51 Taylor
La confesión
A pesar de haberme asegurado de que David está en Inverness, todavía quedan dos cosas que no podemos controlar: primero, tiene que atender mi llamada; después, aceptar venir a esta casa. Si cualquiera de las dos falla, fallará todo.
Por eso trago saliva antes de coger el móvil y rezo para que responda y para que lo que viene después, que es lo más complicado, salga bien.
Ewan está a mi lado. Harold también.
El primer tono hace que se me suba el corazón a la garganta; el segundo, que empiecen a flaquearme las piernas; el tercero, que me eche a temblar. Pero la suerte está de mi lado.
—Taylor —dice nada más descolgar.
—Eres un maldito hijo de puta —le grito—. Eso es lo que eres.
—¿Qué? Taylor… ¿qué?
—Lo sabes todo. Todo. Y te has callado como un cabrón. Sabes lo que hizo Elspeth, lo sabes perfectamente y no has dicho nada…
—Taylor, tranquilízate, por favor. ¿De qué estás hablando?
—De ella, de mi querida hermana, de matar a una persona, a la madre de esa familia. De eso, hijo de puta.
—Taylor… ¿Dónde estás?
—Lo he escuchado, David, lo he escuchado todo… Y tú callado, mintiendo a todo el mundo, burlándote de todos…
—¿Dónde estás, Taylor? Hablemos con calma, por favor.
—¿Dónde coño quieres que esté? En su casa, buscando gilipolleces. Pero… ¡sorpresa! No hace falta buscar nada. Mi querida hermana me lo cuenta todo.
—Taylor, voy hacia allí y hablamos, pero debes calmarte. Espérame, por favor. Estoy en casa y tardo diez minutos. Cuando llegue, lo hablamos todo con calma.
Le cuelgo sin decir nada y me dejo caer en el sofá intentando coger aire.
Ewan se sienta a mi lado y, con unos gestos lentos de las manos, consigue que vaya controlando la respiración.
—Bien hecho, Taylor —dice Harold.
—Muy bien, cariño. Hasta yo me lo he creído. Empieza a preocuparme esa habilidad tuya para interpretar… —añade Ewan, consiguiendo que esboce una sonrisa.
—Ha dicho diez minutos. Voy a ocupar mi puesto —anuncia Harold.
Se dirige hacia la puerta, pero antes de salir vuelve a recordarme todo lo que debo y, sobre todo, lo que no debo hacer. Lo escucho y asiento por inercia. A estas alturas podría repetir sus advertencias de memoria.
Harold sale de la casa y se dirige al lugar que hemos elegido previamente, lo bastante alejado para que David no pueda verlo al llegar y lo bastante cerca para intervenir si fuera necesario. El dispositivo que llevo oculto le permitirá escuchar la conversación desde allí.
Ewan se queda conmigo. Me abraza y me refugio en sus brazos durante los minutos que nos quedan. No dice nada más; a estas alturas, todo está hablado.
—Está aquí —anuncia Harold por el pequeño auricular que lleva Ewan—. Acaba de aparcar delante de la casa.
Ewan me besa y se aleja deprisa hacia el lugar que hemos elegido para él: el pasillo de la parte posterior.
Desde allí podrá escuchar perfectamente lo que hablemos sin necesidad de acercarse al salón y, si David decide abandonar la estancia o internarse en la casa, tendrá varias habitaciones en las que ocultarse antes de que pueda verlo.
Harold permanecerá fuera, escuchándolo todo y pendiente de cualquier movimiento. Si la situación se tuerce, intervendrá.
Yo solo tengo que conseguir que David hable. Lo más fácil.
Por suerte, hemos calculado bien. David entra directamente con su llave.
Me encuentra sentada en el sofá, con el rostro cubierto por las manos. Alzo la mirada en cuanto entra y me levanto bruscamente, desafiante.
—Taylor, cuéntame qué ocurre.
—Yo no tengo que contarte nada. Eres tú el que tiene algo que decir.
—Taylor, es importante que te cal…
—¿Quieres saber qué ocurre? Esto ocurre… —le digo mientras cojo la grabadora que me ha proporcionado Harold, en la que hemos copiado únicamente el audio que quiero que David escuche, y pulso el botón exagerando el temblor de mis manos.
La lanzo sobre el sofá.
La voz de Elspeth pidiendo ayuda, repitiendo que ha matado a la madre de Cormag, envuelve todo el salón.
David palidece y me mira mientras traga saliva.
—Eso ocurre, David —le grito.
—¿De dónde has sacado eso?
—¿Eso es lo que te importa?
—Taylor…
—He tardado en averiguar cómo funcionaba, pero no en interpretar lo que dice. Eso está bastante claro, así que ahórrate el rollo que quieras soltarme y dime de una puta vez qué significa.
—Vale, tranquila, pero… ¿hay algo más en esa grabadora?
