Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 52 ​​ Taylor
80%

52 ​​ Taylor

El relato

—Le pedí que viniera a mi casa y, cuando llegó, estaba mucho más tranquila.

Me dijo que había tenido tiempo para pensar durante el trayecto.

Aun así, seguía algo alterada, le costaba explicarse, pero poco a poco conseguí que se relajara y que me lo contara todo desde el principio.

Porque yo no sabía nada, Taylor. Y eso sí era verdad cuando hablamos: no sabía en qué estaba trabajando ni quiénes eran esas personas.

—Bien, pero ahora sí lo sabes.

—Ahora sí. —Se acomoda un poco más en el sofá—.

Me contó que Judith McAverley la había contratado unos meses antes para investigar a sus hijos.

Por lo que entendí, sospechaba de ellos, tenía problemas con la familia por cuestiones económicas y había llegado a convencerse de que alguno podía hacerle daño.

Le pagó mucho dinero a Elspeth para que averiguara qué estaba pasando y ella aceptó infiltrarse en la familia.

—Esa parte la conozco. No hace falta que te recuerde dónde he pasado los últimos días ni por qué. Lo que no entiendo es lo del dinero. La policía registró sus cuentas y no había nada. Tampoco hay ni rastro del pago de Judith. No me cuentes mentiras, David.

—Joder, no te estoy mintiendo. —Por primera vez su reacción parece más irritada que asustada—. Te estoy contando lo que ella me contó. ¿Crees que le pregunté dónde estaba el dinero?

—Ya… pero es muy raro, no hay ni rastro de él.

—Puede que no sea tan raro. Puede que tuviera el dinero fuera.

—¿Fuera dónde?

—No lo sé. —Se encoge de hombros—. Cuando murió Duncan tuvo problemas con las deudas y los embargos, supongo que estás al corriente.

—Me mira y asiento—. Recuerdo que había movido dinero para evitar que se lo llevaran todo.

Nunca me explicó cómo ni dónde y yo tampoco pregunté.

Si el dinero de Judith acabó en otra cuenta, podría ser esa.

Si hay otra explicación, la desconozco. No hablamos de ello esa noche, como comprenderás.

Lo observo durante unos segundos. No parece estar buscando una respuesta; esta vez simplemente espera.

—Sigue —le exijo, fingiendo todavía más alteración de la que siento.

—Judith hizo que la contrataran en uno de los negocios de la familia, un club de Inverness. Supongo que es el mismo que tú mencionaste.

Asiento.

—Y allí empezó todo. Trabajó durante un tiempo y… —Hace una pequeña pausa— acabó liándose con uno de los hijos. Cormag McAverley. A él también lo conoces.

—Efectivamente.

—Por lo que me contó, llevaban juntos bastante tiempo.

Ahí aparece algo distinto. Se frota las manos y desvía la mirada durante un instante, aunque enseguida se echa hacia atrás y apoya la espalda en el sofá, intentando aparentar indiferencia. Ya no está preocupado por mí ni por el teléfono; esto es otra cosa. Hablar de Cormag le molesta.

—Continúa.

—Judith acabó enterándose. No sé cómo. El día antes de que Elspeth desapareciera le dijo que no volviera al club, que su trabajo había terminado y que sabía lo que estaba pasando con su hijo.

Elspeth no quiso dejarlo así. Insistió en hablar con ella y consiguió que aceptara verla otra vez.

Le dijo que había descubierto algo durante la investigación que tenía que enseñarle.

—¿Y era verdad?

—No. —Niega con la cabeza—. Eso me dijo Elspeth. Se lo inventó para conseguir que Judith aceptara verla en persona. Judith había amenazado con contarle a Cormag quién era realmente y por qué había aparecido en sus vidas, y Elspeth quería impedírselo.

—Ya… no quería que la descubriera ante él…

—Exacto. Quedó con esa mujer porque quería ganar tiempo —continúa—.

Convencerla de que la dejara a ella hablar primero con él, explicárselo a su manera.

Al final quedaron en la casa de Skye, muy temprano, sobre las siete de la mañana.

En los jardines, en una zona apartada de la casa.

Elspeth me dijo que los hijos de Judith estaban allí y que por eso habían quedado fuera de la casa.

—¿Y qué pasó?

—Discutieron. Judith se dio cuenta enseguida de que Elspeth no tenía nada que enseñarle y se cabreó todavía más. Elspeth intentó convencerla de que no hablara con Cormag, al menos todavía.

—¿Convencerla de qué exactamente? ¿De que quería a su hijo?

—De que lo quería, de que lo suyo era real y de que debía ser ella quien le contara la verdad. Pero Judith no cedió.

Ahora está completamente apoyado contra el respaldo. Las manos han dejado de moverse y su voz también ha perdido aquella precipitación inicial. Cuanto más avanza en una parte de la historia en la que él no hizo nada, más cómodo parece sentirse contándomela.

—Según Elspeth, Judith empezó a insultarla. Le dijo que sabía perfectamente lo que estaba haciendo, que la había investigado y que no tenía nada. La llamó muerta de hambre. Le dijo que no quería a su hijo, que lo único que quería era su dinero y que iba a contarle quién era realmente.

—¿Y Elspeth?

David respira hondo antes de responder.

—Se enfureció. Me dijo que discutieron, que hicieron gestos con las manos, que le sujetó el brazo porque Judith quería marcharse y que al hacerlo Judith perdió el equilibrio y resbaló, y que cayó por las escaleras.

—¿La empujó?

