Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 47 ​​ Taylor
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En shock

Las voces de Judith y Elspeth se apagan y el silencio que deja la grabación parece llenar de golpe todo el salón. Durante unos minutos ninguno de los dos se mueve.

Ewan es el primero en reaccionar. Se aparta de mí bruscamente, se pone en pie y empieza a caminar de un lado a otro, con las manos en la cintura y la mirada clavada en el suelo.

Yo sigo sentada entre los cojines, sin saber muy bien qué hacer ni qué decirle. Todavía no he conseguido asimilar lo que hemos escuchado de David y ahora esta conversación ha añadido demasiadas preguntas a las que ya tenía.

Mi cabeza parece incapaz de detenerse en una sola cosa el tiempo suficiente para entenderla.

Y, aun así, hay unas palabras que parecen flotar en el aire.

«Mañana. A las siete de la mañana. En los jardines».

Siento un escalofrío al recordar lo que Ewan me contó sobre la muerte de su madre y alzo la mirada hacia él. Sigue recorriendo el salón, cada vez más alterado, y no sé si ha establecido la misma relación que yo ni quiero preguntárselo.

Vuelvo la vista al portátil.

El siguiente archivo es del sábado 22 de agosto. Poco después de las ocho de la mañana.

Me quedo mirando la fecha durante unos segundos.

Rezo para que haya algo más. Lo que sea. Es el último audio antes del de David y espero que nos permita entender qué ocurrió.

Pulso el archivo sin decirle nada a Ewan.

Su voz me impacta de nuevo: Elspeth.

Pero ya no se parece a la mujer que hace apenas unas horas discutía con Judith. Respira deprisa y, cuando empieza a hablar, la angustia de su voz hace que se me encoja el estómago. Habla deprisa, llora, grita…

Ewan deja de caminar.

—David, ayúdame, por favor, ayúdame…

—Els, ¿qué pasa?

—La he matado, David. La he matado… La he matado…

—¿Matado? ¿De qué hablas? Els, por favor, tranquilízate. ¿Dónde estás?

—La he matado. Está muerta…

—¿Quién?

—Judith. Judith está muerta, David. Ha sido un accidente.

—Els, cariño, tranquilízate porque no te estoy entendiendo. ¿Estás conduciendo?

—David… La he matado…

—¿Quién es Judith?

—Su madre. Es su madre… La madre de Cormag. La he matado… Está muerta, David…

—Els, por favor, cálmate. ¿Me estás diciendo que alguien ha muerto y que tú…? ¿Qué ha pasado? ¿Quiénes son esas personas?

—Ha sido un accidente. No quería escucharme, quería que todo estallara. Yo no quería, David. La he empujado y se ha muerto.

—Els, ¿dónde estás?

—No lo sé. He salido de Skye… No sé, estaré a una hora de casa o más…

—Vale. Entonces aparca el coche y dime exactamente dónde estás. No puedes conducir así.

—Estoy bien, estoy bien…

—No estás bien.

—Puedo conducir.

—Vale, entonces, ven directamente a mi casa. ¿Podrás?

—Ayúdame, David.

—Te voy a ayudar, pero escúchame. ¿Has entendido lo que te he dicho? Si no puedes conducir, voy a buscarte.

—Voy a tu casa. Sí puedo… Estoy bien…

Me abrazo las piernas y apoyo la barbilla sobre las rodillas. No sé cuánto tiempo permanezco así, mirando la pantalla sin verla realmente, hasta que levanto la cabeza.

Ewan sigue de pie en el mismo sitio.

Ya no pasea. No se mueve en absoluto.

Nuestras miradas se encuentran y esta vez ninguno de los dos necesita decir nada. Acabamos de escuchar a mi hermana confesar que ha empujado a su madre. Que Judith ha muerto. Un accidente, ha dicho Elspeth.

Un accidente.

Ewan me mira fijamente, con los ojos muy abiertos. Veo horror, incredulidad, miedo… y, por encima de todo, una necesidad casi desesperada de que esto termine de tener algún sentido.

Bajo la mirada hacia el portátil.

Queda otro archivo, pero no necesito abrirlo para saber cuál es.

Es el que hemos reproducido una y otra vez antes de decidir volver al principio. El que no he conseguido apartar de mi cabeza desde que escuché la voz de David.

Durante unos segundos dejo el dedo suspendido sobre el panel táctil.

Después pulso.

Al principio solo se escucha el ruido amortiguado del coche. Transcurren unos segundos y David empieza a hablar.

No parece dirigirse a nadie.

—Tú me has obligado, Els…

Silencio.

—Joder.

Su respiración llena la grabación.

—Yo no quería matarte. No quería hacerte daño. Pero tú… Tú me has obligado.

Cierro los ojos.

—¿Por qué has tenido que hacer esto? ¿Por qué, Els? Yo te quería. Lo sabes. Sabías que te quería.

Otra pausa.

—Yo no quería matarte… Dios, yo no quería.

La grabación continúa unos segundos más reproduciendo un llanto desgarrador.

Después, silencio.

Y esta vez ya no queda ningún archivo que reproducir.