Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 57 ​​ Ewan
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57 ​​ Ewan

El frigorífico

—¿Estás seguro de que no tengo que preocuparme? —me pregunta Callum.

—A menos que las pruebas que me has enviado pertenezcan a otro paciente, que tu médico te haya mentido y que existan estudios que desconozco según los cuales un esguince cervical puede ser mortal, no, Callum, no tienes que preocuparte.

No puedo verle la cara, solo escuchar el silencio al otro lado del teléfono, pero puedo imaginar ese aire de hartazgo que siempre le cuesta disimular con el mundo en general.

—No he dicho que vaya a morirme.

—Has utilizado las palabras «daño permanente».

—Porque me duele.

—También has dicho que notas una presión extraña en la base del cráneo y que el dolor se extiende peligrosamente hacia los hombros.

—Porque es exactamente lo que ocurre.

Tengo que apartar el teléfono para que no me oiga reír.

—Tienes un esguince cervical, Callum.

—Gracias, doctor. Esa parte ya la sabía.

—Entonces deja de buscar una segunda opinión gratis.

—Eres un gilipollas.

—Y tú un hipocondríaco. Me alegro de que por fin nos conozcamos.

Cuelgo todavía sonriendo.

Lo cierto es que apenas conocía a mis hermanos.

No de verdad. No sabía que Callum podía convertir un esguince cervical en una enfermedad terminal, como tampoco sabía muchas de las cosas que han salido a la luz estos últimos días.

Durante años hemos confundido estar unidos con conocernos y empiezo a comprender que no es exactamente lo mismo.

Desde aquella noche en el salón hemos hablado más que en mucho tiempo. De nosotros, de la herencia, de mi madre y cada vez menos de todo lo ocurrido. Quizá porque duele, quizá porque ya conocemos la verdad y repetirla no sirve para cambiarla.

Mi madre murió porque Elspeth la empujó por unas escaleras.

La hermana de Taylor.

Las palabras de Isla llevan cuatro días acompañándome. «¿Es que lo has olvidado?». No. No lo había olvidado, pero hasta que ella lo pronunció tampoco había permitido que ocupara todo el espacio que ha ocupado desde entonces.

Así que me he refugiado en lo demás: en la clínica, en mis hermanos, en la herencia, en llamadas interminables y en pacientes que viven sospechosamente lejos.

Ha resultado sencillo llenar las horas y llegar a casa lo bastante tarde y cansado para no tener que enfrentarme a lo único que no sé resolver.

Taylor.

Esta mañana, al menos, he dejado de fingir.

Le he preguntado cuándo piensa volver a Nueva York y le he dicho la verdad: me resulta muy difícil mirarla sin pensar que su hermana mató a mi madre.

No sé qué esperaba que respondiera. De hecho, apenas ha respondido.

Pero ya está dicho.

Y, de alguna manera, siento alivio.

Ahora sabe qué me ocurre, por qué llevo cuatro días comportándome así y por qué necesito tiempo para poner orden en mi cabeza. No es una solución, pero al menos hemos dejado de fingir que el problema no existe.

Después hablaremos.

Se lo he dicho antes de marcharme y tendremos que hacerlo. No sé si esta noche, mañana o cuando consiga entender qué demonios quiero decirle, pero hablaremos.

Miro la hora y decido dar por terminada la jornada. Callum sobrevivirá unas horas sin una cuarta valoración médica y yo ya no tengo ninguna razón para seguir aquí.

Salgo de la clínica y recorro los pocos metros que me separan de casa.

No sé si Taylor estará dentro. Últimamente pasa mucho tiempo fuera, conduciendo por la isla o visitando a Fiona en Inverness, y quizá hoy haya hecho lo mismo.

Casi lo prefiero. Unas horas más no van a cambiar nada.

Abro la puerta y entro.

Silencio.

Dejo las llaves en su sitio y avanzo hacia la cocina sin darle importancia. Si ha salido, volverá. Si está arriba, acabará bajando.

Después hablaremos.

Tardo unos minutos, mientras me dispongo a beber agua fresca, en ver un papel sujeto en la puerta del frigorífico.

Siento un escalofrío mientras lo despego y empiezo a leer.

Vuelvo al ruido de Nueva York, mi ruido. Uno constante y ensordecedor, pero preferible a algunos silencios. Sobre todo a esos que juegan a decir mucho, pero nunca dicen nada. O incluso a los que dicen poco y sentencian.

Necesité una hora para obtener una confesión de asesinato y, sin embargo, he necesitado varios días para darme cuenta de que este no es mi lugar. Estaba desubicada.

Pero me has ayudado a entenderlo y solo han sido necesarias un par de frases.

Supongo que debo darte las gracias.

Sé feliz en tu Escocia, en tus Highlands, en tus Hébridas Interiores, en tu isla de Skye, en tu península de Sleat, en tu Broadford…

Como ves, no estoy desubicada en todo.

Firmado:

La hermana de la mujer que mató a tu madre.

P. D.: No he querido firmar con mi nombre. He preferido utilizar el que tú me has dado.

No sé cuánto tiempo permanezco mirando el papel.

Lo leo otra vez, aunque no entero. No hace falta.

Nueva York.

Este no es mi lugar.

La hermana de la mujer que mató a tu madre.

Esas son mis palabras…

Levanto la vista y observo a mi alrededor. Todo está en su sitio, menos ella. Ella no está.

Corro hacia su dormitorio y compruebo que ya no queda nada de ella.

Se ha ido.

No está recorriendo la isla. No está en Inverness con Fiona. No va a entrar por esa puerta dentro de una hora ni esta noche ni mañana. No habrá un «después hablamos» porque Taylor ha decidido que ya hemos hablado suficiente.

Hace unas horas le he preguntado cuándo volvía a Nueva York. Después le he dicho que me resulta difícil mirarla sin pensar que su hermana mató a mi madre y me he marchado convencido de que acababa de hacer algo parecido a ser sincero.

Joder.

Vuelvo a mirar el papel.

He pasado cuatro días esquivándola, llenando cada hora para no estar aquí, llegando tarde, hablando poco, tocándola menos. Esta mañana, por fin, he puesto palabras a todo eso y después he salido por la puerta creyendo que podríamos continuar la conversación cuando yo estuviera preparado.

Como si Taylor tuviera que seguir aquí hasta entonces.

Como si el tiempo fuera mío.

Aprieto el papel entre los dedos y vuelvo a leer la firma.

La hermana de la mujer que mató a tu madre.

Eso es lo que le he dado.

Después de todo lo ocurrido, de todo lo que hemos vivido, de las noches en esta casa, de sus risas, de sus insultos, de esa manera suya de ocupar cada espacio hasta conseguir que parezca imposible imaginarlo sin ella, eso es lo que ha escuchado cuando la he mirado esta mañana.

No sé si era lo que quería decir.

Ahora mismo ni siquiera sé qué coño quería decir.

El dolor llega limpio, brutal, sin dejar espacio para nada más.

Me siento porque las piernas dejan de parecerme una opción fiable y apoyo los antebrazos sobre las rodillas, todavía con la nota entre las manos.

Hace cuatro días creía que lo insoportable era mirarla y recordar.

Ahora descubro cuánto duele no poder mirarla más.