Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 60 ​​ Ewan
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Culpas

—¿No se te ha ocurrido otro sitio mejor para que nos veamos? ¿Tiene que ser en la casa de mamá? —le pregunto a Cormag cuando me abre la puerta, por cierto, en calzoncillos y con una toalla en la mano que se pasa por la cabeza mientras se aparta para dejarme entrar.

—Ahora vivo aquí.

—¿Qué?

—Isla cambió de opinión —me explica mientras se dirige al interior de la casa sin detenerse—. Dice que le costaba imaginarse aquí viendo, ya sabes… los recuerdos. Ya la conoces, es muy nostálgica.

—¿Y tu casa?

—Acabaré vendiéndola. Me gusta más esta.

—¿Y qué hará Isla?

—Que yo sepa, tiene una casa preciosa.

—Pero insistió en que quería esta.

—Joder, Ewan, ya te he dicho que ha cambiado de opinión. Ya lo hemos hablado. Lo arreglaremos.

Estos intercambian casas como si fueran cromos. Es que no doy crédito.

Aterrizamos en el dormitorio que desde que murió mi padre había utilizado mi madre. Confieso que pasear por aquí me produce escalofríos. No había vuelto desde que mi madre murió.

—¿Te vas de viaje? —pregunto al localizar una maleta llena de ropa en medio del vestidor.

—Sí, mañana por la mañana.

—¿Adónde vas?

—A Estados Unidos. ¿Te vienes?

—Eres muy gracioso.

—No, gracioso no soy. Pero tengo otras muchas cualidades, ¿estás de acuerdo?

—Tienes un buen culo, siempre te lo he envidiado.

Me enseña el dedo corazón.

—¿Cómo van las cosas con Ailsa?

Hasta donde yo sé, por lo poco que he sido capaz de preguntar durante los últimos días, se habían tomado un tiempo para reflexionar por separado.

Cormag termina de vestirse y me hace una señal para que lo siga.

—Le he pedido el divorcio —suelta de repente.

—¿Por qué?

—Joder, porque no la quiero.

No puedo creerme lo que escucho. ¿Esa es toda la explicación? Habla de Ailsa con la misma naturalidad con la que hace un momento hablaba del intercambio de casas.

—Eso lo llamo yo no andarse con rodeos.

Desaparece durante un minuto y vuelve con dos cervezas.

—Podría haber seguido casado con ella, ¿no crees? Seguir engañándome, seguir engañándola…

—¿Qué ha cambiado, Cormag?

—Todo, Ewan. Sabes que ha cambiado todo.

—¿Por eso te has venido aquí?

—Sí. Ella necesita más tiempo para mudarse y convivir mientras tanto no era una buena opción.

—¿Cómo se lo ha tomado?

—No muy bien, pero creo que ha entendido que no merece la pena seguir casada con alguien que se unió a ella por… llamémoslo un error.

—¿Le has contado lo que pasó con su padre y con el nuestro?

—Sí, y ha sido bastante jodido para ella.

—¿No lo sabía?

—Quiero creer que no. Si lo sabía, lo disimuló muy bien. —Bebe un trago—. También le conté lo de Kenna… Elspeth.

—¿Eso también?

—A por todas, Ewan. No quería más secretos. Lo creas o no, le tengo cariño a Ailsa y tenía que saber con quién se había casado y por qué.

—¿Cómo reaccionó?

—No muy bien, pero… ella no sabe nada de… la relación de Kenna con mamá, no era necesario.

—Es mejor así. ¿Por qué no me has dicho nada antes? ¿Cuándo ha ocurrido todo esto?

—Me mudé hace dos días. Y no te lo conté porque estabas hecho una mierda, ¿te acuerdas? Me llamaste para contarme lo feliz que eras desde que Taylor se marchó. No me pareció el mejor momento para hablarte de mis problemas.

Asiento.

Dos días después de que Taylor se fuera, llamé a Cormag y me derrumbé. A las pocas horas, él y Callum se presentaron en mi casa.

Estos nuevos hermanos me gustan.

Durante dos días intenté convencerme de que todo era menos intenso, de que dolía menos de lo que parecía, de que tenía que ser así, de que lo nuestro no podía haber sido para tanto.

Y me derrumbé.

Desde entonces intento quitar el tapón que tengo en la cabeza y dejar que corra el aire, pero todavía no lo he conseguido.

Callum aparece de repente cargando una maleta.

—No sabía que venías. ¿Qué es esto, una reunión de hermanos? ¿Tú también te vas de viaje?

—¿Aún no se lo has dicho?

—No, necesitaba refuerzos —admite Cormag desde el otro extremo de la habitación.

