62 Ewan
Más espectáculo
Está increíblemente preciosa y, si podía tener alguna duda sobre lo que iba a sentir cuando volviera a verla, ha desaparecido.
Venir hasta aquí acompañado de mis hermanos, que ha sido una auténtica tortura, y dejarme convencer para hacer el ridículo de esta manera en una sala que debe de contar con los mismos años de historia que este continente era un síntoma bastante claro de que la mujer que tengo enfrente significa todo para mí.
Está erguida, tiene las manos entrelazadas sobre la mesa y su rostro muestra la misma expresividad que una estatua de cera.
Aun así, me olvido de Colton, del vidrio tintado, de la sala que se cae a pedazos y me basta con tener su atención para soltar todo lo que hasta ahora solo me he dicho a mí mismo.
—No te he mentido, Taylor, creo que necesito una valoración psicológica.
No tienes más que ver dónde estoy y a lo que me he prestado.
Dejé que te marcharas, lo sé. Yo lo provoqué y ni siquiera contemplé la posibilidad de que, cuando volviera a casa, ya no estuvieras.
Tenías que estar allí, agradecer mi sinceridad y esperar a que volviera para preguntarte cuándo volverías a Nueva York.
Porque todo giraba en torno a mí, Taylor: mi duelo, la pérdida de mi madre, mis hermanos…
Yo sufría, yo necesitaba tiempo para procesar todo lo que había visto y escuchado en los últimos días y tú estabas allí para aliviar ese dolor.
Yo era la víctima que había descubierto que tu hermana había matado a mi madre, la que había tenido que mentir a sus hermanos y después contarles la verdad; la que tenía que decirle a uno de ellos que la mujer de la que se había enamorado ni siquiera existía.
Éramos ellos, yo, mi duelo, mi rabia, mi impotencia…
Hago una pausa. No puedo seguir sentado, así que me levanto y rodeo la mesa. Ella sigue siendo una estatua de cera.
—No fui capaz de ver más allá de todo eso.
De ver a una mujer que había dejado su vida en Nueva York para encontrar a su hermana, que se convirtió en detective y se coló en una familia que no conocía arriesgándose a ser descubierta.
No vi a la mujer que se negó a pasarle a otro la responsabilidad de encontrarla, ni a la que sorprendí hablando con Colton para convencerlo de que la ayudara a buscar una verdad y regalármela.
Tampoco a la que se enfrentó a un asesino y jugó con su mente hasta conseguir que admitiera lo que había hecho, ni a la que esperó pacientemente a que mis silencios terminaran.
No la vi, Taylor, y, sin embargo, sí la había visto antes de que todo estallara. Por eso me enamoré de ti.
Esta vez vuelvo a sentarme.
—No pretendo que me valores psicológicamente por eso.
Es evidente que tengo claro que la cagué, que fui un puto egoísta y que reduje a esa mujer que acabo de describir a una «hermana de», a una etiqueta, a un parentesco.
Necesito que me valores porque te juro que, si hago cálculos como hacía la señora McLeod, los números me acojonan.
Porque el tiempo que pasamos juntos, solo tú y yo, sin contar los días en que nos desafiábamos continuamente ni los posteriores a que todo estallara, se reduce a una semana o… quizás uno o dos días más.
—Eso no es un cálculo como el de la señora McLeod —me suelta sin pestañear.
—Nueve días, dos horas y treinta y dos minutos.
Muestra una media sonrisa irónica y siento que empiezo a respirar mejor.
—¿A qué has venido, Ewan? Podrías haberme dicho todo eso en un mensaje, en una carta, en un audio…
Es un viaje muy largo para soltar un bonito discurso.
De acuerdo, el chico ha hecho examen de conciencia, ha hecho autocrítica y eso dice mucho de ti.
Pero no olvides que has recorrido miles de millas para encontrarte con la hermana de la mujer que mató a tu madre.
Porque ese título es para siempre, no caduca.
—Ese título no existe, Taylor. No fuiste tú quien acabó con su vida.
Fue Elspeth. Ella y solo ella. Y, si sirve de algo, cuando te dije que al mirarte veía a la hermana de una asesina, creo que no era verdad.
Era miedo a llegar a ver eso. No estoy seguro de haber sido capaz de hacerlo nunca cuando te miraba.
Se cruza de brazos. Está a la defensiva. Me lo enseñó ella.
—Fui a ver a Fiona. La visité ayer, antes de coger el vuelo hacia aquí.
No parece conmoverla.
—Me dijo que era un cretino…
—Fiona es una mujer muy inteligente.
Ahí está. Sigue a la defensiva.
—También me dijo que esperaba volver a verte pronto. Y si era conmigo… mucho mejor.
—¿Contigo?
—Sí, ya sabes, tú y yo… en Escocia…
—Volveré. Quiero visitar a Fiona, pero no contigo.
—Me conformo con que vuelvas.
Se levanta, rodea la mesa y se coloca delante de mí, eliminando buena parte de la distancia que nos separaba.
—¿Tienes un diagnóstico para lo que te he contado?
—Sí. Que eres un auténtico gilipollas, el mismo que tenía hace cinco minutos.
—¿Algún otro?
—Que algo no funciona bien si piensas que voy a volver a Escocia contigo.
Volveré, eso sí. Y lo primero que voy a hacer es visitar su tumba para despedirme de ella, de Elspeth.
