Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 62 ​​ Ewan #3
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62 ​​ Ewan #3

Callum sigue hablando poco y sentenciando mucho.

Es el más callado de los cuatro, pero con el tiempo hemos aprendido a entendernos bastante bien.

No necesitamos mantener conversaciones interminables para saber qué piensa el otro y, cuando habla, todos seguimos escuchándolo.

Es una costumbre que no hemos conseguido quitarnos.

Nos reunimos algunos viernes. No todos, porque tus hijos continúan teniendo esa habilidad extraordinaria para convertir sus trabajos en una cuestión de vida o muerte, pero bastantes.

Cenamos, discutimos, bebemos y, de vez en cuando, conseguimos pasar varias horas juntos sin descubrir ningún asesinato, ninguna infidelidad ni ningún secreto familiar.

Estamos progresando.

Creo que te gustaría verlos así.

No se han convertido de repente en los hermanos perfectos.

Gracias a Dios, porque serían insoportables.

Discuten, se cabrean, se meten donde no los llaman y continúan guardándose algunas cosas más tiempo del recomendable, pero ahora se buscan.

Se llaman. Aparecen. Y eso, tratándose de ellos, ya es muchísimo.

Hoy están todos aquí, esperando. También Fiona, la que fue mujer de mi verdadero padre biológico, el hombre con el que mi madre le devolvió la infidelidad.

Mis padres han venido desde Nueva York y, sí, mi madre y Fiona han hablado. Mucho, de hecho. A solas, aunque no sé de qué. Y he decidido que no quiero saberlo.

hay conversaciones entre dos mujeres que compartieron, sin saberlo de la misma manera, una parte bastante complicada de sus vidas, y que no necesitan una psicóloga escuchando detrás de una puerta. Se tratan con respeto, incluso con cierto cariño, y a mí me basta.

También han venido Colton y Nolan. Mi mejor amigo y mi expareja.

Juntos.

Eso último lo descubrí por accidente hace unos meses, cuando Colton me envió un audio que evidentemente no era para mí. Era para Nolan.

No voy a reproducirte su contenido, pero tardé aproximadamente tres segundos en comprender que mi mejor amigo y mi ex tenían una relación.

Después tardé otros cinco en llamarlo.

Colton todavía sostiene que nunca en su vida había cometido un error de destinatario. Yo sostengo que el universo consideró que me debía algo después de todo lo que había pasado.

Son felices. Y yo también.

Echo de menos Nueva York. Claro que la echo de menos.

Echo de menos a mis padres, a Colton, mi trabajo, las calles abarrotadas, poder salir de casa sin encontrarme una montaña delante y hasta ese ruido que durante años pensé que acabaría volviéndome loca.

Hay días en que Inverness no es suficiente y necesito volver. Y vuelvo. Lo he hecho dos veces.

Ewan nunca me ha pedido que deje de hacerlo.

Creo que esa ha sido una de las cosas más importantes que hemos aprendido.

Él no tiene que llenar todos los lugares que dejé en Nueva York. No podría. Tampoco quiero que lo haga.

Pero ha llenado otros que ni siquiera sabía que estaban vacíos.

Y cuando regreso a Broadford y lo encuentro allí, cuando discutimos por quién ha dejado algo fuera de sitio, cuando cenamos demasiado tarde porque ha vuelto a quedarse en la clínica más de la cuenta o cuando me despierto y descubro que está mirando por la ventana ese mismo paisaje que ha visto miles de veces, sé que elegí bien.

No Escocia, sino a él.

Y creo que ya he hablado suficiente. Además, debería levantarme. Llevo demasiado tiempo sentada en estas escaleras y, si sigo arrugando el vestido, Isla va a matarme antes de que consiga casarme con su hermano.

Supongo que ya sabes por qué he venido precisamente aquí.

No quería despedirme de ti, Judith. No tendría demasiado sentido despedirme de alguien a quien nunca conocí. Quería presentarme, nada más.

Y ahora sí tengo que irme. Acaban de gritar mi nombre por segunda vez y estoy bastante segura de que ese «¿dónde coño se ha metido?» ha sido cosa de uno de tus hijos. No voy a decirte cuál. Tú los conocías mejor que yo.

Así que encantada de conocerte, Judith.

Solo espero, aunque nunca lo sabremos, que lo que te ocurrió en estas escaleras fuera un accidente de verdad. Supongo que necesito creer que fue así para poder quedarme con algo de la Elspeth que yo creía conocer.

Adiós, Judith.

Miro hacia arriba. Creía que se trataba de Cormag, pero veo que están los tres hermanos mirándome desde la parte alta de los jardines. Están imponentes, todos vestidos con su kilt.

Ewan se acerca mientras sus hermanos le recuerdan que no debe ver mi vestido.

