62 Ewan #4
Durante todo el camino desde Inverness he intentado encontrar la manera de salir de esto y sigo sin tenerla; tampoco tengo nada que enseñarle. Anoche mentí, improvisé lo primero que se me ocurrió porque necesitaba ganar tiempo y evitar que hablara con Cormag antes de que pudiera hacerlo yo.
Tiene que haber alguna forma de ablandar a esa mujer, de convencerla de que me deje solucionar las cosas a mi manera. No quiero perder a Cormag ni todo lo que podría tener con él, y mucho menos permitir que sea Judith quien decida cómo termina esto.
—¿Qué quieres enseñarme? —me pregunta en cuanto llego.
—Antes necesito que me escuches.
No tarda mucho en comprender que no existe ningún descubrimiento que enseñarle. Al principio me mira como si todavía esperara que sacara algo del bolso o le explicara por qué la he hecho venir hasta aquí a estas horas; después su expresión cambia.
—No tienes nada.
—Tengo que hablar contigo.
—Me has engañado otra vez.
—Necesitaba tiempo. Solo te pido que me dejes hablar con Cormag antes que tú.
—¿Para contarle qué? Eso no va a pasar.
Intento convencerla de que las cosas han cambiado, de que lo que ocurre entre Cormag y yo ya no tiene nada que ver con el trabajo que ella me encargó, pero Judith no parece dispuesta a escucharme.
—Olvídate de mi hijo, Elspeth.
—Eso tendrá que decidirlo él.
—Y lo hará cuando sepa la verdad. Hablaré con Cormag y se lo contaré todo, aunque eso implique explicarle por qué te contraté. Sabrá que puse a una investigadora detrás de mis propios hijos y también sabrá que no tienes dónde caerte muerta y que has visto en él todo lo que nunca has tenido.
—No estoy con Cormag por su dinero.
—Eso podrás decírselo a él. También le contaré cómo has hecho tu trabajo para mí, porque tus métodos han sido, como mínimo, cuestionables. Después,
que decida mi hijo si quiere seguir viéndote.
Aprieto los dientes. No puedo permitir que sea ella quien hable primero con Cormag.
—Déjame explicárselo yo.
—No.
—Judith...
—Se acabó.
Se vuelve para marcharse hacia la casa y doy un paso tras ella. Estamos demasiado cerca del borde de las escaleras, pero ni siquiera reparo en ello; solo pienso en que, si se va, hablará con Cormag y yo perderé cualquier posibilidad de controlar cómo se entera, qué sabe y qué hago después.
—¡Judith, espera!
La alcanzo y le cojo el brazo. Ella se vuelve bruscamente, furiosa, e intenta soltarse.
—¡No me toques!
—Escúchame un momento.
—Suéltame.
Tira del brazo y yo intento retenerla. Todo sucede en apenas un instante: Judith se revuelve, yo la agarro con más fuerza para impedir que se marche y ella da un paso hacia atrás. Su pie pisa el borde, resbala y pierde el equilibrio.
La suelto de inmediato e intento alcanzarla, pero ya es demasiado tarde.
Judith cae.
—¡Judith!
Bajo corriendo las escaleras y me arrodillo a su lado.
La llamo, le toco la cara, busco el pulso sin saber siquiera si lo estoy haciendo bien y trato de incorporarla antes de volver a dejarla en el suelo.
Hay sangre junto a su cabeza y sigo pronunciando su nombre, primero esperando que responda y después suplicándole que lo haga, hasta que empiezo a comprender que no va a levantarse.
El pánico llega de golpe. Miro alrededor, vuelvo a mirarla y durante unos segundos no consigo pensar en nada salvo en que tengo que salir de aquí.
Corro hacia el coche mirando a mi alrededor, esperando que nadie haya presenciado la escena.
Cuando llego, cierro la puerta temblando y necesito dos intentos para arrancar; conduzco sin saber muy bien adónde voy, alejándome de la casa mientras intento respirar y entender qué coño acabo de hacer.
Solo se me ocurre una persona: David. Pulso su nombre en la pantalla del coche y, cuando escucho su voz, todo lo que llevo conteniendo desde que he dejado a Judith tendida al pie de aquellas escaleras se rompe.
—David, ayúdame, por favor, ayúdame…
—Els, ¿qué pasa?
—La he matado, David. La he matado… La he matado…
FIN