35 Taylor
Perder el juicio
—Elspeth es tu hermana… Elspeth Douglas es tu hermana —repite, levantándose y dirigiéndose de nuevo a la ventana.
Espero.
Vuelve poco después y se sienta de nuevo.
—¿Qué significa que ha desaparecido?
—Le dijo a su compañero, el hombre con el que has tratado en la agencia, que iba a infiltrarse en un caso, pero no ha vuelto a dar señales de vida.
Durante un buen rato lo pongo al corriente de las circunstancias de su desaparición: la policía, Fiona, David, el viaje que teníamos planeado a Nueva York, las antenas de su móvil…
Le hablo también del vídeo que me envió y se lo muestro: Elspeth aseguraba estar feliz, enamorada, y al fondo aparecía el hotel de su familia. Le aclaro que fue ese detalle el que me trajo hasta Skye.
Y termino enlazándolo todo con su llamada a la agencia, el descubrimiento de que su madre había contratado a Elspeth, mi decisión de quedar con él a escondidas y el empeño por convencer a David y a Fiona de que me permitieran infiltrarme en su familia.
También le explico que, de momento, decidimos mantener a la policía al margen de ese último descubrimiento para poder investigar por nuestra cuenta.
Todo.
No me dejo nada. Ni siquiera me detengo a pensar si debería ser prudente con alguna información.
Me escucha sin apenas interrumpirme y, cuando termino, es él quien continúa.
—Kenna estuvo unos meses trabajando en el club. En recepción. Se encargaba de recibir a los socios y atenderlos. Isla estaba contenta con ella y no recuerdo que hubiera ningún problema hasta que…
—Hasta que… —repito, esperando que por fin aparezca algo de luz.
—Hasta que un día fui al club y no la vi. Le pregunté a Isla y me dijo que ya no trabajaba allí, que se había marchado. No me contó más y yo tampoco pregunté.
—¿Cuándo fue eso?
—Poco después de morir mi madre. Una semana, quizá. No mucho más, pero hacía días que ya no estaba.
—¿Te sorprendió?
—Un poco, sí. Solía hablar con ella y sé que tenía muy buena relación con Isla, pero mi madre acababa de morir y todos estábamos bastante descolocados.
Tampoco insistí porque Isla siempre nos reñía si hablábamos demasiado con alguna de las personas que trabajaban allí. No quería que hubiera nada más.
—¿Nada más?
—Que nos liáramos con alguien del club.
—¿Y… tú y ella…?
—No. Nada de eso. Me refiero a que, si hubiera preguntado más, seguramente habría acabado discutiendo con Isla porque habría pensado que tenía demasiado interés. A Callum lo tiene amargado con eso.
Vaya. Al parecer, los McAverley son un problema para Isla cuando se acercan demasiado a sus empleadas.
Ewan guarda silencio. Está muy pensativo y no parece tener intención de añadir nada más, aunque sospecho que tampoco sabe mucho más.
Me levanto despacio.
—En cuanto al contrato…
—No quiero hablar de eso, Taylor —me corta con una frialdad que me produce escalofríos.
Lo observo unos segundos.
—Voy a hacer la maleta.
—Bien.
Ese «bien» me atraviesa el alma y el cerebro y destruye las pocas esperanzas que tenía de que me pidiera que me quedara.
Porque ahora sí soy consciente de lo que significa marcharme. No solo se acaba esto con él; también pierdo la única pista real que he encontrado sobre Elspeth.
Salgo del dormitorio aturdida y regreso al mío. No tengo tiempo para derrumbarme más de lo que ya estoy; debo darme prisa. No quiero exponerme a que vuelva a pedirme que me marche de una forma clara y directa.
Encuentro la maleta, aunque me cuesta. Las dimensiones del dormitorio y mi estado de ánimo no ayudan demasiado.
Sigo mirando hacia la puerta con una esperanza que me asusta.
¿Debería intentar algo? ¿Debería despedirme? ¿Pedirle que me permita seguir indagando en la vida de sus hermanos para encontrar algo que me lleve hasta Elspeth?
La última pregunta me devuelve a la realidad. Es esa descabellada posibilidad la que consigue que empiece a colocar prendas en el interior de la maleta. No hay otra opción.
Todo lo que se construye sobre mentiras acaba por desmoronarse. Es casi imposible que no aparezca alguna torpeza, algún error, una contradicción… Y entonces llegan las grietas. En esta rocambolesca historia, además, los cimientos eran demasiado endebles para aguantar mucho tiempo.
