56 Taylor
Especialmente a mí
Fiona me acaba de hacer un resumen de todo lo que ha organizado para el funeral, pero solo soy capaz de recordar que se celebrará mañana por la tarde.
De repente, todo lo que ha nombrado me parece lejano, como si ese funeral no tuviera nada que ver conmigo: horarios, lugar, las flores que ha encargado…
Estoy de nuevo en Broadford, en casa de Ewan, esperando a que aparezca, y no puedo dejar de pensar en lo absurdo que resulta.
He atravesado un océano para buscar a mi hermana, he mentido, investigado, arriesgado demasiado y removido la vida de un montón de personas para encontrar algo que me condujera hasta ella.
Y ahora que sé dónde está, empiezo a comprender que apenas sabía quién era.
Conocía algunos retazos de su vida, retazos que ahora ni siquiera puedo recordar. Pensar en Elspeth es pensar en mentiras, manipulación, ambición… y asesinato. Sobre todo en eso, aunque todavía no me atreva a acercarme demasiado a lo que significa.
Ni siquiera sabía qué flores le gustaban…
Cuando Ewan entra en el jardín, donde me encuentro sumergida en otra odiosa dosis de pensamientos, veo algo en su rostro, una luz que me llena de una esperanza absurda.
—¿Cuándo vuelves a Nueva York?
La bala impacta en el centro de mi pecho.
Hace apenas unas horas le he contado que mi jefe me ha llamado para decirme que me tome el tiempo que necesite antes de volver. Él lo ha sentenciado con un «me alegro por ti» y ahora necesita una fecha.
¡Qué estúpida me siento!
—Aún no lo he decidido. Serás el primero en saberlo.
Baja la mirada y se muerde el labio inferior. Lo hace siempre que piensa demasiado en cómo decir algo.
—Esto es muy difícil, Taylor, especialmente para mí.
—Especialmente para ti… Claro. Para mí es más fácil, infinitamente más fácil.
—Me resulta muy difícil mirarte sin pensar que tu hermana mató a mi madre.
La segunda bala abre un boquete del tamaño de un continente, pero solo lo sé yo, así que me mantengo firme y erguida para que no se note.
Lo miro sin decir nada. No encuentro las palabras; tampoco sé si las hay.
—Me voy, tengo un día complicado por delante. Después hablamos.
Me regala una sonrisa y sale por la puerta.
No sé cuánto tardo en desplegar la maleta sobre la cama. Poco.
La miro con odio, como si ella tuviera la culpa de que yo haya tardado un siglo en darme cuenta de que debería haberla preparado hace días.
Dos frases.
Una sobre Nueva York. Otra sobre lo que siente cuando me mira.
Muy distintas, pero perfectamente unidas.
Me pregunto, mientras las lágrimas me nublan la visión, cómo he podido ser tan estúpida, cómo he seguido aquí día tras día, conviviendo con el silencio y esperando que llegara la conversación del «después».
Cómo es posible que sienta que me arrancan de dentro a alguien que lleva años en mi vida cuando apenas hace dos semanas que nos conocemos…
No sé cómo es posible, pero sí sé que es real.
El mensaje también lo es. Está muy claro y no entiendo cómo he tardado tanto en verlo.
Enamorarse… Supongo que eso debe de ser lo que lo causa.
Apenas tardo una hora en salir de su casa y meterme en el coche de alquiler que tantas millas ha recorrido durante los últimos días solo para ayudarme a matar el tiempo.
Por un momento creo que aparecerá. La clínica está apenas a unos metros de su casa y delante de la puerta hay varias personas hablando; unas entran, otras salen. Unas esperan la visita del doctor McAverley, otras ya la han recibido.
Yo dejo de esperar.
Me voy con un «después hablamos», un «tu hermana mató a mi madre» y un «¿cuándo vuelves a Nueva York?».
A él solo le dejo una nota en el frigorífico y con ella, el alivio de no volver a tener delante eso tan terrible que ve cada vez que me mira.
Creo que es justo, aunque duela, aunque ahora me mantenga aferrada al volante mientras cruzo el puente de Skye por última vez y pienso en todo lo que dejo atrás.
Y también en cómo coño voy a ser capaz de olvidarlo.