—¿Decirme qué?

—Que nos vamos de viaje los tres —suelta Callum.

—¿De viaje?

—Sí, eso he dicho.

—¿Adónde?

—Sorpresa.

—¡Eh! Un momento. Yo no voy a ninguna parte. Vosotros dirigís una empresa enorme y podéis permitiros desaparecer y delegar en un montón de personas. Yo llevo una clínica pequeña.

—Con dos compañeros muy fieles que han entendido perfectamente que te ausentes unos días —revela Cormag con una sonrisa maliciosa.

Lo miro.

—¿Qué coño quiere decir eso?

—Que hemos hablado con James y con Peter. Todo arreglado. Ellos te cubren. Ya lo hicieron cuando tuviste que ocuparte de la herencia y pueden volver a hacerlo ahora.

—Pero ¿qué les habéis dicho?

—No ha hecho falta decir mucho. Te han visto estos últimos días y saben que das bastante pena. Nos han pedido que te paseemos por alguna parte a ver si recuperas la alegría.

—No voy a ir a ninguna parte. Y mucho menos de esta manera.

Callum se acerca con una cerveza.

—Venga. Nos vamos los tres. Los nuevos hermanos, como tú los llamas.

—En otro momento. Y mejor planeado.

Me ignoran.

Callum se sienta junto a una mesa pequeña y mete la mano en una de las bandejas que Cormag ha colocado encima.

—Esto está buenísimo.

—Lo he preparado yo —dice Cormag.

Callum se echa a reír mientras levanta la tapa de cartón que todavía muestra el logotipo del restaurante.

Estos pasan de mí.

Y van en serio.

Empiezo a cabrearme. No soporto que hagan planes por mí y menos aún tener que molestarme después en deshacerlos y dar explicaciones.

—Vi a Taylor en el funeral —suelta Cormag.

—¿Qué?

Joder. El funeral… Ni siquiera me ha venido a la cabeza y eso me hace sentir como un gusano.

—¿Fuiste al funeral?

—Sí, pero me mantuve alejado. Desde la distancia. Asomé la cabeza.

—¿Por qué no me has dicho nada?

—Estabas mal y no era el momento. Te lo estoy contando ahora.

—¿Por qué fuiste?

Cormag tarda unos segundos en responder.

—No lo sé bien. Tuve la necesidad de hacerlo. Yo fui quien la metió en nuestras vidas.

—No fuiste tú.

—Sí, Ewan. Mamá la contrató, pero, si todo se hubiera limitado a eso, no habría habido consecuencias. Yo lo llevé a otro nivel. La metí en mi vida y provoqué que ella acabara matando a mamá.

—Eso no es cierto, Cormag. Tú no tienes la culpa de nada. Fue ella quien mató a mamá, no tú. Tú no le pediste que lo hiciera.

Los dos me miran.

No dicen nada. Simplemente me miran con las cejas ligeramente levantadas y una atención que empieza a molestarme.

—¿De qué va esto?

—Taylor tampoco —dice Cormag—. Sin embargo, tú sí la relacionas con la muerte de mamá. Ella tampoco la mató, tampoco metió a Elspeth en nuestras vidas y tampoco le pidió que lo hiciera.

—Eso lo sé…

—Entonces, ¿por qué dejaste que se fuera?

—Yo no sabía que iba a marcharse. —Los miro alternativamente—. ¿Por qué estamos hablando de Taylor?

—Porque estás coladito por ella, joder. No hay más que verte. Estás hecho una mierda.

—Bien. —Me levanto—. Se acabó la terapia. Se agradece, pero no la necesito. A Taylor la he perdido por mi culpa, por mi egoísmo y por muchas cosas más. Y necesito que me ayudéis a olvidarla, no que me torturéis hablando de ella.

—¿Olvidarla? —Cormag frunce el ceño—. ¿Eso es lo que quieres?

—¿Qué pretendes? ¿Que vaya a verla a Nueva York? ¿Que le diga que la he cagado, que la necesito, que la quiero, que…?

No termino.

Joder.

Otra vez no.

Me dejo caer de nuevo y me paso las manos por la cara. Esto no puede estar pasándome. ¿Quién coño se siente así por alguien a quien apenas conoce?

—Sí —dice Cormag—. Eso es precisamente lo que esperamos que hagas.

Bajo las manos.

—¿Qué?

—Que eso es exactamente lo que pretendemos. Por eso nos vamos de viaje. Los tres. A Nueva York.

Callum levanta su cerveza.

—Nosotros paseamos por Central Park y tú te arrastras hasta que te perdone. Es un buen plan.