Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 36 ​​ Taylor
55%

36 ​​ Taylor

Skye y un nuevo día

Recorrer estos paisajes a su lado es un lujo con el que no contaba, igual que tampoco esperaba que la reunión de los hermanos se aplazara hasta esta tarde y nos regalara unas horas libres.

Mi nuevo escocés ha decidido aprovecharlas para mostrarme una pequeña parte de su isla y sigo sin palabras después de varias horas recorriendo carreteras estrechas entre montañas, praderas de un verde casi cegador y pequeños pueblos que en Nueva York apenas tendrían la categoría de calle.

No hemos ido demasiado lejos. Ewan conoce la isla lo suficiente para saber dónde detenerse, qué carretera tomar y en qué punto merece la pena aparcar el coche y caminar un rato.

Hemos visto el mar aparecer entre unas montañas, una playa escondida entre unas rocas y paisajes tan espectaculares que simplemente me he quedado mirando con la boca abierta mientras él esperaba con esa expresión satisfecha de quien sabe perfectamente el efecto que está consiguiendo.

Ahora estamos frente a un lago rodeado de montañas, con un castillo asomando junto al agua. Las nubes han dado una tregua y algunos claros dejan pasar el sol, ese bendito sol que apenas aparece, pero que cuando lo hace lo ilumina todo como si se tratara de una postal.

Y joder, es precioso.

Para alguien que se ha criado en Nueva York resulta difícil imaginar una vida aquí.

Las distancias, el silencio, esas carreteras en las que puedes avanzar durante un buen rato sin cruzarte con casi nadie, la sensación de mirar alrededor y no encontrar edificios, taxis ni cientos de personas caminando deprisa hacia alguna parte. Es otro mundo.

Pero entonces pienso en Nueva York, en el tráfico, el ruido constante, las prisas, la gente corriendo para llegar a sitios en los que probablemente tampoco quiere estar, y empiezo a entender algo que hasta ahora siempre me había costado.

Mi madre.

Ella, en un momento de su vida, cambió todo aquello por esto. Hasta hoy me había resultado difícil comprender que pudiera hacerlo; ahora, contemplando este paisaje, ya no tanto.

Claro que no fue el paisaje lo que consiguió que se quedara.

Fue un escocés.

Giro la cabeza hacia Ewan casi por instinto.

Él sigue mirando el lago, completamente ajeno al pequeño cortocircuito que acaba de producirse en mi cerebro.

No.

No, no, no.

Vuelvo la vista hacia el castillo.

Mucho mejor.

—¿En qué piensas? —le pregunto mientras observo cómo recorre mi mano con un dedo.

—En este lugar. En Las Highlands… Mi tierra, Taylor. Mis montañas, mis lagos, mi paz, mis raíces, mis antepasados… Todo eso cabe en este precioso lugar.

Lo miro sorprendida, pero no está bromeando. Lo siente de verdad.

—Nueva York… Mi tráfico, mi ruido, mi gente por todas partes, mi apartamento con vistas a otro edificio, mis raíces, mis antepasados… mis hamburguesas…

Se echa a reír.

—Tal y como lo describes, resulta espeluznante.

—Lo es, pero es mi espeluznante y maravillosa tierra.

—Eres escocesa. Naciste aquí.

—¿Lo dices por lo mucho que amo vuestra espantosa gastronomía, por ese té horroroso que tomáis, por mi acento…?

—Me encanta tu acento. Esa forma rápida de hablar, de abreviarlo todo, de pronunciar el inglés con prisas…

—Y a mí esa forma desesperantemente clasista que tenéis de hablar, como si quisierais ganar un concurso de vocalización.

Me mira meneando la cabeza.

—¿De quién era la foto que me enseñaste pretendiendo que creyera que era Elspeth?

No me puedo creer que cambie de tema así.

—He olvidado decirte, orgulloso de las Highlands, que en Nueva York tenemos infinidad de palabras, aparte de hablar con prisa, que nos sirven para cambiar de tema.

Nexos que nos conducen de un asunto a otro sin que parezca que lo que estábamos hablando antes te importa una mierda y has decidido llevar la conversación hacia otro lado…

—Deja de quejarte y dime quién era la de la foto. No estarás jugando otra vez a no contestar…

—De una paciente. Y en adelante utiliza alguna transición, porque, de lo contrario…

—Me mandarás a la mierda… Entendido.

