38 Ewan
Demasiadas verdades
Me atrevería a decir que todos contenemos la respiración cuando la vemos entrar por la puerta. Yo, aparte de maldecir el momento que ha elegido para hacerlo, también temo en qué puede convertirse esta reunión.
Cormag no dice nada, ni siquiera gesticula. Puede que lo haya sorprendido su interrupción, pero también que esté frustrado después de escuchar cómo Callum ha desmontado en pocas palabras los escasos argumentos con los que su mujer intentó defenderse.
Sin duda, Ailsa ha elegido un mal momento.
Callum la mira fijamente, pero tampoco reacciona. Isla busca mis ojos y me da una pequeña patada por debajo de la mesa.
El tono de Ailsa no es precisamente el de alguien que pretende llegar a un entendimiento; suena altivo, desafiante, aunque quizás solo sean los nervios.
Callum se levanta y camina lentamente hacia ella. Puede que se lance a estrangularla y tengamos que intervenir, aunque, conociéndolo, apostaría a que le bastarán dos palabras para despachar el asunto.
—Sí, podemos seguir así y… es justo lo que va a pasar, Ailsa MacKinnon. Y deberías estar agradecida. Créeme, es lo mejor para ti. Ahora deberías salir por esa puerta y dejar que los McAverley sigamos con nuestra reunión privada. ¿Te acompaño?
Más que la carga de las palabras, que también, y más que esa forma deliberada de utilizar su apellido de soltera para dejar clara su posición en la familia, creo que es el tono lo que consigue que Ailsa no replique.
Quizás también esa amenaza apenas velada con la que Callum le advierte que más le vale conformarse con que siga ignorándola en lugar de empezar a hablar.
Algo así como «mejor calladitos, como hasta ahora, o esto va a convertirse en una batalla que traerá consecuencias».
—Cormag… —dice, mirándolo con dureza—. ¿Te parece bien que salga de esta sala sin hablar con él como pretendía?
—Ailsa, creo que es tarde para pedirme opinión sobre cómo actuar con respecto a Callum. Toma tus decisiones, como has hecho hasta ahora.
La sentencia me duele hasta a mí, pero creo que Ailsa ha arriesgado demasiado.
—Tienes razón, Callum. Mejor así. Te deseo lo mejor, especialmente que acabes estando en paz con tu conciencia.
Joder, esto mejora por momentos.
Callum se dirige a la puerta y sujeta el pomo. Es una invitación bastante sutil a que se largue.
Ailsa no espera a que la verbalice y sale por ella, erguida, altiva, casi triunfante. Seguramente se estará diciendo: «Yo lo he intentado. Que le den».
Callum vuelve a su asiento mientras yo no dejo de preguntarme qué va a ocurrir ahora.
—Podíais haberle dicho lo que pensabais —suelta Cormag con tono robótico—. Era una oportunidad. Quizás lo de poner las cartas sobre la mesa…
—Cormag —lo interrumpe Callum—, quizás no te has dado cuenta de que lo han hecho por ti. Podían haber dicho muchas cosas, especialmente Isla, que no suele tener filtros, pero es mejor así. ¿Me equivoco, chicos?
—No —dice Isla.
—No —añado yo.
—Y, en cierto modo —empieza a decir Callum—, yo también lo he hecho por ti.
Dejemos las cosas como están. No voy a tener una relación cordial con Ailsa porque no puedo, pero es tu mujer y no voy a empezar una batalla a estas alturas.
Opté por callar; puede que acertara o que me equivocara, pero actué como pude en aquel momento.
Me comprometo a dejar de hacer esos comentarios que te incomodan, pero no me pidas que hable con ella ni que finja algo que no siento.
—No iba a pedírtelo.
—Entonces demos carpetazo a esto de una vez. Os lo conté porque quise colaborar en esta genial idea de Ewan de limpiar mierda. Bien, pues una mierda menos. Pero todo sigue igual.
—Para mí, no… —Cormag baja la mirada—. Hay muchas cosas que no sabéis, muchas que… No sé qué me pasa. No sé si es esta maldita idea de sacar la mierda o la discusión con Ailsa, pero siento como si de repente todo lo que llevo encima me estuviera dejando sin fuerzas.
