61 Taylor
La central
La llamada de Colton ha sido lo mejor que me ha ocurrido en los seis días que llevo de vuelta en Nueva York.
No porque me haya ofrecido nada especialmente emocionante. Solo necesita que pase por la Central y eche un vistazo a un hombre al que están intentando interrogar, pero ha bastado con escuchar las palabras «necesito tu opinión» para que aceptara antes incluso de preguntarle de qué se trataba.
Todavía no he retomado las consultas. Podría haberlo hecho, pero no me siento preparada para sentarme delante de un paciente y fingir que mi cabeza está exactamente donde debería estar mientras una parte de ella sigue a unas tres mil millas de distancia.
Así que tengo demasiado tiempo.
Y pensar en Ewan se ha convertido en una ocupación a jornada completa.
Durante los últimos seis días he conseguido echarlo de menos, odiarlo, justificarlo, volver a odiarlo, recordar que me dijo que era lo mejor que le había pasado en la vida, recordar inmediatamente después que verme le hacía pensar en la muerte de su madre y preguntarme unas cien veces si hice bien marchándome con una simple nota o debería haberle dicho todo lo que pensaba a la cara.
Siempre llego a la misma conclusión. Sí.
Prefiero imaginar la indiferencia que le produjo mi nota, a verla con mis propios ojos.
En Escocia me he dejado muchas cosas, entre ellas parte de ese orgullo que ha sido el motor de mi vida constantemente, como suele decir Colton. Y lo mejor que puedo hacer es centrarme en recuperarlo. Cuando me envolvía de él me iba mejor.
Por eso agradezco que Colton haya llamado. Un caso significa unas horas pensando en la cabeza de otra persona en lugar de seguir dando vueltas dentro de la mía.
Cuando llego a la Central, él me está esperando.
—Gracias por venir.
—Gracias por llamarme. Me estoy volviendo loca.
—¿Todavía no has vuelto a la consulta?
—La semana que viene.
—¿Y Harrison?
—Hablaré con él para incorporarme cuanto antes. Hoy por ejemplo.
Colton sonríe y empieza a caminar.
Me vienen a la cabeza los días que me regaló y que no disfruté en Escocia, a su lado, como creí que sería. ¡Qué estúpida fui!
—Tenemos a un hombre por una agresión grave. Desde que ha llegado está comportándose de una forma bastante extraña. Primero estaba muy alterado y ahora apenas habla. Ha soltado un par de cosas que no tienen demasiado sentido.
—¿Drogas?
—No lo creo.
—¿Antecedentes psiquiátricos?
—Nada que hayamos encontrado todavía.
—¿Y qué quieres exactamente de mí?
—Que lo veas. Cinco minutos. Si crees que hay algo que deberíamos valorar antes de seguir hablando con él, paramos.
—Colton, sabes que no puedo valorar en cinco minutos.
—Solo quiero saber si ves algo que a mí se me está escapando.
Eso sí puedo hacerlo.
—¿Habéis empezado a interrogarlo?
—Muy poco. Por eso te he llamado.
—¿Abogado?
—De momento, no. Solo quiero que me des una impresión. Si está fingiendo o es verdad que no está muy centrado.
Seguimos por el pasillo hasta llegar a la zona antigua de la comisaría, la que hoy se ha convertido prácticamente en un archivo.
—¿Aquí? —le pregunto sorprendida.
—Las otras están ocupadas. Llevamos una semana infernal. Solo observa… ya conoces el procedimiento.
Colton abre la puerta y me cede el paso. Entra detrás de mí y, cuando lo miro, se limita a encogerse de hombros.
Hay un hombre de espaldas, muy cerca de la pared, contemplándola como si hubiera algo tremendamente interesante en ella.
¿Qué está pasando? Hay algo extraño en todo esto.
Oigo cerrarse la puerta detrás de mí. Colton ya no está.
¿Qué coño…?
Cuando vuelvo a mirar al hombre, se ha dado la vuelta.