—Me alegra.

—¿No tenías más a mano la de una amiga?

—No tengo amigas. Mi mejor amigo es un hombre y su foto no me servía. Colton, ya te he hablado de él.

—El policía…

—Ese mismo.

Le hablé de él anoche, de madrugada, en alguno de los muchos momentos que dedicamos a algo que no fuera follar o dormir.

Es que la noche ha sido muy larga…

Ni siquiera bajamos a cenar. Mi doctor inglés dijo que yo tenía una jaqueca terrible y le pidió a Emma que nos excusara con sus hermanos. Para ser médico no tuvo más recursos que una jaqueca y, en cuanto a lo de excusarnos… tienen unos modales tan exquisitos que a veces me hacen reír.

Esta mañana he tenido que contestar a varias preguntas sobre mi supuesto dolor de cabeza, pero mis ojeras han reforzado bastante bien la mentira.

Anoche le hablé de Colton, de mi trabajo, de Fiona y de David. No me dejé nada. Incluso le conté las reticencias de mi madre a que me inmiscuyera en un pasado que le trae recuerdos dolorosos.

También sabe que he hablado varias veces con ella y con mi padre y que ambos parecen convencidos de que estoy bien y de que esta búsqueda de Elspeth está siendo tranquila y, por el momento, infructuosa. Lo que no saben es lo de mi infiltración; no se me ocurriría contárselo jamás.

Ewan también me habló de su vida.

De su infancia, de su padre, estricto y frío, y de las últimas confesiones de Isla y Callum. De sus infidelidades y del precio que ambos acabaron pagando por ellas, especialmente Callum, que sigue cargando con lo ocurrido aquella noche. También me contó todo lo relacionado con Ailsa y Madison.

La actitud de Ailsa me resulta difícil de interpretar. No era amiga de Madison y, aun así, decidió intervenir en su relación para contarle lo que sabía sobre Callum, pero al mismo tiempo se aseguró de que su nombre quedara fuera de aquello.

Hemos convenido seguir investigando. Mi doctor me dijo que entendía lo que había hecho para encontrar a mi hermana, aunque él haya sido uno de los principales perjudicados por todas las mentiras que le hice creer.

—No tengo muy claro que vayamos a conseguir información que me ayude a saber si mi madre tenía motivos reales para sospechar que alguien intentaba hacerle daño, pero quizá podamos averiguar algo sobre tu hermana. ¿Qué tenemos? —Es lo que me ha dicho.

—Tenemos el contrato con tu madre. Tenemos la certeza de que se infiltró en el club como recepcionista, pero no sabemos cómo consiguió el puesto, si tu madre lo preparó, si Isla la contrató sin saber quién era realmente…

Tampoco sabemos por qué se marchó del club ni la fecha exacta en que lo hizo.

Sin embargo, sabemos la fecha en que dio las últimas señales de vida. Tenemos poco.

—Esa fecha corresponde con la muerte de mi madre, ¿cierto?

—Cierto.

—Y la fecha en que se casó Cormag, estaba señalada en su agenda. ¿Cierto?

—Cierto.

—No tenemos mucho, así que vamos a averiguar más.

Con esa contundencia y el beso que vino después parece que hemos sellado algo.

Ayer, a pesar de lo mucho que hablamos de todo este asunto, todavía parecía faltar algo. Hoy ya no.

—¿Qué sabes de Cormag? —le pregunto al recordar que es el único al que no he visto esta mañana, el único que no se ha interesado por mi jaqueca.

—Isla me ha dicho que ayer, después de la reunión, los oyó discutir y que luego salieron y volvieron tarde. Esta mañana Cormag se ha acercado a la destilería. Todavía no se ha pronunciado.

—¿La crees capaz de hacer algo así?

—Sé que Callum hablaba con seguridad. Lo conozco. Y… si te soy sincero, apenas conozco a la Ailsa de ahora. Traté mucho más con ella durante su primera etapa con Cormag.

—¿Primera etapa?

—Salieron cuando estaban en la universidad.

