llamó poderosamente la atención.
"Esto no es un error de copista. Es sistemático. Alguien lo hizo a propósito, y lo siguió haciendo durante generaciones."
Debajo, una lista de fechas, aparentemente correspondientes a distintas ediciones oficiales del mapa del Camino publicadas a lo largo de los últimos ciento cincuenta años, cada una marcada con una pequeña cruz, como si Reboiras hubiera estado rastreando, edición tras edición,
el mismo patrón de alteraciones deliberadas.
Gabriel sacó su teléfono y llamó a Adrien de inmediato, con una certeza que ya no lograba contener.
---Necesito que vengas al archivo ahora mismo ---dijo---. Y necesito que pidamos una segunda autopsia, mucho más detallada que la primera. Porque si Reboiras tenía razón sobre lo que estaba encontrando, me parece demasiada coincidencia que haya muerto justo antes de contárselo a nadie más.