53 Ewan
La psicóloga
No me puedo creer lo que estoy escuchando. Taylor no podía traspasar esa línea y lo sabía. Harold debe de estar maldiciendo de todas las maneras posibles.
No debía presionarlo ni hacerle dudar de nada. No podía ponerlo en alerta. Era lo acordado.
Trago saliva esperando que rectifique.
—¿Qué quieres decir? —pregunta él, en un tono bastante menos amigable que antes.
—David, sé lo que había entre vosotros. Tú me comentaste algo, Fiona también y… no voy a engañarte, Elspeth me habló de ello alguna vez. Sé que no se portaba bien contigo y, créeme, se lo dije. Pero ella estaba convencida de que erais amigos y os acostabais cuando os daba la gana, sin compromisos.
—¿Y qué? —pregunta él.
Está a la defensiva. No me puedo creer que Taylor no se dé cuenta de lo que está haciendo. ¿Adónde quiere llegar?
—Que no me puedo creer que te dijera que estaba enamorada de Cormag y a ti te resultara indiferente. Estoy segura de que discutisteis y por eso la dejaste marchar. Por eso no le preguntaste adónde iba ni te importó. Por eso te has sentido tan culpable todo este tiempo…
No puedo verle la cara, pero el tío debe de estar alucinando con lo que oye.
Joder, Taylor…
—Lo siento, yo… no quería meterme donde no me llaman.
Soy psicóloga y tiendo a analizar esas cosas.
Es la única explicación que le he encontrado a que alguien como tú, que la quería tanto —y ofreciéndote como coartada me has demostrado que era así—, no sintiera que se le revolvía el estómago cuando te habló de Cormag, de lo enamorada que estaba de él y de su dinero…
¡Oh! Perdón. No debí decir eso del dinero.
¿A qué juega?
—No vas tan desencaminada. No voy a negártelo porque es la verdad.
Sí, me enfadé por eso. Cuando me habló de marcharse un tiempo, de desaparecer, no le pregunté adónde iba.
Lo tenía todo planeado, Taylor, todo. Pasó de llamarme llorando, pidiéndome que la ayudara, a entrar por la puerta como si no hubiera pasado nada.
¿Sabes qué me dijo? Que, si salía victoriosa del asunto de Judith, como estaba muerta, iba a conseguir que Cormag anulara su boda.
«Yo seré la señora McAverley y no esa insulsa de su novia».
No quiero ni pensar cómo debe sentirse Taylor escuchando esa descripción de su hermana. Fiona ya le abrió el camino y ahora David lo está rematando. Y en cuanto a Ailsa… no es muy popular…
—Me dijo que no había nada que la relacionara con su madre, que, si finalmente se consideraba un accidente, no tendría que explicarle a Cormag quién era y, si lo consideraban un asesinato pero no la involucraban, tampoco tendría que darle explicaciones.
Conseguiría ser oficialmente su novia y después cerraría la agencia.
Le diría que su padre había sido detective y que ella había trabajado con él alguna vez, por si acaso.
Así podría justificar cualquier imprevisto que la relacionara con ese trabajo.
Lo tenía todo planeado. En las dos o tres putas horas que dura ese trayecto. Todo.
Hace una pausa. Creo que eso era lo que pretendía Taylor y confieso que no ha estado mal, pero me está costando no vomitar con lo que estoy escuchando.
—Joder, David, tengo la sensación de que me estás hablando de otra persona. Ella no es así…
—Sí lo es. Si se enamoró o no, no lo sé, pero dudo que Elspeth Douglas fuera capaz de enamorarse de alguien que no fuera de sí misma o del dinero.
—No… No lo entiendo.
—Yo tampoco lo hice durante mucho tiempo, pero esa mañana lo vi claro.
Llevaba meses metida en ese caso, meses acostándose con él; sin embargo, cuando tenía un mal día venía a verme, nos acostábamos y luego desaparecía durante días.
Cuando volvía, lo hacía con una frialdad que me desconcertaba, me hacía polvo.
Se lo dije esa mañana. Le reproché su actitud conmigo, sus planes con ese tío, la falta de miramiento que tenía al hablarme de él y ¿sabes qué me dijo?
—No sé si quiero saberlo, David —le dice Taylor entre sollozos.
¿Está llorando de verdad? ¿Finge? Joder, ya no sé qué creer. Pero si Harold no ha tirado la puerta abajo de una patada será porque quiere que siga.
—Me dijo que era un inmaduro, que ella no tenía la culpa de que yo no hubiera entendido que lo nuestro era solo sexo y que éramos amigos. Que ella aspiraba a más.
—Pero… ¿alguna vez habíais hablado de lo vuestro de otra manera?
—Sí, Taylor. Ella me daba falsas esperanzas todo el tiempo; luego se iba, volvía y yo era un pobre imbécil que se lo tragaba todo. Pero esa mañana se pasó, cruzó los límites. Me pidió una coartada y después me dijo que iba a irse con él, que iba a cerrar la agencia, como si yo no existiera.
—Entiendo que te enfadaras… Entiendo que la dejaras marchar sin siquiera preocuparte por dónde pretendía pasar los siguientes días. Pero, aun así, te has sentido culpable.
No sé qué ocurre, mierda. Él está callado y no puedo ver nada.
—Sí, Taylor, aun así me he sentido culpable. Tienes razón —dice él con la voz completamente afligida.
No parece que esté fingiendo.
