41 Ewan
Una nueva dirección
Esta vez, la reunión ha sido más breve. No ha habido interrupciones ni confesiones y todos parecían más tranquilos.
Cormag ha reconocido que entre Ailsa y él sigue habiendo mucha tensión y que ha dormido en el dormitorio que perteneció a mis padres, el más grande y luminoso de la casa.
Ninguno le hemos preguntado los motivos; los conocemos de sobra.
Ailsa no apareció durante la cena de ayer y, antes de entrar en la reunión, los hemos visto cruzarse en el salón sin dirigirse la palabra.
De hecho, ella no se la ha dirigido a nadie; se ha limitado a atravesarlo y salir al jardín, como si no hubiera más accesos que ese…
—Os aseguro que he pasado mucho miedo. Escuchaba ruidos por todas partes y veía el retrato de papá amenazándome. «No te enfades con Ailsa, las barricas son fundamentales para la destilería» —nos ha dicho de forma muy teatral.
Ha conseguido que nos echemos a reír, sobre todo cuando se ha animado a recrear una conversación absurda con mi padre que dice bastante de la complicada relación que había entre ellos.
—De esas fundamentales barricas me estoy ocupando, hermano. Estoy estudiando otros caminos. No quiero depender de nadie.
Cormag no ha dicho nada, pero creo que, como Isla y yo, ha entendido lo que Callum acababa de ofrecerle: la posibilidad de dejar de sentirse atrapado por aquella estúpida condición que mi padre le impuso.
Lo que haga después con su libertad es cosa suya, pero, después de lo que nos contó, sería bueno que su vida privada y su trabajo dejaran de estar unidos por algo que lo oprime.
Por suerte, el reparto sigue siendo un éxito. Ya queda menos. Hoy les ha tocado el turno a las propiedades: varias casas en Inverness y algunas otras que hemos distribuido entre los cuatro atendiendo, sobre todo, a quién vive o puede hacer uso de ellas.
La mansión es diferente. Esta enorme casa seguirá siendo de todos, para compartirla cuando queramos y venderla cuando nos hartemos, algo que no descarto teniendo en cuenta el coste y el esfuerzo que requiere mantenerla en pie; algo de lo que mi madre se quejaba continuamente.
Pero, de momento, mientras la nostalgia supere a lo práctico, permanecerá abierta para cuando queramos reunirnos en ella.
Solo quedan por repartir los activos, las inversiones externas y la liquidez, que hemos dejado para otro momento. Podríamos haber avanzado hoy, pero el mensaje de Taylor pidiéndome que terminara pronto para reunirnos me ha alarmado lo suficiente como para proponer que lo dejáramos por hoy.
Cuando entro en el dormitorio, la encuentro frente a la ventana. Me acerco rápidamente; su angustia es palpable. La beso con suavidad y la conduzco hasta las butacas.
—¿Qué ocurre?
Cuando por fin se anima a hablar, que no es pronto, empieza con un recorrido por la conversación con Colton y sigue con la de Fiona.
Bien, al que ha nombrado en el mensaje lo deja para el final.
Estoy a punto de pedirle que vaya al grano de una vez, pero dejo que continúe.
Aunque me cuesta. En la clínica me encuentro a menudo con pacientes que, para contarme el verdadero motivo de su visita, necesitan situarme en el lugar y el momento en que aparecieron los síntomas e incluso mezclan otros que no tienen ninguna relación.
No lo soporto, pero con Taylor todo parece molestarme menos.
Hasta ahora no hay nada que me alarme. Los consejos de Colton respecto a David y Fiona me parecen razonables; él es policía. La conversación con Fiona se la podía haber ahorrado, no aporta nada y, cuando por fin parece que le toca el turno al otro, se calla.
—Joder, Taylor, dime de una vez qué es lo que te preocupa.
—Me sirve para hacer un nuevo repaso, uno de los quinientos que he hecho.
—Pues con cuatrocientos noventa y nueve era suficiente. Dispara.
—He hablado con David sobre mi estancia aquí, en la casa. Le he contado algunas anécdotas sobre los jardines y… nada importante, pero…
—Pero…
—Le he dicho que me encantaba esta casa, que era preciosa, que me había enamorado de ella… Ya sabes.
—Sí, que te gusta mucho. Sigue.
—Mis palabras exactas han sido: «Esta casa es fascinante».
—Bien, me alegra saberlo, Taylor. La verdad es que es muy bonita.
—Deja ese tono, Ewan, y escucha. Debes estar atento a lo que él me ha dicho.
—De acuerdo, pero dilo de una vez por todas.
—Ha dicho «Se nota que sois hermanas, ella usó la misma expresión para describir esa casa».
—Bien, a tu hermana también le gustaba. Eso significa que estuvo aquí. ¿Se trata de eso?