No puedo creer lo que veo.
Ewan.
Es Ewan. El mismísimo Ewan.
No tardo mucho en entender lo que está pasando.
Voy a matar a Colton por esta encerrona.
Nos quedamos mirándonos durante unos segundos sin decir nada.
Dios. Está todavía más guapo que la última vez que lo vi, si es que eso es posible.
Pero me niego a formar parte de este estúpido espectáculo.
Me doy la vuelta.
—Taylor… —lo oigo decir, pero lo ignoro.
—Abre la puerta, Colton.
Como era de esperar, Colton no la abre.
—Taylor, por favor…
Expulso el aire y me vuelvo.
—Hay un gilipollas escuchándolo todo —le advierto, señalando uno de los altavoces fijados al techo. Así que no digas absolutamente nada.
—Son dos.
—¿Dos?
—Son dos gilipollas.
—¡Eh! Sin ofender —protesta Derek a través del altavoz.
No me puedo creer que Derek también esté metido en esto.
—Te lo he advertido —le digo encogiéndome de hombros.
Esto es surrealista.
Ewan se acerca lentamente y yo intento meterme en el papel de mi vida: me importa muy poco que esté aquí, estoy cabreada y, sobre todo, no puede descubrir que ahora mismo soy de mantequilla. Lo que siento de verdad no soy capaz de expresarlo.
—¡Eh! No te acerques tanto… —Esta vez es la voz de Colton la que inunda el pequeño habitáculo.
Ewan frunce el ceño.
—¿Ves ese cristal de ahí? ¿Ese oscurito? Pues también nos están viendo.
Ewan mira hacia él.
—Eso no me lo han dicho.
—No haberte prestado a esto.
—Yo pensaba hacerlo de otra manera, pero él me convenció de que esta te conquistaría.
—Traidor —se oye decir a Colton.
Expulso el aire.
Esto va a ser muy largo.
—¿Qué haces aquí?
—He venido a verte.
—Eso ya lo había deducido. ¿Qué haces en Nueva York?
—He venido a verte.
—No me obligues a formular una tercera versión de la pregunta.
Una media sonrisa aparece en su boca.
—Necesito hablar contigo, Taylor. Aunque sea de esta estúpida forma.
—Hace un rato no te parecía tan estúpida —Es la voz de Colton.
Me doy la vuelta.
—Colton, ya hemos terminado. Abre la maldita puerta.
—Si no quieres hablar conmigo, al menos escúchame como psicóloga. Tiene que haber algo en mi cabeza que no funciona bien. Quizás puedas ayudarme…
—¿Por qué no te pasas por mi consulta? Igual tenemos más privacidad. Te daré cita para… ¿un mes?
—Esa era mi idea, pero Colton me dijo que era la peor que se me podía haber ocurrido.
Me viene Nolan a la cabeza y casi, casi estoy a punto de echarme a reír. Me imagino a Colton quitándole la idea de la cabeza recordando lo que ocurrió en la consulta cuando Nolan fingió ser mi paciente y rompió conmigo.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces déjame hablar… Siéntate, escúchame, como si fuera un delincuente, un psicópata… Luego me marcho.
Me siento bruscamente y señalo la silla que hay al otro lado de la mesa.
—Adelante, pero te adelanto que ya tengo un diagnóstico muy claro —le digo, consciente de que estoy perdida.
—Colton, lárgate —dice Ewan mirando hacia el cristal, aunque está mirando al equivocado.
—Por supuesto, os dejo solos —contesta Colton.
—Gracias —dice Ewan.
—No le des las gracias, no se va a largar —le advierto.
—Pues que escuche, me importa una mierda.
Tengo ganas de reír por lo absurdo de la situación, pero confieso que también, a pesar de todo, como todo lo que envuelve a Ewan, tengo curiosidad por saber qué tiene que decirme.
—Escúchame. Doctora, por favor.
—Le escucho.