Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 34 ​​ Taylor
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Mi principio

A la mierda.

No pienso marcharme sin más. No puedo hacerlo ahora que, por primera vez desde que llegué a esta casa, tengo un hilo del que tirar, aunque intentar quedarme probablemente consiga justo lo contrario y Ewan termine echándome.

Han pasado tres largas horas desde que se alejó y lo único que he hecho es recorrer más jardines y cambiar de banco mientras intentaba decidir qué hacer. No pienso hablar con Colton ni con David. Esta vez voy a hacerlo a mi manera.

Hasta hace unas horas todavía me preguntaba si estaba siguiendo alguna pista de Elspeth o si me había equivocado y lo único que estaba haciendo era meterme en la vida de una familia, registrar dormitorios, asistir al reparto de una herencia y escuchar secretos que nada tenían que ver con su desaparición. Pero ahora ha aparecido su nombre.

Y eso lo cambia todo.

Por fin he conseguido poner mi cabeza en orden y solo me quedan dos opciones: inventar una mentira todavía mayor o contar la verdad.

Y con más mentiras no voy a llegar hasta Elspeth.

Necesito que Ewan hable, que me cuente qué sabe de ella y por qué coño la conoce, y después de lo ocurrido solo hay una forma de conseguirlo.

Tengo que hablar claro.

Salgo de los dichosos jardines y me dirijo al dormitorio rezando para que esté allí. No quiero buscarlo por toda la casa y, desde luego, no quiero tener que preguntar por él.

Siento prisa por hacerlo, como si ya hubiera perdido demasiado tiempo. Y es que… no puedo engañarme. No quiero marcharme. No de esta manera y, esta vez, me refiero a él. Al highlander que hasta hace un día me caía mal, me exasperaba y al que ahora… ahora necesito ver.

Sí, sé que lo de que me cayera mal y follar con él por las noches puede parecer ligeramente contradictorio, pero yo lo tenía perfectamente separado. Cuando follábamos estaba calladito y eso ayudaba muchísimo.

Ahora el problema es otro.

Ewan me atrae de una manera completamente irracional, pero ya no solo cuando está callado. Y confieso que eso no lo estoy gestionando nada bien.

Ha habido suerte. Está en el dormitorio, pero no en el suyo, sino en el que Emma preparó para mí.

Me ha costado encontrarlo y, para evitar preguntar por él, he recorrido casi la casa entera hasta que se me ha ocurrido mirar aquí cuando Emma me ha preguntado si el dormitorio que preparó era de mi agrado.

—Al final acabé en el de Ewan —le he dicho, consiguiendo que sonriera con cierto pudor, como si acabara de contarle algo pornográfico.

Puede que esta noche no ocupe ni uno ni otro…

Ewan está junto a la ventana. Se gira cuando entro y yo intento disimular que estoy temblando. Durante unos segundos se limita a mirarme, serio, hasta que vuelve la vista hacia la ventana de nuevo.

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

—Te he visto desde la ventana.

—Mentira.

—Es la última, Ewan. Ahora, verdades.

—Entonces sí que había algo que contar…

—Sí.

—Eso suponía.

No parece especialmente contento de que haya venido a buscarlo, pero tampoco me pide que me marche, así que cierro la puerta y me acerco.

Junto a la ventana hay dos butacas colocadas en ángulo, con una pequeña mesa entre ellas.

Me siento en una y, después de unos segundos, Ewan ocupa la otra.

No estamos exactamente frente a frente; basta con girar un poco la cabeza para mirarnos, algo que agradezco porque no estoy segura de poder contarle todo esto con esos ojos clavados en mí.

Él se acomoda de lado y espera.

Ahora que por fin lo tengo delante, todas las palabras que llevaba tres horas ordenando parecen haber decidido desordenarse otra vez.

—Antes de empezar, necesito que me dejes llegar hasta el final.

Ewan me mira, pero no responde.

—Y después puedes enfadarte, echarme de tu casa o hacer lo que te dé la gana.

—Ya estoy enfadado.

—Sí, esa parte la había notado.

—Adelante.

—Confieso que me cuesta elegir por dónde empezar.

—Hazlo desde el principio y llega hasta el final —sugiere con dureza.

Creo que pasan dos minutos antes de que me anime a hablar.

—Mi nombre no es falso, es el que conoces.

Nací en Escocia y me fui a Nueva York cuando era un bebé.

Mi madre es estadounidense, neoyorquina, y mi padre biológico, escocés.

Se conocieron cuando ella vino a Inverness por trabajo, pero se separaron cuando yo tenía pocos meses y mi madre volvió conmigo a Nueva York.

Él… dejó de ser mi padre en ese momento.

Nunca volvió a mostrar interés. Stone es el apellido de mi verdadero padre, el que me adoptó cuando tenía dos años y el único al que le reconozco ese título.

Hago una pausa. Solo ha parpadeado cuando he dicho que nací en Escocia.

—Estudié Psicología en Columbia y después cursé estudios de Psicología Forense. Esa es mi verdadera profesión.

Ahora sí reacciona, arqueando las cejas, pero no dice nada. Se ha tomado muy a pecho lo de dejarme llegar hasta el final.

—Durante el posgrado conocí a una chica que estudiaba Criminología. Era escocesa y a mí, sabiendo mis orígenes, me hizo gracia. Nos hicimos amigas, muy amigas, y poco antes de terminar el curso me contó que era mi hermana. Era hija de mi padre biológico.

Vuelvo a mirarlo. Sigue callado.

—Me enfadé. No entendía que hubiera jugado con algo así durante tanto tiempo, pero lo superamos.

Me explicó que primero necesitaba que la conociera antes de que la aceptara solo por compartir un vínculo de sangre y…

tenía razón. Me resultó difícil seguir enfadada porque para entonces ya la conocía y ya la quería.

Desde ese momento nos mantuvimos muy unidas.

Ella volvió a Escocia, donde la esperaba el negocio familiar, y después nos fuimos viendo siempre que ella fue a Nueva York; lo hizo muchas veces.

Hablábamos muchas veces a la semana. Siete años hemos estado así.

Se toma su tiempo antes de intervenir por primera vez. Yo, mientras, busco la forma en la que explicarle lo que viene después.

—¿Y tú no venías nunca a visitarla?

—Solo lo hice dos veces. La primera para conocer a mi padre biológico, porque mi hermana llevaba tiempo insistiendo, y la segunda para su funeral, un año después.

—¿El funeral de quién?

—De él.

—Vaya. Lo siento.

—Solo lo traté unos días. Fue correcto y se acabó. Ni él ni yo teníamos más intención que complacer a mi hermana, que era quien quería que nos conociéramos. Nada más.

—Ya.

—Mi hermana llevaba años trabajando con su padre y, cuando murió, se quedó con el negocio y se puso al frente. La agencia Douglas.

Entonces me mira fijamente.

Ya lo ha entendido.

—Mi hermana es Elspeth Douglas. Y estoy aquí porque ha desaparecido y estoy intentando encontrarla. Desapareció la noche en que murió tu madre. Tú la has llamado Kenna Ransey.