—¿Te parece poco? —Esta vez grito como si tuviera el demonio dentro.
Él calla y empieza a moverse de manera desordenada. Da un par de pasos, se detiene, mira la grabadora y vuelve a mirarme. Está nervioso. Mucho.
—No, no hay nada más. Pero no me importa porque me lo vas a contar tú todo, con detalles, y lo vas a hacer ahora mismo.
—Sí, voy a explicártelo, pero dime dónde has encontrado eso.
—En su coche.
—Pero… ¿qué estabas haciendo aquí?
—El puto ridículo, eso he venido a hacer. A buscar un puto libro de whisky.
Baja la mirada hacia los libros que hay sobre la mesa, los que hemos colocado ahí deliberadamente. Me apodero de uno y lo lanzo sobre el sofá.
—El ridículo, el mayor de los ridículos. Buscando un libro para seguir con esa investigación y un coche para poder desplazarme. Eso estaba haciendo antes de encontrarme con esa sorpresita en su coche.
—¿El coche?
—Sí, el coche. El que pretendía utilizar para seguir con esa mierda de investigación, esa absurda investigación que tú has permitido que siga haciendo a pesar de saber lo que hay en esa grabación.
—Taylor…
—David… —bajo el tono—. ¿Sabes por qué no he salido corriendo a entregarle esto a la policía?
Porque pretendo que me cuentes con todo detalle lo que ocurrió, sin olvidarte ni un solo punto ni una sola coma.
Porque todavía necesito que me des una puta razón para no salir de aquí y contarle a la policía lo que ha hecho Elspeth.
David reacciona. Ahí está. Acabo de ofrecerle exactamente lo que necesitaba: una posibilidad de que esa grabación no salga de esta casa.
Lo percibo en la forma en que asiente, en cómo finalmente deja de moverse y se sienta en el sofá. No está tranquilo, ni mucho menos, pero ahora cree que puede conseguir algo de mí.
—¿Dónde está Elspeth? Y no se te ocurra mentirme.
—Eso no lo sé, Taylor. En eso no te he mentido.
No estoy muy contenta con la respuesta, pero tampoco puedo pretender que, a estas alturas de la conversación, me cuente sin más que la ha matado.
—¿Se ha marchado fuera del país? ¿Está escondida? ¿Estás ocultando dónde está?
—No, Taylor. Te juro que no sé dónde está. Déjame contártelo todo.
—Desde el principio y con todo lujo de detalles, o te juro que llamo a la policía ahora mismo y dejo que sean ellos quienes se encarguen de esta mierda. Me largo a Nueva York y acabo con todo de una vez. ¿Me he explicado?
—Siéntate y escúchame. No hace falta que hagas nada de eso.
Le hago caso.
Finjo calmarme. Me apodero de un cojín y lo abrazo, pero mantengo la espalda erguida y cierta tensión en el cuerpo; todavía no quiero que baje la guardia del todo. Él también debe de estar estudiando mis gestos.
—Si no he dicho nada de lo que me contó es porque estoy haciendo lo mismo que haces tú ahora: protegerla. Por eso me has llamado a mí en lugar de ir directamente a la policía.
Está intentando manipularme y voy a dejar que crea que funciona.
—Si no he ido a la policía es porque no tengo demasiada esperanza puesta en ellos. He sido yo quien ha encontrado una grabadora cuando se supone que registraron el coche… No hicieron una mierda.
—¿Dónde estaba?
—En el lateral de… —Me detengo—. No, David. Déjate de gilipolleces y cuéntame lo que pasó de una puta vez.
—De acuerdo… —Asiente despacio, pero vuelve a mirar la grabadora—. Aunque, si voy a contártelo, quiero asegurarme de una cosa. No quiero que esto salga de aquí. No es necesario grabar nada.
Esta vez mira mi móvil.
Finjo tardar unos segundos en comprender.
—Eres patético —le digo mientras lo desbloqueo y se lo lanzo para que lo revise.
—Gajes del oficio.
Lo coge y comprueba exactamente lo que ya habíamos previsto que comprobaría.
—Deja de hacerte el listillo, David, no estoy para gilipolleces. En ese aparato mi hermana afirma haber matado a alguien y tú sigues diciendo tonterías y dando vueltas. Habla de una puta vez.
Me devuelve el móvil y, por fin, se sienta. Todavía conserva cierta rigidez en los hombros, pero ya no parece estar pensando en salir de aquí. Bien. Empieza a creer que puede controlar la situación.
—Lo que contiene esa grabación es el principio de todo. Elspeth me llamó muy alterada diciendo que había matado a alguien. Exactamente lo que acabas de escuchar.
Ese «acabas de escuchar» me indica que se ha creído que acaba de producirse. Eso me gusta. Ahora llega el relato. A ver cómo justifica todo lo injustificable.