45 Taylor
Una verdad
Hemos tardado varias horas en averiguar qué demonios nos hemos traído de Inverness y, para cuando por fin lo hemos conseguido, hace mucho que ha anochecido.
Ha sido un día muy largo…
Esta mañana, al terminar la reunión, Callum ha propuesto continuar por la tarde para avanzar con el reparto, pero Ewan ha dicho que prefería que nos despejáramos unas horas y ha anunciado que quería seguir enseñándome la isla.
Nadie ha puesto ninguna objeción y todos han hecho sus propios planes: Cormag y Callum se han marchado a la destilería e Isla ha aprovechado para ir al club.
Ailsa se ha quedado en la mansión, aunque apenas cuenta; desde de lo ocurrido con Cormag vaga por ella como un fantasma y no parece tener el menor interés en saber qué hacen los demás.
Lo que ninguno sabía entonces era que Ewan y yo acabaríamos cambiando la excursión por Skye por un viaje de casi tres horas hasta Inverness.
Entre la visita a la señora McLeod, la conversación con Fiona, el registro de la casa de Elspeth y el coche, hemos ocupado prácticamente toda la tarde.
Antes de emprender el regreso, Ewan ha avisado de que pasaríamos la noche fuera.
Necesitábamos un lugar donde poder hablar con Colton y averiguar qué contenía el dispositivo sin preocuparnos de que alguno de sus hermanos apareciera en cualquier momento, así que hemos ido directamente a su casa de Broadford.
Nadie nos esperaba para cenar y, por suerte, tampoco hemos tenido que dar más explicaciones.
Lo primero que hemos hecho ha sido enviarle varias fotografías del dispositivo a Colton.
Ha sospechado casi desde el principio que podía tratarse de algún tipo de grabador, pero no ha reconocido el modelo y ha pedido ayuda a Ethan Miller, uno de los informáticos del Departamento, que ha accedido a echarle una mano de manera extraoficial.
Identificarlo y, sobre todo, averiguar cómo acceder a su contenido sin cargarnos nada es lo que nos ha llevado buena parte de las últimas horas.
—Es un grabador profesional activado por voz —nos ha explicado Ethan una vez lo ha identificado—. El modelo tiene unos años, pero en su momento era un equipo de gama alta y costaba una barbaridad.
Después nos ha contado que buena parte de ese precio se debía a la calidad de captación: está diseñado para registrar conversaciones en espacios cerrados y atenuar el ruido constante del entorno para dar prioridad a las voces.
También nos ha explicado que no graba de forma continua.
Cuando detecta una voz, inicia un archivo y registra automáticamente la fecha y la hora; si transcurre más de un minuto sin captar ninguna, lo cierra y no vuelve a activarse hasta detectar otra.
En otras palabras, Elspeth podía utilizarlo para registrar cualquier conversación que tuviera lugar dentro del coche sin necesidad de activar nada cada vez.
También las llamadas que hiciera por el manos libres: el aparato no grababa la comunicación telefónica directamente, sino las voces que se escuchaban dentro del habitáculo, incluida la de la persona que hablaba a través de los altavoces.
Todo lo que se pronunciaba en ese coche quedaba grabado. Y la capacidad es de tres horas, que dan para mucho.
No es, según Ethan, un aparato extraño en determinados trabajos de investigación o vigilancia. Lo curioso es el modelo: profesional, muy caro en su momento y todavía perfectamente funcional, aunque bastante antiguo comparado con los sistemas que se utilizan ahora.
Conseguir acceder a lo que contiene ha sido otra historia.
Ethan nos ha ido dando instrucciones mientras Colton permanecía con él y yo intentaba seguirlas desde el portátil.
Los nervios no han ayudado y, después de equivocarme varias veces, Ewan ha terminado haciéndose cargo.
Ha seguido las indicaciones de Ethan y, finalmente, una lista de archivos ha aparecido en la pantalla.
Y ahora estamos los dos sentados frente al portátil, en el salón de la casa de Ewan, mirando todo lo que ese pequeño aparato ha grabado dentro del coche de mi hermana.
Los archivos aparecen ordenados por fecha y hora, del más reciente al más antiguo.
Ewan abre el último, el más reciente.
Durante unos segundos solo se oye un leve ruido de fondo.
Después, mi propia voz sale por los altavoces.
¿Has mirado debajo de los asientos?
Me quedo inmóvil. Ewan gira la cabeza hacia mí.
Es nuestra conversación de esta tarde. El aparato se ha activado en cuanto hemos empezado a hablar dentro del coche.
Seguimos avanzando entre los archivos. El anterior ha sido muy breve y deducimos que corresponde al registro de la policía.
«No hay nada», «Es del turno de noche» y algún comentario irrelevante, incluido uno sobre la necesidad urgente de ir al baño que nos hace reír.
La última palabra que se escucha, «nada», parece resumir el resultado de la inspección.
Pasamos al anterior archivo datado el sábado, 22 de agosto. A las 14:44 horas.
Es la fecha que nombró la señora McLeod y la hora coincide casi exactamente con la que calculó ella: «las dos y cuarto».
Es el mismo día en que desapareció Elspeth. El mismo en que murió Judith McAverley.
Ewan y yo nos miramos. Me aprieta contra su cuerpo y me besa en la cabeza mientras seguimos escuchando.
La voz nítida de David inunda el salón. Su tono está cargado de angustia, de un desgarro que reconozco incluso antes de comprender sus palabras.
Y, cuando las comprendo, me tambaleo.
Ewan tiene que sujetarme para evitar que acabe en el suelo.
Estoy temblando.
Él también.