—No exactamente. Piensa un poco.
—No le veo nada extraño a que os parezcáis, sois hermanas. Tampoco me parece una expresión tan llamativa. Me fascina… En Escocia también decimos que algo es fascinante.
—Piensa un poco más.
—Estás pesadita con las adivinanzas, pero…
vale. Pienso un poco más. Veamos. Eso solo indica que Elspeth estuvo aquí, pero ya lo sabíamos, ¿no?
No exactamente en la casa, pero el vídeo demuestra que estuvo delante del hotel y, sabiendo que ella y Cormag estaban juntos, no es difícil deducir que pudo traerla aquí.
—David me dijo que Elspeth no le había contado nada: no sabía en qué estaba metida, qué investigaba ni que hubiera estado en Skye. Nada, Ewan. Y ahora resulta que sabe que Elspeth describió esta casa como fascinante.
Nunca habría llegado a esa conclusión, pero ella conoce muchos más detalles que yo.
—¿Quieres decir que se le ha escapado y que sabe más de lo que admitió?
—Sí, eso mismo.
—¿Cómo se le escapa algo así? Es detective. ¿Tan idiota es?
—No es cuestión de ser idiota. Cuando ocultas información tienes que controlar constantemente qué puedes decir, qué no, qué has contado antes y qué sabe la persona que tienes delante.
Eso exige atención. Mientras estamos alerta, solemos medir mucho más lo que decimos; el problema aparece cuando la conversación se alarga, cambia de tema o dejamos de sentir que nos están evaluando.
Entonces ese control puede bajar y una información que para nosotros es completamente normal puede aparecer en la conversación sin que advirtamos que, para el otro, no debería serlo.
—¿Y crees que eso es lo que le ha pasado a David?
—Creo que es una posibilidad. No puedo decir que esté mintiendo solo por una frase, eso sería absurdo.
Pero sí puedo decir que hay una incongruencia objetiva: aseguró que no sabía que Elspeth había estado en Skye y ahora demuestra conocer algo que ella dijo específicamente sobre esta casa. Eso significa que oculta algo.
—Joder.
—Yo no lo estaba interrogando. Ni siquiera hablábamos de la investigación. Estábamos charlando de la casa, los jardines, mi estancia aquí… Ha bajado la guardia. Estoy segura, Ewan.
—La verdad es que es muy extraño. No tiene sentido que sepa eso si nunca había hablado con Elspeth de este lugar. Aunque mencionaste algo de las antenas de su móvil.
—La sitúan en una zona amplia de la isla, pero eso era todo lo que sabían cuando yo llegué a Inverness.
—Entonces no encaja, aunque podría haber alguna explicación.
—Y… hay algo más. Algo que no deja de taladrarme la cabeza. Sé que significa algo.
—¿Ha dicho algo más?
—Él no. Lo dijo la señora McLeod.
—¿Quién es?
—La vecina de David. Una anciana encantadora.
—¿Conoces a sus vecinas?
—La conocí el día que hablé con él en su casa.
Al salir, nos encontramos con ella y David me la presentó.
Dijo algo que entonces no me llamó la atención, pero debió de quedarse ahí, en algún rincón de mi cabeza, porque ahora, dándole vueltas a todo lo relacionado con David, lo he recordado. Le preguntó por un viaje.
—¿Qué viaje?
—Uno que supuestamente había hecho David. La señora McLeod acababa de regresar del suyo y dijo varias veces que había estado fuera treinta y ocho días.
—Taylor, juro que me estoy esforzando, pero ahora aparece una vecina, un viaje…
—Espera. Ella le preguntó a David cómo le había ido el suyo porque, según dijo, se habían marchado en la misma fecha. Al principio él pareció no saber de qué hablaba; después dijo recordarlo y le quitó importancia.
—Vale…
—He pensado en la fecha en que fui a casa de David y he restado esos treinta y ocho días. Es el día que desapareció Elspeth.
—Ahora lo entiendo.
—Y David nunca me ha hablado de ningún viaje. Ni Fiona lo mencionó. Cuando la señora McLeod se lo recordó, además, su primera reacción fue de desconcierto.
—Puede haber mil explicaciones, Taylor.
—Lo sé. Pero ahora tengo una frase que demuestra que sabía más sobre Elspeth y esta casa de lo que admitió y, además, un viaje que aparentemente comenzó el mismo día que ella desapareció. Por separado pueden no significar nada. Juntas, necesito comprobarlas.
—¿Cómo?
—Quiero ir a Inverness. Hablar con la señora McLeod, averiguar qué recuerda exactamente de ese día y de ese supuesto viaje. También quiero volver a casa de Elspeth y registrarlo todo de nuevo.
—¿Y qué pretendes encontrar?
—No lo sé. Por eso tengo que ir.
—Taylor…
—Y quiero que me acompañes.