¿O sí?
—Jugó contigo, te utilizó y, cuando llegó la oportunidad que esperaba, se olvidó de todo. Mató a una mujer y, pocas horas después, ya estaba haciendo planes con Cormag, sacándole provecho a la nueva situación. Creo que estaba muy segura de que no le iba a ocurrir nada.
—Ni siquiera tengo claro que fuera un accidente, que la empujara sin querer. Ya no tengo nada claro, Taylor.
Se me está revolviendo el estómago al escucharlo.
—Eso es muy grave, David…
David sigue sollozando, pero sigo sin saber si es real.
—¿Qué salió mal, David? Algo salió mal.
—¿Qué quieres decir?
—Cuéntamelo. No dejes que siga buscándola. Algo salió mal y tú lo sabes. No estaba previsto, seguramente eso sí fue un accidente. Te insultó, te ofendió, te humilló… Por eso perdiste el control, ¿verdad? No ibas a permitir que volviera a reírse de ti.
—¿Qué…?
—Por eso después saliste de tu casa con una maleta grande. Te subiste a su coche y condujiste hasta su casa.
¡Oh! No. No puede hacer eso… Taylor, maldita sea, ¿es que ha perdido el juicio?
—¿Qué estás…?
—Y fuiste a su casa, recogiste todo lo que había y lo hiciste desaparecer.
Pensaste en la historia que nos contarías.
En cada detalle, cada posible implicación: las antenas, el coche, el portátil, su equipaje…
Hasta debiste de ver estos libros, los del mundo del whisky, y pensar en el interés que tenía de repente por el mundo de él… de Cormag…
El silencio que sigue me pone en alerta. No ha podido esperar. No sé qué está pasando.
Por un lado, quizás confiese; por otro, puede estar en peligro.
No puedo arriesgarme.
Salgo del pasillo lentamente, controlando cada paso, hasta que consigo asomarme al salón.
Respiro tranquilo.
Taylor está al fondo, de pie, frente a mí. Él sigue en el sofá, de espaldas; solo puedo verle la cabeza.
Taylor me mira y niega con la cabeza. Se agacha y desaparece de mi vista.
—Lo sabemos todo, David. Todo. Hay cámaras… Hay más grabaciones… Elspeth no se fue del todo, dejó pistas. Te tienen, David, y antes de que lo supieras quería que me miraras a los ojos y me dijeras qué has hecho con ella.
Silencio. Un puto minuto entero.
—Fue un accidente, Taylor. Yo no quería matarla.
—Lo sé.
—Me dio una bofetada cuando le dije que no iba a proporcionarle ninguna coartada, que no quería volver a verla. Y eso me hizo enloquecer. La empujé, pero no quería hacerle daño, joder, no quería. Cayó contra la vitrina, se golpeó la nuca con el borde y… se acabó todo.
—¿Dónde está, David?
—No quería matarla, Taylor, no quería…
El llanto es desgarrador.
Taylor vuelve a preguntárselo.
—Dime dónde está. Permíteme que me despida de ella…
Pero no dice nada. No habla.
Taylor se incorpora, me mira y niega con la cabeza.
—Creo que esto ha terminado —dice para que Harold escuche la señal acordada.
Espero.
Harold tarda apenas unos segundos en llegar. Abre la puerta con la llave que le ha proporcionado Taylor y se acerca a David. Le pasa una mano por el hombro a ella antes de dirigirse a él.
—Señor Fraser, acompáñeme a la comisaría. Allí podremos hablar con tranquilidad.
No hay detención. No según nos explicó Harold que actuaría si confesaba. No en estas circunstancias. Antes hay otros pasos que dar.
David se levanta lentamente. Algo llama su atención y se gira. Me mira y después sigue a Harold.
Se detiene delante de Taylor y le dice algo al oído.
Harold reacciona rápido y tira de él.
Taylor palidece y los sigue con la mirada.
Espero hasta escuchar cerrarse la puerta antes de salir por completo del pasillo. Ella sigue inmóvil, mirando hacia el recibidor.
—¿Qué te ha dicho?
Tarda un instante en reaccionar.
—Nada.
—Taylor.
Se vuelve hacia mí y niega con la cabeza.
—Que lo siente. Solo eso.
La observo unos segundos. Está pálida, agotada y tiene los ojos llenos de lágrimas. Después de todo lo que acaba de escuchar, supongo que cualquier reacción es posible.
—Ven aquí, psicóloga —le digo mientras esbozo una sonrisa.
No necesito decírselo dos veces. Se acerca y la estrecho entre mis brazos. Taylor hunde la cara contra mi pecho y yo la abrazo con fuerza, dejando que por fin se derrumbe después de haber aguantado mucho más de lo que creía posible.
—Se ha acabado —murmuro contra su pelo.
Ella asiente sin separarse de mí.
Debería bastarme. David ha confesado. Sabemos qué le ocurrió a Elspeth y ahora solo falta encontrarla. También sabemos lo que le ocurrió a mi madre. Debería sentir alivio, aunque sea una pequeña parte entre toda esta mierda.
Pero no es eso lo que siento.
Mientras la abrazo, vuelvo a pensar en el instante en que David se ha inclinado hacia ella, en las palabras que no he podido escuchar y, sobre todo, en la cara de Taylor después.
La estrecho un poco más.
Quiero creerla.
Pero tengo la amarga sensación de que acaba de mentirme.