—Insistió muchas veces en que no pretendía hacerle daño. Que ni siquiera fue un gesto brusco. Me dijo que creía que estaría herida, pero que cuando bajó tras ella se dio cuenta de que estaba muerta. Salió a toda prisa y me llamó. Eso es todo.

No digo nada.

David tampoco.

Pero él ya no parece el hombre que ha entrado aquí hace unos minutos intentando averiguar desesperadamente qué sé.

Está sentado frente a mí, mucho más relajado, convencido de que está consiguiendo exactamente lo que pretendía: explicarme la muerte de Judith, justificar por qué protegió a Elspeth y mantenerme alejada de la policía.

Y necesito que siga creyéndolo.

—Joder… No me lo puedo creer.

—¿Y qué pasó después?

—Intenté calmarla. Lo que más le preocupaba era que alguien pudiera haberla visto. Me pidió que, si las cosas se complicaban, dijera que había estado conmigo.

—¿Que le sirvieras de coartada?

—Sí.

—¿Y aceptaste?

—Sí, Taylor, acepté. En ese momento no sabíamos qué iba a pasar y estuvimos repasando cada uno de sus movimientos.

Le hice repetir cómo había llegado, por dónde había entrado, cuánto tiempo había estado allí…

El recorrido completo. Por lo que me contó, entró y salió por un acceso que le había indicado la propia Judith, uno más discreto para que nadie pudiera verla.

—Sé a qué acceso te refieres… —murmuro, sintiendo náuseas al imaginar a Elspeth huyendo por allí después de lo ocurrido.

—Estuvimos un buen rato hablando de todo. Después me soltó que iba a marcharse unos días. Lo tenía claro.

—¿Adónde?

—No me lo dijo. Le pregunté varias veces, pero solo repetía que necesitaba estar fuera, alejarse y esperar a ver qué ocurría. Intenté convencerla de que no tomara ninguna decisión todavía, que esperara al menos hasta saber qué pasaba con la muerte de Judith, pero no hubo manera.

—¿Y se marchó?

—Sí. Antes me pidió que no intentara localizarla y que, si Fiona preguntaba, le dijera que se había infiltrado en un caso y que estaría fuera un tiempo.

—Y tú aceptaste.

—Es justo lo que hice. —Se encoge de hombros, mucho más relajado que al principio. Está mintiendo, está repitiendo algo que se ha aprendido muchas veces.

—¿Y ya está?

—Ya está. Se marchó y no volví a verla.

Lo observo durante unos segundos.

—¿Así, sin más? ¿Después de matar a una mujer decide desaparecer y ni siquiera te dice dónde?

—Taylor, cuando llegó a mi casa estaba mucho más tranquila que cuando me llamó.

Había tenido todo el trayecto para pensar y yo tuve la sensación de que ya lo había planeado.

No sé qué pensaba hacer ni adónde pretendía ir, pero sí que había tomado una decisión y que no iba a conseguir que cambiara de opinión.

Cuando se le metía algo en la cabeza, era muy difícil hacerla cambiar.

—Y el resto ya lo conozco.

—Por eso al principio yo no quería que Fiona denunciara su desaparición.

No tenía sentido. Me costó, porque no dejaba de insistir, pero conseguí frenarla unos días.

Después, cuando Elspeth no dio señales de vida, empecé a preocuparme.

No había especificado cuántos días estaría fuera, pero era raro que, después de confirmarse que lo de Judith había sido un accidente, no apareciera ni me llamara.

Las noticias hablaban de un accidente. Fue entonces cuando la llamé y no me contestó.

Acabé dándole la razón a Fiona y el resto ya lo sabes.

—Y la protegiste. No le contaste nada a la policía.

—No era capaz. He vivido un infierno, Taylor. Sin poder hablar con nadie, esperando que apareciera. No quería traicionarla, pero, por otro lado, temía que su desaparición estuviera relacionada con todo lo que me contó.

—¿Por qué entonces no querías que me infiltrara y averiguara qué había pasado?

—Te lo dije, aunque no me creíste. No podía permitir que a ti también te ocurriera algo.

Cuando llamó ese tío, me tembló todo el cuerpo.

No sabía qué hacer ni qué decir. Yo quería hacer algo para encontrarla, pero no podía.

Llevaba un mes buscándola por todas partes y la única opción que nos quedaba era que te infiltraras tú, pero tuve miedo.

Hemos llegado a un callejón sin salida.

Me paseo por la sala intentando demostrarle que estoy procesándolo todo.

—Joder, David, ¿dónde narices está? No he conseguido averiguar nada y no creo que eso vaya a cambiar. Solo sé lo del club y, después de escucharte, ya ni siquiera tengo tan claro que esa familia tenga algo que ver…

—Lo sé. Yo tampoco dejo de darle vueltas. Esperaba que encontraras algo.

Sigo paseándome y él respeta mi silencio.

Está esperando que sea yo quien dé el siguiente paso, que pronuncie ese «¿Y ahora qué hacemos?

» que parece flotar entre los dos. He percibido cierta complicidad en su actitud; cree que estamos en el mismo bando y, sobre todo, que airear lo que hizo Elspeth no es algo que yo esté dispuesta a hacer.

—¿Te habló claramente de lo que sentía por Cormag?

—Sí. Dijo que estaba enamorada de él.

Y ahora es cuando me lanzo a la piscina.

Sé que Harold va a poner el grito en el cielo, pero tengo que intentarlo.

—Entonces estás mintiendo, David. No me estás contando toda la verdad. Háblame de esa culpa que sientes. Dime qué ocurrió entre vosotros aquella mañana. Dime por qué la dejaste marchar sin más.