49 Taylor
Poder de persuasión
—Colton, deja de hablarme como si fuera idiota. Ya te he entendido. Y baja el tono de voz porque te escucho perfectamente —le digo, intentando no alterarme como él.
Ewan sigue durmiendo y no quiero despertarlo. Esta casa no es como la mansión, donde puedes perderte en cualquier rincón.
Estoy en el jardín, el lugar más alejado que he encontrado si no quería terminar hablando en medio de la calle.
Ha sido una noche muy larga. No solo por todo lo que descubrimos, sino por lo que viví junto a Ewan después, por esa conexión inexplicable que surgió entre nosotros cuando nuestras cabezas deberían haber estado al borde del colapso.
Juro que en toda mi vida he sentido algo parecido a lo que sentí anoche entre sus brazos.
Con todo el peso de la mierda que nos sobrevolaba, los interrogantes y el dolor que se acumuló en apenas unas horas, conseguí olvidarme de todo.
No existió lo que había ocurrido ni lo que pudiera ocurrir después.
Negaré haberlo descrito de esta manera, porque va en contra de prácticamente todo en lo que creo y de la conducta humana, que al fin y al cabo es a lo que me dedico, pero anoche sentí que había algo más.
Una fuerza, una energía, llámese como se quiera, que nos envolvía y se apoderaba de nosotros, que nos empujaba hacia algo que estaba por encima de los dos, como si viniera de otro mundo, de otra vida, de algún lugar que no sé explicar.
Una absoluta locura, sí, pero yo la sentí. Yo estuve allí. Yo la viví.
Y ahora me aterroriza pensar qué puede pasar entre nosotros.
Qué se supone que debe pasar, qué coño va a ser de esta locura que llevo dentro después de tan pocos días y qué ocurrirá cuando todo esto termine y ya no tengamos una investigación que nos obligue a permanecer juntos.
Pero no puedo pensar en eso ahora. Si empiezo, quizá no consiga detenerme.
Ahora necesito seguir hablando con Colton, hacer algo más que darle vueltas a lo que he descubierto sobre Elspeth y sobre David.
Colton sigue protestando, enfadado. Entiendo su reticencia a mi idea, pero llevo casi una hora con él al teléfono y no hay forma de que no ponga una objeción a cada palabra que pronuncio.
—Sé que esto te puede parecer descabellado, pero a mí no. He jugado a ser detective, me he infiltrado como tal en una mansión y ahora no me parece tan absurdo querer tener a ese desgraciado delante de mí. Quiero que me mire a la cara y me diga qué ha pasado con Elspeth.
—Es que no funciona así, Taylor. Debes llevar esos audios a la policía. Yo puedo respaldarte, hacer alguna llamada, hablar con Harrison, pero tú ya no puedes hacer más. Se encargarán de él. Tienes material muy valioso.
—¿Valioso? No te parecía tan valioso cuando hemos empezado a hablar.
—Yo no he dicho eso, Taylor, no intentes darle la vuelta a tu conveniencia.
—Sí, lo has dicho. Has dicho lo que pensabas justo antes de conocer mis intenciones, cuando aún te permitías no medir las palabras.
—No intentes analizarme, Taylor, no juegues con eso.
Te he dicho que no esperes que con lo que tienes ahora puedan demostrar que David mató a Elspeth.
El audio es importante, mucho, y tienen a una testigo que lo vio salir con una maleta y conducir el coche de tu hermana, pero es una anciana, su testimonio podría debilitarse delante de un buen abogado.
Y no olvides que no hay cuerpo, no hay una causa de muerte ni sabemos qué ocurrió en esa casa.
Ese «yo no quería matarte» puede poner a la policía detrás de él, pero todavía tienen que demostrar qué significa y corroborarlo con algo más. Déjales hacer su trabajo.
—David sabía que Elspeth había matado a Judith y no dijo nada. Se ha callado todo este tiempo. ¿Eso no tiene ninguna consecuencia?
—Puede tenerla, pero no confundas saber algo con haber participado en ello.
Por lo que hemos escuchado, David se enteró después de que Judith ya hubiera muerto y nunca informó a la policía.
Habrá que determinar qué responsabilidad tiene por habérselo callado.
Y hay otra cosa: tampoco sabemos qué sabía exactamente.
—Pues eso es lo que quiero averiguar.
—No te corresponde a ti. Maldita sea, Taylor, no estoy hablando con alguien ajeno a los procedimientos policiales.
