62 Ewan #2
No lo soy. Resulta que soy su prima, aunque esa es una historia bastante larga y, sinceramente, creo que mi familia ya ha aportado suficientes sorpresas genealógicas a esta historia. Pero tampoco me habría presentado así aunque Elspeth y yo hubiéramos compartido hasta la última gota de sangre.
Soy Taylor. Taylor a secas.
He aprendido que eso de ser la hermana de, la hija de, la mujer de o la madre de puede resultar muy cómodo para explicar quién es alguien sin molestarse demasiado en averiguar quién es en realidad. Y, si alguien sabe algo de eso, supongo que somos tú y yo.
Yo fui durante unos días «la hermana de la mujer que mató a mi madre». Fue un título que me partió en dos, sobre todo por quien me lo concedió.
Y también la hija biológica de Malcolm. La hija adoptiva de Michael. La prima de Elspeth. La sobrina de Duncan. La…
En fin. Taylor me gusta más.
Fiona también opina como yo.
Si alguien tenía derecho a colocarme una etiqueta antes incluso de conocerme era ella. Podría haberme mirado y haber visto el resultado de una infidelidad que la partió en dos; Sin embargo, hizo algo bastante más difícil: me miró y me vio a mí.
Ella me abrazó cuando me hundí en sus brazos y, desde entonces, me trata como si llevara toda la vida haciéndolo.
Me llama demasiado, se preocupa demasiado, intenta alimentarme cada vez que voy a Inverness y aparece en Broadford con cosas que, según ella, nuestra casa necesita y que Ewan y yo no sabíamos que existían.
Y Michael Stone hizo exactamente lo mismo muchos años antes. Podría haberme criado como la hija de otro hombre. Nunca lo hizo. Me dio su apellido, su casa, su vida y un padre sin adjetivos. Nunca hubo un «de» entre nosotros.
Supongo que por eso he terminado odiando tanto esas dos letras.
Así que no, Judith. No voy a presentarme ante ti como la hermana de Elspeth.
Me llamo Taylor Stone.
Y dentro de un rato voy a casarme con tu hijo.
Sí, Judith. Con un McAverley.
Una vez Ailsa me dijo que los McAverley erais infieles por naturaleza.
Estaba enfadada con Callum y probablemente solo pretendía insultarlo a él, pero decidió incluir en la ofensa a toda la familia.
Entonces me hizo gracia. Ahora, después de conoceros un poco mejor, empiezo a pensar que no iba tan desencaminada.
Porque vuestro historial no es precisamente tranquilizador.
Cormag fue infiel a Ailsa. Callum a Madison. Isla también decidió saltarse algunas normas y, por lo que sé, la generación anterior tampoco estuvo completamente libre de pecado.
Sí, Judith, tú también.
Tranquila, no he venido a juzgarte. Después de todo lo que ha pasado, creo que lo último que necesita esta familia es otra persona haciendo inventario de los errores de los demás.
Además, por lo que sé, aquello empezó con una infidelidad de tu marido y tú decidiste devolverle el golpe de una forma bastante contundente.
Con su hermano, nada menos. Así que dejaremos vuestro matrimonio entre vosotros dos.
Y, por si todo eso fuera poco, resulta que mi familia tampoco puede presumir demasiado. De hecho, cuando Fiona me contó toda la verdad, descubrí algo bastante inquietante: la historia de mis padres se parece muchísimo a la tuya.
Duncan le fue infiel a mi madre. Ella lo perdonó y continuaron juntos, pero, tiempo después, decidió devolverle el golpe de una forma que a ti probablemente te resulte familiar: se acostó con su hermano.
Sí, Judith. Con su hermano.
Así que mi madre hizo exactamente lo mismo que tú: perdonó una infidelidad y después se vengó acostándose con el hermano de su marido. Empiezo a pensar que nuestros árboles genealógicos estaban destinados a encontrarse.
Te aseguro que hay descubrimientos para los que ni siquiera ser psicóloga te prepara.
Así que quizá esto de la infidelidad no sea una característica exclusiva de los McAverley. Mi familia ha demostrado estar perfectamente capacitada para competir con la vuestra.
Aunque empiezo a sospechar que Ailsa tampoco hablaba demasiado en serio cuando dijo aquello. No creo que exista un gen de la infidelidad, por mucho que nuestras dos familias parezcan empeñadas en demostrar lo contrario.
Son decisiones.
Algunas buenas. Otras desastrosas. Y algunas que siguen afectando a personas que ni siquiera han nacido cuando se toman.
Yo soy una de ellas.
Pero también soy la prueba de que de una mala decisión puede salir algo que no tiene por qué ser malo.
Fiona me lo ha enseñado mejor que nadie.
Así que no, Judith, no creo que los McAverley seáis infieles por naturaleza. Y espero no descubrir nunca que Ailsa tenía razón, porque dentro de un rato voy a casarme con uno.
¿Debería estar nerviosa? Supongo que sí.