Ahora. Esta es mi oportunidad.
—Pues habla, Cormag. Antes de que entrara Ailsa nos has dejado bastante impactados con lo de Kenna. Has dicho que se fue por tu culpa, que no fue mamá quien provocó que se marchara.
Cormag se levanta y vuelve a pasear por el salón.
—Es una historia jodida y no quiero seguir callándome, joder. Empieza con papá.
Callum nos mira y se pone en pie.
—¿Un whisky? —pregunta, acercándose a la mesa de las bebidas y levantando una botella—. ¿Qué tal este? El favorito de papá.
—¿Vamos a necesitarlo, Cormag?
—No nos vendrá mal —admite mientras vuelve a sentarse.
Isla se encoge de hombros.
—¿Qué pasa con papá, Cormag? Empieza de una vez.
Callum nos sirve un whisky a cada uno y nadie se anima a tocarlo, ni siquiera él, pero tenerlo cerca supongo que ayuda.
—Cuando Alastair y papá se separaron, la destilería sufrió un revés importante, lo sabéis.
Aún no nos habíamos recuperado de las pérdidas que provocó el incendio del almacén y aquella ruptura terminó de ahogarnos.
Para seguir adelante necesitábamos la exclusividad de las barricas de McKinnon; solo así podíamos aplastar a esa empresa irlandesa que nos estaba perjudicando tanto.
Isla y Callum saben de qué habla; yo intento entenderlo, pero no lo interrumpo. Sé que la destilería sufrió pérdidas importantes y que, cuando dice McKinnon, se refiere a la empresa de la familia de Ailsa.
—Esa exclusividad era nuestra única baza, nuestra salvación.
Papá me dijo que dependía de mí. Sus negociaciones con McKinnon no avanzaban, pero había una posibilidad de que lo hicieran.
El padre de Ailsa, William McKinnon, mi actual suegro, le insinuó a papá que su felicidad no estaba en el dinero, sino en ver feliz a su hija.
Y su hija sería feliz si volvía conmigo porque seguía enamorada de mí.
Esas fueron sus palabras. Papá las maquilló, supongo, y desconozco cómo se planteó realmente todo, pero durante días se derrumbó delante de mí y me pidió ayuda.
Está claro lo que me estaba pidiendo, ¿no?
—¿Papá te pidió que volvieras con Ailsa para conseguir un acuerdo con su padre? —pregunta Isla, poniendo voz a lo que todos debemos de estar pensando.
—Sí. Y… ahorrémonos los detalles. Acepté. Ailsa me gustaba, éramos amigos, ya habíamos salido antes y yo estaba desesperado por impulsar la empresa. No era mi sueño, pero podía hacerlo.
—Claro —interviene Callum—. Podías hacerlo porque papá te ayudó con esa manipulación que tan bien dominaba.
—Ahora puedo verlo así, pero entonces me creí un héroe.
Me acerqué a Ailsa, volvimos a salir y el acuerdo de exclusividad se firmó.
Los resultados llegaron solo cuatro meses después y, desde entonces, no hubo problemas.
Papá murió poco después y nos centramos en seguir recogiendo los frutos del acuerdo y también en lidiar con la dichosa decisión de mamá de ponerse al frente, pero conseguimos salvar la destilería.
—¿Y seguiste con Ailsa?
—Es que no estaba mal con ella, ni siquiera me planteé dejarla. Mucho menos en aquel momento. Todo era bastante caótico, si conseguís recordar la época de la que hablo.
—Joder —murmura Callum antes de dar un largo trago.
—Decidimos casarnos, pusimos fecha y todo iba bien hasta que conocí a Kenna. Me cayó muy bien desde el principio y poco a poco me fue cautivando. Me fascinaba cómo me hacía sentir: vivo, ilusionado. Me enamoré de ella de una forma que ni siquiera sabía que podía existir.
Empiezo a sudar. Imagino que esto puede acabar muy mal, que todavía queda alguna revelación capaz de hacerlo saltar todo por los aires. No dejo de pensar en Taylor mientras lo escucho y eso me provoca una presión en el pecho que me cuesta controlar.