Después lo dejaron y mantuvieron el contacto, fueron amigos.

Hace dos años retomaron la relación, pero durante esta última etapa apenas he tratado con ella.

La Ailsa de la universidad siempre me pareció una persona excesivamente insegura, pero nunca habría dicho que fuera capaz de irle con el cuento a Madison cuando ni siquiera las unía una amistad.

—¿A qué se dedica Ailsa? Todavía no lo sé.

—Ni tú ni nadie.

—¿Has dicho que se conocieron en la universidad?

—Sí. Estudió Derecho, pero no terminó la carrera. A veces se deja caer por la empresa de su padre, aunque nunca he sabido muy bien qué hace allí.

—¿Y a qué se dedica su padre?

—Tiene una empresa dedicada a la fabricación y suministro de barricas para whisky.

Es una de las más importantes del Reino Unido y fabrica unas barricas especiales que no produce nadie más.

Los McAverley las utilizamos desde hace décadas para uno de nuestros whiskies, la joya de la destilería.

Sin esas barricas podríamos seguir produciendo whisky, evidentemente, pero no ese.

Al menos no con las características que lo han convertido en nuestro producto más importante.

Me llama la atención que hable de la destilería con tanta propiedad, como si él formara parte de ella. Forma parte de su educación. La destilería siempre ha sido uno más de la familia.

—Así que dependéis de ellos.

—Se puede decir que sí, que necesitamos esas barricas, pero siempre ha habido una buena relación entre las dos empresas. Negocios, al fin y al cabo.

—Entonces se han unido dos «imperios» en ese matrimonio.

—Tanto como imperio…, pero sí, podría decirse que sí. Aunque nunca lo había planteado de esa manera.

Me hace gracia. Se nota el mundo en el que se ha criado. Dos familias con empresas millonarias se unen mediante un matrimonio y él ni siquiera se había parado a pensarlo. Supongo que, cuando eres un McAverley, estas cosas pasan un martes cualquiera.

—¿Cómo se enteró Ailsa de lo de Callum?

—Callum no lo sabe. Y… Isla cree que puede averiguarlo. Quizá nos diga algo.

—Me encanta tu familia.

—Infieles por naturaleza. ¿No fue eso lo que te dijo Ailsa?

—Eso mismo.

—Menos yo.

—¿Tú sales de la ecuación?

—Sí, yo soy fiel. El problema es que nunca me he enamorado de nadie ni he tenido una relación seria, así que quizá eso cambie.

—Pues no te enamores, doctor inglés —le digo mientras me levanto, harta ya de estar sentada sobre una roca.

—Llegas tarde, licenciada en Psicología.

—Doctora en Psicología, listillo.

—Guau… Impresionado. —Se levanta detrás de mí—. ¿Qué quieres decir con que no me enamore?

—Que no lo hagas. Yo no pienso hacerlo.

—Eh… Un momento. Detente. Esto hay que hablarlo. ¿Y qué piensas hacer conmigo?

Sigo caminando mientras me echo a reír.

—Taylor…

No me detengo, pero el highlander orgulloso de sus raíces me alcanza enseguida, me rodea con los brazos y me obliga a volverme hacia él.

Yo ahora soy pura mantequilla después de escucharle decir que mi consejo sobre que no se enamore ha llegado tarde.

—Te he hecho una pregunta.

—Y yo he decidido no contestarla.

—Eso no funciona así.

—En Nueva York sí.

—Estamos en Escocia.

—En la isla de Skye, en las Highlands escocesas, concretamente en las Hébridas Interiores, frente a la costa oeste de Escocia y rodeados por el Atlántico, el mar de las Hébridas y un montón de agua con nombres que todavía no controlo.

Y, si quieres que sea más precisa, ahora mismo estamos delante de un lago, con un castillo, varias montañas, kilómetros de verde y probablemente más ovejas que personas en un radio de…

Me besa.

—No me impresionas, Taylor Stone… Sé dónde estamos, lo importante es que lo sepas tú —me dice sonriendo.

Y… aunque me gustaría decirle que sí, no lo hago.

Sé dónde piso en este momento, pero no dónde me estoy metiendo.

Y eso me produce pavor.