Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 55 ​​ Taylor
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55 ​​ Taylor

Ese maldito después

El lago me ofrece unas vistas espectaculares. Y calma. Aunque no sé si la necesito. Han pasado cinco días desde que David confesó y la calma es, precisamente, lo que ha protagonizado mi vida desde entonces.

Silencios. De esos que atormentan. Eso es lo que se ha instalado entre nosotros, entre el chico de la faldita, el doctor inglés, el highlander arrogante…

Me cuesta encontrar algo de cualquiera de ellos en el hombre de estos últimos días. Ahora podría llamarlo mi escocés ausente.

Se reincorporó a su vida a una velocidad vertiginosa: la clínica, las llamadas con su abogado y sus hermanos para concluir el asunto de la herencia, los pacientes con visitas domiciliarias en rincones de la isla que, «al parecer», requieren horas de desplazamiento, a pesar de que entre los dos puntos más alejados de Skye apenas hay unas sesenta millas y podrían recorrerse en unas dos horas.

Desde que se reunió con sus hermanos para contarles la verdad, no ha vuelto a ser el mismo.

Solo se lo he preguntado una vez y obtuve una respuesta lo bastante evasiva para no volver a intentarlo: «Estoy intentando poner orden en mi cabeza».

Al parecer, todavía no lo ha encontrado.

Yo tampoco, pero no me he refugiado en el trabajo ni en mis hermanos, porque no los tengo, ni en nadie que pueda abrazarme porque hay un océano de por medio.

Estoy aquí, sintiendo que ocupo su casa y su espacio, respetando sus silencios y sus ausencias y descubriendo que la Taylor que llegó de Nueva York hace dos semanas ha cambiado.

Siento que voy recogiendo semillas a lo largo de un camino inexistente que no lleva a ninguna parte y, aun así, sigo aferrada a él.

Mi tiempo se consume entre llamadas a Colton y a mis padres, viajes a Inverness para visitar a Fiona, que está destrozada, y paseos por la isla en los que siempre evito el camino hacia la mansión.

Porque allí empezó todo y, en cierto modo, si tengo en cuenta dónde estuvo Ewan la última vez antes de alejarse de mí, también acabó.

Así se esfuman los días, en solitario, cada uno por su lado.

Solo hemos coincidido una vez fuera de casa, cuando fuimos a declarar a la comisaría.

Un mal trago, por supuesto. No fue fácil contar una historia tan rocambolesca, ni para él ni para mí, pero Harold se encargó de amortiguar el golpe y le estaré eternamente agradecida.

Incluso allí había años luz de distancia entre nosotros. Yo estaba pendiente del destino de David, de los avances de la investigación e incluso del procedimiento; Ewan, de que sus hermanos quedaran al margen.

Y ha habido un contacto más: el abrazo que me dio hace dos días, el único que hemos compartido desde entonces. Escueto y breve, sustituyó a las palabras cuando recibí la noticia de que habían localizado el cuerpo de Elspeth.

David confesó aquella misma noche, manteniendo que su muerte había sido accidental, aunque tardó dos días más en revelar dónde había dejado el cuerpo.

Ahora permanece detenido y todo apunta a que tendrá que responder por homicidio.

No sé cuántos años pasará en prisión ni me importa demasiado.

Elspeth está muerta y él seguirá vivo. Supongo que, de momento, eso es todo lo que necesito saber.

Apenas nos vemos. Cada hora que pasa está justificada. No hace falta decir mucho porque tampoco hay contacto. Pasa todo el día en la clínica, atiende urgencias nocturnas, se pasa horas al teléfono y duerme, porque el agotamiento sí es una palabra que pronuncia constantemente.

Sonrisas, caricias en las mejillas, excusas, un «¿te encuentras bien?», un «una semana fuera de la clínica me está pasando factura», un «saluda de mi parte a Colton» o un «hay una zona al sur que puede gustarte, es un lugar ideal para desconectar».

Y, por supuesto, la frase que llevo grabada: «Necesito poner orden en mi cabeza».

¡Ah! Había olvidado otra, la mejor: «Me alegro por ti». La ha pronunciado esta mañana, antes de salir de casa, cuando le he anunciado que Harrison, el jefe de la Unidad, me ha llamado para decirme que me tome el tiempo que necesite antes de volver.

Volver…

Todas las palabras son grandes ahora. Todas me pesan. Y eso que apenas pronunciamos unas pocas cada día.

Él está ocupado y yo procuro demostrarle que también lo estoy: llamadas, visitas a Inverness…

Ayer celebraron un segundo funeral por Judith, esta vez en la más estricta intimidad. Una frase que recibí por mensaje y que me dejó bastante claro cuál era mi lugar en esa intimidad.

¿Es que estoy ciega? ¿Es que me he vuelto loca? ¿Dónde está la Taylor orgullosa?

Porque la de ahora se ha convertido en un fantasma que vaga por Escocia soportando el dolor de todo lo ocurrido mientras espera que él le conceda un poco de su tiempo, alguna palabra…

—No me reconozco, Elspeth —digo en voz alta mientras miro hacia el lago.

Loch Cluanie. Ahí está, delante de mí. Ahí estuvo ella durante más de un mes, sumergida dentro de una maleta.

Ahí es donde David confesó que la había arrojado, donde la encontraron, donde pasó tantos días mientras yo la buscaba.

Quizá sea el mejor lugar para rendirle un pequeño homenaje, aunque no sé muy bien qué puedo decirle.

Si ya no me reconozco a mí misma, mucho menos a ella.

—Mañana es tu funeral, Elspeth. Lo ha organizado Fiona. A mí no se me da bien organizar funerales, así que allí estaré. Aunque, sinceramente, hermana… no sé de quién voy a despedirme. Pero no es lo único que no sé. Ahora mismo tengo la sensación de no saber nada o, quizá, de no querer saberlo.

Y tengo que solucionarlo.