59 Taylor
Mi hermana
Por un momento pienso que va a decirme que Elspeth es adoptada, pero, por mucho que pregunto, no contesta.
Está dispuesta a contarme algo y, antes de que pueda seguir barajando posibilidades para explicar la barbaridad que acaba de soltar, inicia su relato.
La curiosidad y las pocas fuerzas que me quedan me impiden interrumpirla, aunque sé que debería hacerlo. No estoy preparada para más sorpresas.
—Tú misma me dijiste que conocías la historia de tus padres. Supongo que fue tu madre quien te la contó. Tal y como me explicaste, Duncan le fue infiel y ella lo perdonó, pero estaba dolida, se refugió en los brazos que no debía y se dejó llevar.
—Quieres decir que…
—Ella también le fue infiel. Después de él, pero también lo hizo.
La historia empieza a recordarme demasiado a otra que he escuchado recientemente: la que Ewan me contó sobre sus padres. Él le fue infiel, ella se lo
devolvió. Solo que, en aquel caso, fue peor porque lo hizo con su hermano y…
Algo se remueve dentro de mí.
—Fiona… ¿con quién le fue infiel mi madre?
—Él también estaba comprometido. Los dos tenían pareja.
—¿Con quién, Fiona?
—Con Malcolm, mi marido. Su cuñado. El hermano de Duncan.
El sudor empieza a resbalarme por la espalda.
A la mierda.
Fiona me observa con preocupación.
—Sigue.
—Cuando tu madre anunció que estaba embarazada, Malcolm hizo cuentas y contempló la posibilidad de que el bebé fuera suyo, pero calló.
No habló con ella ni con su hermano. Tu madre también guardó silencio, aunque desconozco si llegó a tener las mismas dudas.
Ellos no volvieron a estar juntos o, al menos, eso es lo que siempre creí.
Después tus padres se divorciaron y tu madre se marchó contigo a Nueva York.
—Pero… ¿me estás diciendo que Malcolm era mi padre?
—Déjame terminar y podrás responderte tú misma.
Me dejo caer contra el respaldo del sofá. Mi madre aparece en mi cabeza, después Duncan, la historia que ella me contó sobre su divorcio, las infidelidades…
—Malcolm mantuvo sus dudas en silencio durante años.
No quería decírselo a Duncan porque no quería perder a su hermano; estaban muy unidos.
Tu madre se había marchado, se había llevado al bebé, a ti, y todo había terminado.
Cuando Duncan perdió el interés por mantener una relación contigo, aquello pareció terminar todavía más.
Fiona hace una pausa antes de continuar.
—Pero… pasaron los años, conociste a Elspeth y viniste a Inverness para conocerlo.
Y Malcolm empezó a hacerse preguntas otra vez.
Según me contó, cuanto más hablaba contigo, más convencido estaba de que no eras hija de Duncan.
Nosotros nunca pudimos tener hijos por un problema mío, así que supongo que eso también influyó.
Empezó a obsesionarse con la posibilidad y finalmente me lo contó.
Me confesó lo que había ocurrido con tu madre tantos años atrás.
No digo nada.
Recuerdo a Malcolm. Apenas traté con él cuando vine a conocer a Duncan, pero lo poco que lo hice me dio una buena impresión de él. Era amable, y me dio muchas veces la bienvenida a su familia.
—No creas que unos cuernos dejan de doler porque hayan pasado treinta años.
Duelen igual, quizá más. Pero después de toda una vida juntos también se aprende a perdonar de otra manera.
Le animé a comprobarlo, a dejar de vivir con la duda.
Tú ya habías regresado a Nueva York, pero Elspeth nos había dicho que pensabas volver pronto.
Y volviste, aunque para entonces ellos ya habían muerto. Viniste para el funeral. ¿Lo recuerdas?
Asiento.
—Rota como estaba por la muerte de Malcolm, quise olvidarme de todo aquello, pero no pude.
Si había una hija suya en el mundo, necesitaba saberlo, aunque después tuviera que morir con el secreto.
Así que, antes de que lo enterraran, conseguí conservar una muestra suya que pudiera compararse con la tuya.
La miro sin saber qué decir.
—Durante el funeral, cuando te vi junto a Elspeth, me eché atrás. De repente me pareció una locura y decidí olvidarlo. Pero conservé la muestra.
—¿Y?
—Cuando regresaste buscando a Elspeth, sentí que tenía que hacerlo. Y conseguí una muestra tuya.
Fiona se levanta y abre un cajón.
Para entonces ya estoy temblando.
Sé cuál va a ser la respuesta. No soy tan estúpida como para pensar que ha montado todo este circo para entregarme un documento que confirme lo que ya sabía: que Duncan era mi padre biológico.
Me tiende unos papeles.
Los cojo y empiezo a leer. No necesito demasiado tiempo para entender el resultado; el porcentaje es lo bastante alto para que no haya espacio para muchas interpretaciones.
Levanto los ojos.
—Mi padre era Malcolm. Tu marido.
—Sí.
Vuelvo a mirar el documento, aunque las cifras no han cambiado.
—¿Por qué me lo cuentas ahora, Fiona?
—Porque tienes derecho a conocer la verdad, te guste o no, te importe mucho o poco.
Sé que para ti quizá no exista tanta diferencia entre descubrir que tu padre biológico era un hombre o el otro.
Puede que cambien algunos detalles y poco más, pero para mí era importante terminar lo que Malcolm empezó, a pesar de lo que eso supone.
—¿Qué supone?
Sus ojos se llenan de lágrimas.
—Dolor por esa infidelidad, pero llevas algo de él en las venas, y eso me gusta. Saber que una parte de Malcolm sigue en alguna parte… me gusta.
Las lágrimas empiezan a borrarle la mirada y consiguen emocionarme. Ese dolor, esa nostalgia, ese amor por alguien a quien ha perdido a pesar de lo que acaba de contarme…
Estoy descolocada. No sé muy bien qué se supone que debo hacer con todo esto.
—Me gustaría que no perdiéramos el contacto —continúa—. Sé que quizá pido demasiado, pero es que… además, me caes bien. Eres una buena chica. Eres bonita, como tu padre, y perseverante.
Me pongo en pie.
—Voy a vestirme, Fiona. Tenemos que ir al funeral.
Ella asiente.
Me alejo lo suficiente para no caer en la tentación de volver atrás.
Llego casi hasta la puerta, pero vuelvo.
No sé si tiene mucho sentido, pero ahora mismo nada parece tenerlo. Tampoco todo tiene que seguir un orden, ser lógico o siquiera correcto. Hay emociones que simplemente nacen, que uno siente sin demasiadas explicaciones y que quiere conservar «a pesar de».
La abrazo.
Fiona ya está hecha un mar de lágrimas y se aferra a mí con tanta fuerza que parece que mi abrazo sea lo único que le queda en ese momento.
—Mi madre debe caerte muy mal, ¿no?
Fiona se echa a reír entre lágrimas y consigue contagiarme.
Cuando nos separamos, respiro hondo. Es hora de sumergirme en otra locura: el funeral de mi hermana.
O… más bien, el funeral de mi prima.
Miro a Fiona.
—¿Qué flores le gustaban a Elspeth?