42 Taylor
El viaje
—Señora McLeod —le digo en cuanto abre la puerta—. ¿Me recuerda?
Al principio parece dudar, pero su sonrisa deja claro que me ha reconocido.
—Claro, eres Taylor, la amiga de David.
—Buena memoria, señora McLeod.
—Nos presentó el día que volví de mi viaje, hace ocho días exactos.
Joder, qué dominio tiene esta mujer de las fechas. Eso me gusta.
—Exacto, fue hace ocho días. Quería pedirle un pequeño favor, no sé si dispone de un momento.
—Claro, pasa, por favor.
Se ha empeñado en servirme un té y no he podido negarme. No quiero caerle mal. Aquí, si detestas el té, te miran mal y, además, esta mujer puede convertirse en una buena agenda, justo lo que necesito.
Lo único que lamento es que mi doctor inglés tenga que esperar dentro del coche, pero intentaré abreviar.
Antes de empezar hago un cálculo de los días que hace que la conocí, para comprobar si esa precisión es real y, efectivamente, han pasado ocho días. Llegué a Skye el viernes pasado, hoy es jueves y a ella la conocí dos días antes, justo después de la propuesta de Ewan. Ocho días.
Impresionante. Yo a veces no recuerdo qué cené la noche anterior y la señora McLeod podría probablemente reconstruir mi vida por fechas si le diera media hora.
—¿De qué parte del Reino Unido eres?
—Soy americana, si es que lo dice por mi acento.
—Claro, eso lo explica todo.
Tiene intenciones de interrogarme y he venido precisamente a hacer lo contrario, así que debo darme prisa antes de que acabe contándole hasta mi grupo sanguíneo.
—Señora McLeod, necesito que me ayude en algo importante para David.
—Claro, ¿en qué puedo ayudarte?
—Quiero regalarle un viaje, pero me está costando decidir el destino. No quisiera elegir algún sitio en el que haya estado hace poco tiempo. Me acordé de que usted mencionó un viaje cuando nos presentó y pensé que quizá recordaría adónde fue.
—Vaya, lo lamento mucho, pero no lo sé. No lo mencionó.
Mierda.
—¡Oh! —Exagero mi sorpresa, quizá así busque alguna explicación que darme, pero no.
—No lo mencionó —repite.
—Hace muchos días, puede que no se acuerde —la provoco. Si pongo en duda esa memoria de la que parece tan orgullosa, intentará impresionarme.
—Me acuerdo perfectamente y no lo mencionó.
Fue el mismo día que yo me fui a Cornualles.
El sábado veintidós de agosto, sobre las dos y cuarto.
Lo vi salir de su casa con una maleta y fui a saludarlo y a despedirme de él.
Apenas hablamos porque tenía prisa. Solo tuve tiempo de decirle que lamentaba mucho no poder ocuparme de sus pequeños.
La fecha me golpea en el centro del pecho y, durante un instante, tengo que esforzarme para seguir escuchándola con normalidad.
David dijo que Elspeth fue a visitarlo ese sábado por la mañana. No mencionó ningún viaje.
Hay algo que chirría.
Mi cabeza empieza a ir demasiado deprisa y me obligo a frenarla.
—¿Le había hablado de ese viaje?
—No, lo soprendí con la maleta por eso me lo dijo. Seguramente no quiso preocuparme. Él sabía que me marchaba a Cornualles y si me enteraba de que en ese tiempo no podía ocuparme de sus pequeños, me preocuparía.
—Claro, debió ocultárselo por esa razón…
—O quizás fue un viaje de última hora…
—También podría ser…
La manera en que razona esta mujer me deja perpleja. ¿Qué edad tendrá? ¿Ochenta y… muchos?
—Siento no poder ayudarte, Taylor, pero no sé el destino de ese viaje. Debió de ser largo, a juzgar por su maleta. Era bastante grande, no la que utilizaba normalmente cuando se marchaba por trabajo.
Una maleta grande…
Lo guardo en mi memoria junto a la fecha e intento no hacer con ellos lo que mi cabeza está deseando: construir una historia antes de tener las piezas.
—Señora McLeod, no puede decirle nada a David de esta visita, o la sorpresa se estropearía.
—No, claro que no. Cuando me cuente que se va de viaje, fingiré que no sé de qué me habla.
—Será dentro de unas semanas.
Asiente, sonríe y, cuando ya me estoy despidiendo de ella, parece recordar algo.
—¿Por qué no le preguntas a esa chica amiga suya? Creo que se marchó con ella. No sé si la conoces.
—¿Qué chica?
—Elspeth Douglas.
Durante un segundo dejo de oír todo lo demás.
Escuchar el nombre de mi hermana, me envía otro golpe seco en el pecho.
Tengo que pensar con rapidez. Necesito más información. Toda.
—Claro, no lo había pensado. Mi memoria no es tan buena como la suya. No recordaba que se hubieran ido juntos. ¿Cómo lo sabe? ¿La vio a ella?
—No, pero vi su coche. Lo estaba esperando. David metió la maleta dentro.
El aire parece atascarse en algún punto entre mis pulmones y mi garganta.
El coche de Elspeth. ¿Lo estaba esperando?
Necesito más respuestas, pero cada vez resulta más difícil conseguirlas de forma indirecta.
A la mierda. Espero que me conteste.
—¿La vio a ella? Quiero asegurarme antes de preguntarle.
—No, pero era su coche. Lo conozco bien.
—¿No podía ver quién conducía? ¿Estaba lejos?
La señora McLeod frunce ligeramente el ceño, buscando el recuerdo. Por primera vez desde que he entrado, desearía que esa memoria suya fuera todavía mejor.
—No estaba lejos, sino justo enfrente, pero… ahora que lo dices… el que condujo el coche fue él.
—¿Está segura?
—Claro que lo estoy. Era el coche de esa joven lo condujo David y ella no estaba. Quizás se lo prestó.
David. En el coche de Elspeth. El mismo día que desapareció. Con una maleta grande.
Esta vez no consigo decirme que no significa nada.
Le recuerdo de nuevo que nuestra conversación es un secreto y salgo a toda prisa. Necesito aire, ordenar todo lo que acabo de descubrir y, sobre todo, contárselo a mi doctor inglés.