Porque en su funeral lo único que fui capaz de hacer fue maldecir por ser su hermana, porque es lo que me hiciste sentir, que solo era la hermana de…
como si mis manos hubieran sido las que empujaron a tu madre.
Y eso no significa que no se me encoja el alma cuando pienso en lo que hizo.
Me destroza, Ewan, pero su culpa nunca fue la mía.
—Lo sé, Taylor.
—Creo que entonces está todo claro —dice, alejándose de mí.
—Vuelve conmigo, Taylor. Una semana de vacaciones, dos. Creo que ya te las habían concedido.
Se detiene y me mira.
—Dame una semana —continúo—. Solo una para convencerte de que te quedes conmigo en Escocia, de que te quiero y quiero una vida contigo.
Me mira perpleja.
La puerta se abre.
Colton.
—¡Eh! Listillo. Eso no estaba en el plan. ¿Qué coño le estás pidiendo? ¿Que se vaya a Escocia? ¿Qué cojones va a hacer ella en Escocia?
Taylor niega con la cabeza.
—Colton, lárgate.
—No. Ya puedes retirar esa maldita propuesta. Si quieres estar con ella y ella te perdona, te vienes tú a Nueva York.
—Pues me vengo a Nueva York.
Taylor sigue mirándome.
No lo he pensado antes de decirlo y tampoco necesito hacerlo ahora. Si eso es lo que hace falta para estar con ella, Nueva York me parece de pronto una ciudad estupenda.
—¿Qué? —pregunta Colton.
—Que me vengo a Nueva York.
—¿Y tu clínica?
—Hay clínicas en Nueva York.
—¿Y tus hermanos?
—Sobrevivirán.
—Habla por ti —dice Cormag. No es su voz, es él en persona.
Entra junto a Callum.
Joder.
Taylor abre mucho los ojos y después me mira como si yo fuera responsable también de esto.
—¿Qué coño hacéis aquí? —les pregunto.
—Apoyarte —contesta Cormag.
—Desde fuera —puntualizo.
—Eso intentábamos, pero hemos oído lo de Nueva York —dice Callum.
—De Nueva York, nada —interviene Cormag antes de mirar a Taylor—. Hola, Taylor. Siento que nos veamos otra vez en estas circunstancias.
—Yo también, créeme.
—Solo queríamos decirte que hemos acompañado a Ewan porque creíamos en esta causa. Y que, si decides volver a Escocia, tienes allí dos amigos.
Callum asiente en señal de apoyo.
—Gracias a ti sabemos lo gilipollas que es. Antes lo ignorábamos.
Taylor los mira y contiene una sonrisa. Después mira a Colton. Finalmente vuelve a mirarme a mí.
Esto está alcanzando unos límites de absurdo que ni siquiera yo puedo soportar.
—Largo de aquí todos —sentencia mi chica americana.
Solo tardan dos segundos en desaparecer.
Taylor espera a que se cierre la puerta y se acerca a mí.
—Esto… ni siquiera tú te lo mereces.
Me echo a reír.
—Te juro que mi intención era venir solo.
—Pues no te ha salido muy bien.
Está tan cerca que podría tocarla, pero no lo hago.
—Solo unos días, Taylor. Dame unos días. Vuelve conmigo.
—¿Y si no quiero quedarme en Escocia?
—Me vendré a Nueva York.
—¿Así de fácil?
—No. Pero supongo que podemos empezar por decidir en qué continente queremos discutir.
Sonríe.
—Te quiero, Taylor —le digo.
Esta vez es ella quien acorta la distancia, se pone de puntillas y me besa.
Durante unos segundos no hago nada, quizá porque todavía no termino de creer que esté sucediendo. Después la rodeo por la cintura y la beso como llevo seis días imaginando que volvería a hacerlo.
Me voy a casar con ella.
La certeza aparece en mi cabeza con una claridad rotunda, como si siempre hubiera permanecido en mi cabeza.
En Nueva York o en Skye, pero me voy a casar con ella.
Taylor se separa apenas unos centímetros.
—Puede que vuelva, highlander.
—¿Puede?
—Tienes que convencerme.
—Tengo un nuevo kilt…
Se echa a reír, por suerte, aunque suene absurdo solo ella y yo lo entendemos.
—Puede que eso me haga reflexionar…
—Lo he traído conmigo —miento.
Esta vez se ríe de nuevo, pero de la misma forma que la Taylor que recuerdo, antes de que yo lo jodiera todo.
—¿Volverás?
—Puede ser.
Unos aplausos estallan a través del altavoz.
Taylor cierra los ojos.
—Voy a matar a Colton —me confiesa.
—Hazlo cuando salgamos. Ahora estoy ocupado. ¿Qué más podemos perder ya?
La beso de nuevo y, durante un rato, esta absurda sala de interrogatorios consigue convertirse en el mejor lugar de Nueva York.
Cuando finalmente se aparta, me mira con una expresión que conozco demasiado bien.
—Por cierto, hay una cosa que no sabes.
—¿Otra?
—Elspeth no es mi hermana. Es mi prima.
La miro.
—¿Qué?
Sonríe.
—Es una larga historia.
Creo que la vida al lado de esta mujer no va a ser sencilla.
—¿De verdad has traído el kilt?
Ahora no lo creo, ahora lo sé.
Epilogo 1
Taylor
Isla de Skye. Nueve meses después.
Hola, Judith. No nos conocemos. Me llamo Taylor Stone y supongo que, si alguien te hubiera hablado de mí hace unos meses, habría utilizado otra forma de presentarme. La hermana de Elspeth.