—Precisamente por eso, Colton, porque sé cómo funcionan.
Sabes que he presenciado muchos interrogatorios y que he intervenido en otros tantos.
Sé analizar una respuesta, detectar cuándo alguien está evitando una pregunta, cuándo intenta controlar el relato o cuándo empieza a contradecirse.
Sé cómo formular una pregunta sin darle la respuesta que espero obtener y cómo cambiar de estrategia cuando alguien se cierra.
Y, sobre todo, sé observar cómo reacciona una persona cuando la enfrentas a algo que no esperaba.
David no va a ser una excepción y, si lo es, al menos lo habré intentado.
—Pero ¿qué cojones quieres intentar?
—Que me diga la verdad, Colton, la maldita verdad.
No la que buscaría la policía para procesarlo, sino toda.
La que contiene los detalles que necesito saber.
Detalles que, una vez que se sienta acorralado, no va a aportar.
Se defenderá de haberlo ocultado, pero no contará lo que habló con Elspeth ni lo que ella le contó cuando llegó a su casa; no por protegerla a ella, sino por protegerse a sí mismo.
Contará lo justo para justificar ese audio, la confesión de Elspeth.
—En realidad, no hace falta que cuente mucho más. Haber ocultado lo de Elspeth no es su mayor problema, sino el paradero de tu hermana y ese audio en el que afirma haberla matado. Eso es lo que nos interesa: saber dónde está y qué le ocurrió.
—No, Colton, no lo entiendes. Sí hace falta que cuente más.
Ewan ha perdido a su madre. Hasta ayer creía que había sido un accidente y ahora ha tenido que escuchar cómo mi hermana confesaba que la empujó y que murió por su culpa.
Él buscaba una verdad muy distinta, por eso me contrató.
Y para encontrarla me metió en su casa, en su vida, junto a sus hermanos.
Cuando descubrió quién era yo, me apoyó para que siguiera buscando la mía.
Merece saber qué le ocurrió a su madre, merece la verdad.
Quiero que sepa qué ocurrió realmente en esos jardines, qué le contó Elspeth a David cuando llegó a su casa y qué era eso que aseguraba tener para Judith cuando se encontró con ella.
—Es evidente que Ewan te importa…
—Si es tan evidente, no hace falta que lo comentes.
Colton guarda silencio. Sabe que ahora no es el momento de hablar de Ewan en esa dirección.
—¿Y pretendes que David te cuente todo eso?
—Y más. También pretendo que me diga qué le ocurrió a Elspeth, dónde está. Tengo pocas dudas, Colton. Sé que está muerta, pero quiero encontrarla.
—Puede que te hable de lo que le contó Elspeth porque ahí su responsabilidad es menor.
Podrá justificarlo de mil maneras: que la protegía, que la quería, que quiso ayudarla…
Pero no colaborará con el paradero de Elspeth porque ahí puede estar su verdadera responsabilidad.
Y si lo enfrentas antes de que intervenga la policía, puedes ponerlo en alerta, darle tiempo para preparar una versión o incluso para hacer desaparecer cualquier prueba que todavía exista.
Puedes comprometer una investigación que ni siquiera ha empezado y, dependiendo de lo que hagas y de hasta qué punto interfieras en ella, también podrías acabar teniendo problemas tú.
—¿Problemas? ¿Por ser una hermana destrozada que se enfrenta al responsable en medio de un ataque de ira y desconcierto? Lo asumiré.
—¿Y qué harías después? ¿Ir a la policía y contarles todo lo que él haya querido compartir amablemente contigo? Sabes perfectamente el valor que puede tener una confesión según las circunstancias en las que se produzca.
—Lo grabaré todo. Si soy parte de la conversación, puedo grabarlo sin avisarle.
Y antes de que empieces, ya sé que eso no convierte automáticamente lo que consiga en una prueba definitiva.
Dependerá de cómo lo obtenga, de lo que diga exactamente y del valor que puedan darle después.
Pero sé entrevistar, sé cómo formular las preguntas sin condicionarle las respuestas y sé cómo manejar una conversación así.
Dime una cosa: si David admite delante de mí que mató a Elspeth y queda grabado, ¿podría servir?
Guarda silencio de nuevo. Sé que está estudiando su respuesta y, dependiendo de ella, sabré si estoy avanzando o me enfrento a otro obstáculo.
—Podría servir.
Me basta con esas dos palabras.
—Entonces ayúdame.
—Taylor…
—Por favor, Colton. Lo necesito. Y si voy a hacerlo, quiero hacerlo bien.