Un simple beso sobre una foto lo ha desencadenado todo. Seguir manteniendo la mentira habría sido absurdo, limitarme a alargar la agonía de algo condenado a caer tarde o temprano.
Conocía ese riesgo. Con lo que no contaba era con que se añadiera otro elemento, uno que ahora me hace desear con todas mis fuerzas que esa puerta se abra…
Y se abre media hora después.
Me quedo inmóvil, con una camiseta entre las manos.
El que entra es el heredero que conocí, el highlander, el escocés arrogante.
Lo hace despacio y cierra la puerta a su espalda, pero no dice nada.
Durante unos segundos nos limitamos a mirarnos desde los dos extremos del dormitorio y tengo la certeza de que todo lo que acaba de pasar sigue aquí, entre nosotros: mis mentiras, Elspeth, su familia, su enfado y ese «bien» que todavía me escuece.
No sé qué expresión tengo yo, pero la suya tampoco me ayuda demasiado.
Se acerca sin apartar los ojos de mí y, cuando llega junto a la cama, baja la mirada hacia la maleta abierta. Ya está casi llena. Después mira la camiseta que todavía tengo entre las manos, me la quita despacio y la deja sobre la cama.
—¿Psicóloga?
Asiento.
—Entonces ayúdame a entender por qué he venido a pedirte que te quedes.
No respondo. Confieso que estoy temblando por dentro y haciendo un esfuerzo enorme por mantenerme inmóvil, inexpresiva. No quiero que sepa que esas palabras, aun sin explicación, me han provocado tal alivio que sonreiría y expulsaría de golpe todo el aire que llevo conteniendo desde que ha entrado.
—Debe de haber una explicación para que quiera pedirte que te quedes después de descubrir tantas mentiras. Ayúdame a entenderlo.
—Puede que mi relato te haya conmovido.
—Quizá. No negaré que admiro lo que has estado dispuesta a hacer para encontrar a tu hermana, pero no es suficiente.
—Quizá el hecho de conocer a Elspeth te ha conmovido.
—No la conocí hasta ese punto. Tiene que haber algo más.
—Quizá quieres que te ayude a seguir investigando lo de tu madre.
—No es suficiente. Esa posibilidad cada vez pierde más fuerza.
—Pues no se me ocurren más.
—Vaya psicóloga que estás hecha… ¿No se te ocurre ninguna explicación para que haya entrado aquí dispuesto a pedirte que no te vayas?
—Quizá has perdido el juicio.
—Quizá podría estar enamorándome de ti.
Trago saliva.
—Eso y perder el juicio es prácticamente lo mismo.
Se echa a reír y vuelvo a ver esa segunda versión de él.
Después se acerca y me besa.
No es un beso prudente ni especialmente reflexivo, no el de un hombre que ha tenido media hora para pensar y ha venido dispuesto a proponerme algo que se contradice con toda lógica. Es intenso, urgente, y durante unos segundos me olvido de la maleta, de Elspeth y hasta de respirar.
Le sujeto la camisa por el cuello y respondo con las mismas ganas.
—Quédate. Te ayudaré a buscar lo que sea que podamos encontrar aquí.
—Pues me quedo —respondo, consiguiendo que se eche a reír de nuevo.
Vuelve a besarme.
—De todo lo que me has contado, lo que más me ha impactado es que… vivas en Nueva York. Eso me ha jodido bastante.
Esta vez soy yo la que se echa a reír y la que lo vuelvo a besar.
La maleta acaba desplazada a un lado cuando nos sentamos en el borde de la cama sin separarnos del todo. Me acaricia las mejillas, aparta un mechón rebelde que me cubre parte de la cara y se queda mirándome de esa forma que… consigue que yo también pierda el juicio.
Me desnuda lentamente mientras aparta la maleta de una patada y despeja la amplia cama para que pueda tumbarme sobre ella.
Me libera de cada prenda mientras yo acompaño sus movimientos. Mi espalda se curva, mis piernas dibujan una onda en el aire y quedo completamente expuesta a una mirada que me recorre de arriba abajo como si tuviera delante una estatua sagrada.
Me cubre de besos y caricias. Sus manos, su boca, sus dientes…
Me quemo de todas las maneras posibles, me asfixio, me falta el aire…
Y mientras me abandono a él, mientras me aferro a su cuerpo y dejo de pensar en todo lo demás, solo una palabra sigue dando vueltas en mi cabeza.
Enamorarse.
Para él todavía es una posibilidad.
Para mí ya es una certeza.