Dentro de un rato voy a casarme con Ewan y eso debería bastar para tener el estómago encogido, pero estoy aquí, sentada en estas escaleras y hablando contigo con una tranquilidad que hasta a mí me sorprende.
No tengo dudas, Judith. Ninguna. Estoy exactamente donde quiero estar y voy a casarme con el hombre con el que quiero compartir mi vida.
Aunque te confieso que estoy ligeramente alterada, pero por todo lo que está ocurriendo ahí fuera.
Por tus hijos, principalmente. Isla lleva desde esta mañana intentando controlar hasta la dirección en la que sopla el viento y Cormag y Callum llevan todo el día ignorando cada una de sus órdenes solo para sacarla de quicio.
Por Ewan no. De él estoy segura.
Es arrogante, cabezota y tiene una preocupante tendencia a creer que sabe lo que me conviene antes de preguntármelo.
Sigue trabajando demasiado, continúa pensando que cualquier lugar situado a más de veinte minutos de Broadford está en la otra punta del mundo y todavía no ha conseguido enseñarme suficiente geografía escocesa para que deje de confundir las Highlands, las Hébridas y todo lo demás cuando quiero cabrearlo.
Pero también es el hombre que cruzó el Atlántico para encerrarse voluntariamente en una sala de interrogatorios. El que, cuando Colton le dijo que si quería estar conmigo tendría que mudarse a Nueva York, respondió que lo haría sin pensárselo. Y el que después me dejó decidir a mí.
Elegí Escocia. Bueno, eso tampoco es del todo cierto.
Elegí a Ewan.
Escocia venía incluida.
Volví con él pensando que me quedaría una semana. Dos como máximo. Tenía un trabajo esperándome en Nueva York, mi familia, mis amigos y una vida que me gustaba…
Eso fue hace nueve meses.
Y aquí sigo.
Bueno, aquí y en Inverness, porque nueve meses han sido suficientes para descubrir que puedo querer muchísimo a un escocés, enamorarme de las Highlands y seguir necesitando semáforos, coches, gente y un nivel de ruido que en Broadford resulta imposible alcanzar.
Así que vivimos entre los dos sitios. Broadford es nuestra casa, pero pasamos bastante tiempo en Inverness, en una de las propiedades de la familia.
Yo necesito algo de ruido de vez en cuando, gente, calles con movimiento y la sensación de que existe vida más allá de una carretera, unas montañas y un paisaje que Ewan sigue empeñado en contemplar como si fuera diferente cada mañana.
Al final hemos encontrado un equilibrio: unos días aquí, otros allí, aunque todavía no he decidido si eso significa que tenemos dos hogares o que somos incapaces de elegir uno.
Profesionalmente tampoco me ha ido mal. He empezado a colaborar en algunos casos aislados como psicóloga forense gracias a Harold, que ha movido algunos hilos para ayudarme a abrirme camino aquí.
Todavía son pocos, pero no me quejo. Conseguir ejercer de lo que realmente me gusta en otro país en menos de nueve meses ya me parece bastante.
También paso consulta algunos días en la clínica de Ewan. Sí, Judith, he vuelto a la psicología clínica, aunque no termino de explicármelo.
Y ayudo a Isla con el hotel siempre que puedo.
Lo tengo demasiado cerca de casa para fingir que no existe y ella ha descubierto que soy incapaz de ver un problema organizativo sin meterme.
El club y el hotel la mantienen ocupada y, por lo que parece, feliz.
Sigue teniendo un carácter imposible, aunque supongo que eso ya lo sabías.
Cormag y Callum continúan empeñados en llevar la destilería a lo más alto. Han encontrado un nuevo proveedor y por fin han conseguido desvincular el negocio del padre de Ailsa, algo que ha resultado bastante más importante para Cormag de lo que reconoce.
Él y Ailsa ya están divorciados.
No se han convertido en esos exmaridos ejemplares que se llaman para felicitarse los cumpleaños y quedan para tomar café.
De hecho, han acabado bastante mal. Ailsa no quiere saber nada de Cormag y él ha aprendido que lo mejor que puede hacer es respetarlo y mantenerse lejos.
Supongo que hay matrimonios que pueden transformarse en una amistad cuando terminan y otros que dejan demasiadas cosas rotas por el camino.
El suyo pertenece claramente al segundo grupo.
Cormag está bien. O eso dice. Sigue siendo Cormag, así que obtener información emocional de él requiere bastante más esfuerzo del que estoy dispuesta a invertir.
Su exsuegro, en cambio, parece bastante empeñado en recordarle que sigue existiendo.
No se tomó demasiado bien que Cormag se divorciara de su hija y que, además, él y Callum rompieran todos los vínculos profesionales que mantenían con él.
Desde entonces intenta buscarles las cosquillas siempre que tiene ocasión: algún cliente, algún acuerdo, algún pequeño obstáculo que aparece donde antes no lo había.
De momento, Cormag y Callum parecen incluso divertirse con ello. Han encontrado un nuevo proveedor, la destilería funciona mejor que nunca y sospecho que pocas cosas pueden resultar más irritantes para su exsuegro que comprobar que no lo necesitan.