No puedo presentarme delante de David, dejar el móvil encima de una mesa y esperar que no se dé cuenta de que estoy grabándolo.
Necesito algo fiable, discreto, que no dependa de tener el teléfono a medio metro de su cara.
Tú sabes mejor que yo qué puedo utilizar.
—También sé que hay una forma bastante más sensata de hacer esto.
—¿Cuál?
—Llevar los audios a la policía escocesa, contarles lo que pretendes y dejar que sean ellos quienes valoren la posibilidad de preparar algo.
Si consideran que hablar contigo puede hacer que David se abra, podrían montar un dispositivo, controlar la conversación y estar preparados para intervenir.
No tendrías que enfrentarte sola a un hombre que podría haber matado a tu hermana y, si consigues que diga algo importante, no le estarías dando después la oportunidad de reaccionar, destruir pruebas o largarse.
—¿Y cuánto tardaría todo eso, Colton? Quiero respuestas, las quiero ya, lo necesito.
Y sabes que ni siquiera tenemos la certeza de que la policía aceptara que yo interviniera…
En cuanto hable con él se lo llevaré todo.
Puede que tenga suerte y obtenga lo que busco, si no que lo trabajen ellos después, no creo que comprometa nada, será prudente, sé cómo llegar hasta él. Por favor…
—Te ayudaré.
El alivio me llega tan deprisa que casi me hace sonreír.
—Gracias.
—No me las des todavía. Hay una condición.
—Dime.
—Vas a hablar con él de Judith. Nada más.
Puedes decirle que has encontrado la grabación de la llamada de Elspeth, que sabes que después fue a su casa y que quieres saber qué le contó.
Pregunta por esos jardines, por Judith, por lo que supuestamente había descubierto tu hermana, por todo lo que quieras relacionado con esa conversación.
Pero no le dices una sola palabra del otro audio.
Miro hacia la casa mientras intento ordenar todo lo que acaba de decirme.
—Quieres que no sepa que sospecho de él por la muerte de Elspeth.
—Exactamente. Puedes presionarlo con lo que sabes de Judith porque ahí todavía tiene margen para hablar sin incriminarse en la desaparición de tu hermana.
Pero el segundo audio no existe, ¿entendido?
Si él habla de Elspeth por iniciativa propia, déjalo hablar.
Si llega a admitir que la mató, perfecto, aunque dudo mucho que te haga ese regalo.
Pero tú no lo acusas, no mencionas esa grabación y no le haces saber que sospechas que tuvo algo que ver con su desaparición.
—Quieres que crea que sigo buscando respuestas sobre Judith y sobre lo que Elspeth hizo después.
—Quiero que no le enseñes todas tus cartas. Si descubre que sospechas de él y no consigues que hable, habrás perdido la única ventaja que tienes. Lo pondrás en alerta y, a partir de ese momento, cada palabra que diga estará calculada. ¿Aceptas?
Aprieto los labios. No es lo que quiero.
Lo que quiero es sentarme delante de David, reproducirle su propia voz y obligarlo a explicarme por qué coño dijo que no quería matar a mi hermana.
Pero Colton tiene razón: si lo hago y David no se derrumba, habré puesto todas mis cartas sobre la mesa y no tendré forma de volver atrás.
—Si tienes dudas, piensa en lo importante que es que sepamos dónde está Elspeth.
—De acuerdo.
—Taylor…
—He dicho que acepto. Hablaré de Judith y de lo que Elspeth le contó cuando llegó a su casa. El otro audio no existe.
—¿Tienes algo en mente?
—Lo tengo todo en mente.
—Bien. Hablaré con Ethan. Veremos qué puedes conseguir allí que sea discreto y, sobre todo, fiable.
—Gracias.
—Sigo pensando que es una pésima idea.
—Eso ya me ha quedado claro.
—No, no creo que te haya quedado claro. Me preocupa que vayas sola. No sabemos cómo reaccionará David si se siente acorralado y, aunque cumplas lo que acabas de prometerme, no puedes controlar hacia dónde llevará él la conversación.
—Estaré bien.
—No puedes saberlo.
—Colton, no voy a meter a nadie más en esto. Bastante he hecho ya. Es David y soy yo. Puedo hacerlo sola y lo haré.
Antes de acabar esta frase, escucho un ruido a mi espalda. Es Ewan. Está apoyado en la puerta que da al jardín con los brazos cruzados.
—Dile que no lo vas a hacer sola.