Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 46 ​​ Ewan
71%

46 ​​ Ewan

Más verdades

Después de reproducirlo tres veces más, ya no queda ninguna duda de lo que hemos escuchado.

No somos capaces de pronunciar una sola palabra. Taylor está tan impactada que se limita a alargar la mano para reproducirlo de nuevo, pero se lo impido y se sobresalta.

El sonido que escapa de su garganta rompe el silencio del salón, acompañado únicamente por el chisporroteo de la chimenea.

Me levanto, tiro de ella y la conduzco hasta la alfombra frente al fuego, donde improviso una especie de colchón con varios cojines. Taylor no dice nada; mantiene la mirada perdida en algún punto y supongo que su cabeza debe de estar trabajando a toda velocidad.

Me siento a su lado y acerco la mesa para colocar el portátil delante de nosotros.

—Vamos a escuchar los archivos desde el principio, sin retroceder, o no seremos capaces de entender nada. Puede que haya algo más. Empecemos por el primero.

Asiente y se abraza a mi cuerpo mientras yo me acomodo de forma que pueda mantenerla junto a mí y, al mismo tiempo, alcanzar el portátil para controlar las grabaciones.

Retrocedo hasta la primera grabación, dos días antes. Hay unas tres horas de audio en total y la primera voz que escuchamos también nos resulta conocida: Fiona.

No tarda en responderle Elspeth.

Taylor se tensa entre mis brazos. Giro la cabeza hacia ella justo a tiempo de ver cómo una lágrima le resbala por la mejilla mientras escucha la voz de su hermana. La abrazo con más fuerza.

—¿Quieres que lo dejemos?

Niega con la cabeza y se seca la lágrima.

—Sigue.

Obedezco. La conversación dura varios minutos y no nos aporta nada importante; solo confirma que Fiona y Elspeth mantenían una relación cercana y cariñosa.

Hablan de cosas cotidianas, Fiona le pregunta si está comiendo bien y Elspeth se ríe antes de asegurarle que ya es mayorcita para cuidarse sola.

Durante los siguientes quince minutos vamos pasando por otras conversaciones igual de irrelevantes. En una aparece David; le reprocha no haberle pasado el número de teléfono de un contacto y Elspeth se disculpa, le dice que no lo tiene a mano y promete buscarlo en cuanto salga del coche.

Después escuchamos una llamada a un supermercado para acordar la entrega de una compra, otra en la que Elspeth protesta en voz alta porque alguien acaba de quitarle un sitio para aparcar.

Nada.

Sigo avanzando.

Otra voz conocida consigue que me detenga.

Es Isla. La grabación es del viernes 21 de agosto, poco después de las nueve de la mañana.

Le pide a Elspeth que, en cuanto llegue al club, se ocupe de un asunto con la reserva de uno de los salones privados.

Elspeth se compromete a hacerlo. Nada importante para nosotros.

Taylor parece haber reaccionado un poco. Sigue pegada a mí, atenta a cada grabación, aunque no consigue permanecer quieta demasiado tiempo: se incorpora cada vez que empieza un archivo nuevo y vuelve a apoyarse en mi hombro cuando comprende que tampoco contiene nada importante.

A medida que avanzamos por las grabaciones del viernes y nos acercamos al sábado, noto cómo vuelve a tensarse.

Yo tampoco puedo evitarlo. Los dos sabemos lo que nos espera al otro lado de esa fecha: la grabación en la que aparece David, la que ya hemos escuchado varias veces y que nos ha dejado así.

Pero todavía estamos en viernes.

Las diez de la noche.

Inicio el siguiente archivo y apenas transcurren unos segundos antes de que una voz me deje paralizado.

Taylor vuelve a incorporarse y me mira, frunciendo el ceño al ver mi expresión.

—Es mi madre.

«¿Es que no te ha quedado claro?», es la primera frase que pronuncia mientras yo no puedo evitar sumarme a Taylor y dejar escapar una lágrima que me apresuro a secar.

—Judith, tenemos que hablar.

—Te dije ayer que no volvieras al club y hoy te has presentado. Yo de ti no volvería.

—No puedo marcharme sin más.

—Elspeth, has llegado demasiado lejos y no te lo voy a consentir. Te contraté para que investigaras alguna anomalía, algo llamativo que mereciera mi atención.

—Me contrataste para que investigara a tus hijos, joder. No lo maquilles tanto. Creías que querían matarte.

—Fue un error, estaba equivocada. En cualquier caso, tu trabajo ha terminado. De hecho, hace tiempo que terminó. Lo único que has hecho es acostarte con Cormag, y eso no estaba en tu contrato. ¿Creías que no me iba a enterar?

—No es como tú lo describes. Yo lo quiero, él me quiere. Estamos enamorados, Judith.

—¿A quién quiere? Veamos qué dice cuando le cuente la verdad.

—¿Contarle la verdad? ¿Tú? ¿Y qué le vas a decir? ¿Que soy detective? ¿Le vas a contar para qué me contrataste?

—Eso es exactamente lo que voy a hacer, querida.

—No puedes hacerlo. Déjame hablar a mí con él. Debo ser yo quien se lo cuente, pero a mi manera. Nos queremos, Judith, y no puedes impedirlo. Es mayorcito para tomar sus decisiones.

—Y las tomará, pero sabiendo la verdad. No voy a permitir que le sigas engañando. Esto ha llegado demasiado lejos.

—Está bien, me largaré. Pero, lo creas o no, he estado trabajando. Tengo algo que mostrarte.

—¿De qué hablas?

—Querías saber si alguno de tus hijos podía hacerte daño. Pues bien, he encontrado algo que deberías ver. Dime cuándo nos vemos. Yo te lo entrego y tú después habla con quien quieras, pero esperaría a verlo.

—Estoy en Skye, no puedo encontrarme contigo.

—Bien, entonces ya me llamarás.

—Espera. Ven tú, ya conoces el camino. Y la casa… Pero no ahora. Es muy tarde. Mejor mañana temprano, muy temprano. A las siete de la mañana, en los jardines. ¿Es demasiado pronto para ti?

—Está bien.

—Te enviaré instrucciones para que sepas por dónde entrar.

—De acuerdo. Nos vemos allí.