—Tú y Kenna… —dice Isla—. Nunca lo habría imaginado.
Después me mira.
—Te dije que yo no tuve nada con ella y no me creíste —me defiendo tontamente, como si eso fuera importante ahora.
—Salimos durante todo el tiempo que estuvo en el club. Nos veíamos a escondidas, en una casa que alquilé en Inverness. Joder, estaba loco por ella.
—Ella conocía tu compromiso con Ailsa… —dice Isla.
—Sí, y también la fecha de la boda, que ya estaba fijada cuando la conocí, pero le dije que iba a dejarla.
Y es lo que pretendía hacer, os lo aseguro, aunque perdí demasiado tiempo reuniendo el valor.
Quería hablar primero con mamá, contárselo, y después hacerlo con Ailsa.
Me partía en dos pensar en el daño que iba a hacerle.
Sabía que mi decisión iba a destrozarla y que también tendría consecuencias para la empresa, pero estaba dispuesto.
—¿Mamá conocía los motivos por los que volviste con Ailsa?
—No. Ella no sabía nada. Papá me hizo jurar que jamás se enteraría; decía que eso la destrozaría, que no entendía de negocios y no lo comprendería… Mil razones para que me callara.
—Sigue, por favor —le pido al verlo tan hundido y temiendo que deje aquí su relato.
—Iba a contárselo a mamá aquel fin de semana, cuando nos reunimos aquí, el fin de semana que murió.
No tuve tiempo. En cualquier caso, habría seguido con mis planes, pero algo cambió.
Intenté contactar con Kenna, fui al club, pero se había marchado.
Tal y como ha contado Isla, se fue sin decir nada.
Hace una pausa.
—Dejó de creer que yo fuera a cancelar la boda. No sabía que aquel fin de semana estaba dispuesto a hacerlo. Se fue y la perdí. Esperé demasiado, fui un cobarde y la perdí.
—¿No volviste a hablar con ella? —pregunto, sabiendo que esta es la cuestión más importante.
—No. No atendía mis llamadas ni mis mensajes. Nada. No hubo manera. Creo que cambió de teléfono porque el suyo dejó de estar operativo.
Eso me llama la atención. Taylor me dijo que en el registro de llamadas del teléfono de Elspeth no encontraron nada. Eso confirma que había otro teléfono, tal y como ella afirmó.
—Yo tampoco pude hablar con ella —añade Isla.
—¿Y después de eso decidiste seguir adelante con la boda? —pregunta Callum.
—Mamá había muerto, ella no estaba y yo no soportaba la idea de hacerle daño a Ailsa. Decidí seguir adelante. Como ha dicho Callum, hice lo que fui capaz de hacer.
Esta vez nadie habla durante cinco minutos. Cinco putos largos minutos.
—¿Y me recriminas a mí que no te contara lo de Ailsa? —suelta Callum.
Cormag asiente.
—Papá me hizo jurar que debía mantenerte al margen, que era mi decisión y nadie la entendería.
—No, está claro que, de haberlo sabido, habría intentado que entraras en razón, porque lo que me has contado parece una historia de la Edad Media.
—Es una locura —añade Isla.
—Lo sé.
—¿Y ahora qué? ¿Ha cambiado algo, Cormag? —pregunto.
Cormag me mira durante unos segundos, pero no responde.
Me recuesto en el sillón y los observo. Hace apenas dos días, sentarnos alrededor de esta mesa para hablar de la herencia parecía una idea bastante sencilla: repartir lo que mamá nos había dejado, corregir lo que creíamos que había hecho mal y seguir adelante.
Ahora sabemos que papá manipuló a Cormag para salvar la destilería, que nuestra madre se acostó con nuestro tío para vengarse de él, que Isla fue infiel a Harry, que Callum también lo fue a Madison, que Ailsa intervino en aquella historia y que Cormag llevaba meses enamorado de otra mujer mientras preparaba su boda.
Esa mujer no es una desconocida, sino la hermana de Taylor, la mujer a la que yo mismo he metido en esta casa haciendo creer a todos que es mi novia.
Joder.
Es imposible que todo esto acabe bien.
Y ni siquiera sabemos qué coño le ha ocurrido a Elspeth Douglas.