—Queréis callaros, lo elegimos juntos. Taylor se pasa las tradiciones por… —dice mi futuro marido mientras continúa avanzando hacia mí.

—¿Qué estabas haciendo aquí, doctora? Estaba preocupado. No te encontrábamos.

—Estaba hablando con tu madre, ahí, en las escaleras…

—Bonito lugar para charlar con ella…

—Ahí empezó todo… al menos todo lo que hizo que nos conociéramos.

—Visto así, es romántico. ¿Y qué te ha dicho?

—Me ha contado algo.

—Miedo me da…

—Que ella era inglesa.

Abre mucho los ojos.

No pienso desvelar que me lo contó Emma.

—¿Qué te ha dicho exactamente?

—Que nació en Inglaterra y vivió allí muchos años, lo que te convierte en un hombre con sangre mitad escocesa y mitad inglesa. ¡Oh! Ewan. Eso es terrible. ¿Es que no pensabas contármelo?

—Ese es nuestro secreto mejor guardado, Taylor.

—Pues ya no lo es.

Menea la cabeza, ya no sé si interpreta o está afectado de verdad.

Una voz interrumpe el momento. Maldita sea, con lo que estoy disfrutando…

—Hay doscientas personas esperando —grita Callum desde lo alto de la pendiente.

—Hay catorce, Callum, no me jodas —le rebate Ewan enfadado.

—Catorce, doscientas… ¿Qué más da? ¿Queréis que esperen? Están empezando a pensar que lo de Isla se va a repetir. Yo no pienso sacarlos de su error.

—Sabe que mamá era inglesa —les grita Ewan de forma dramática.

—¿En serio? —dice Callum.

—Lo que oyes.

—Mierda, ¿cómo lo ha sabido? —Esta vez es Cormag el que se anima a apoyar la absurda escena.

—No preguntes —le aconseja Ewan.

Callum y Cormag se callan. Bajan la cabeza.

¿De verdad están afectados?

No me lo puedo creer.

—¿En serio estabas hablando con ella? —me dice Ewan cogiéndome por la cintura.

—Ajá. He ido a presentarme.

—¿Qué le has dicho?

—Que me llamo Taylor y que te quiero.

—Joder, ¿y por qué nunca me lo dices a mí?

Le beso para que se calle.

—¿Nunca te lo digo?

—No. Me sueles decir que te vuelvo loca, que follo muy bien, que soy tu gilipollas favorito… pero que me quieres no.

—Esa es mi forma de decirte que te quiero, bobo.

—¡Ah! Entonces me quedo más tranquilo. Algo bueno tiene que tener el día de hoy.

—¿Solo eso es bueno?

—Y que estás preciosa. Y que me voy a casar con una americana insoportable, que adora el ruido y que tiene problemas con la geografía.

—¿Algo más?

—Que folla muy bien.

—Sabes cómo deshacerme…

—Te quiero, Taylor, te quiero con locura.

Nos miramos de esa manera en que podríamos pasarnos un día entero, pero, como no podía ser de otro modo, alguien viene a fastidiarlo.

Callum me sujeta por el brazo mientras tira de mí, Cormag hace lo mismo con Ewan.

—Dejadlo para después, joder, que hay un montón de gente preguntándose dónde narices estáis.

Callum me ofrece su brazo y ascendemos la pendiente del jardín camino del altar improvisado en el salón.

—¿Seguro que quieres casarte con él? —me dice mientras nos dirigimos al interior de la casa.

—Pues claro. Quiero ser una McAverley. Aparte de ser odiosos, infieles y… mitad ingleses y mitad escoceses, también estáis forrados.

Callum suelta una carcajada.

—Creo que nunca pasaré por esto.

—Lo harás. Te enamorarás, Callum. Lo creas o no, ese sentimiento existe y te vuelve maravillosamente loco.

—Ya lo estuve.

—No, Callum. Tú y yo sabemos que eso no es cierto.

Se detiene y me mira.

—Por eso le fuiste infiel.

Baja la cabeza.

—¿Cómo has llegado a esa conclusión?

—He aprendido a interpretar los silencios de los McAverly.

—Entonces… bienvenida a la familia, Taylor McAverly.

Lo miro y sonrío.

Presiento que su historia será la próxima historia. Y menuda historia.

Ahora voy a buscar el final de la mía. Voy a decirle a mi chico escocés que quiero pasar el resto de mi vida a su lado.

Epilogo 2

​​ Elspeth

​​ Isla de Skye, 22 de agosto, 7:00 horas.

Entro por donde Judith me indicó ayer y avanzo hacia la parte trasera de la casa. Son las siete de la mañana y todavía no se ve con claridad, pero distingo las escaleras de piedra y su figura esperándome arriba, cerca del borde.