32 Ewan
Un beso sospechoso
Mientras intento localizar a mi detective americana, trato también de recuperarme de la impresión que me han causado las confesiones de Isla y Callum.
Aprovecho para convencerme de que correr en busca de Taylor para contárselo no me convierte en un traidor dispuesto a airear las intimidades de mis hermanos, pero no acabo de conseguirlo. Tampoco consigo encontrarla.
No está en el dormitorio, como había supuesto, ni en el salón de abajo. Quizá esté en esa zona de los jardines que dice que tanto le gusta.
Bajo a la primera planta y entro en la sala de música. Desde una de sus ventanas podré comprobar si está allí.
Efectivamente. Ahí está, sentada en un banco, mirando el móvil.
Supongo que habrá registrado algún dormitorio más.
Espero que me lo cuente, aunque confieso que siento cierto temor de que algún día descubra algo que duela.
De momento, si soy sincero, lo dudo. Hasta ahora solo he visto a unos hermanos cargados de secretos que parecen dispuestos a compartirlos, pero muy lejos de querer hacer daño a la mujer que claramente echan de menos.
Me dispongo a salir de la sala para ir a su encuentro cuando hace algo que ya le he visto alguna vez: besar la pantalla del móvil.
Me quedo observándola.
Me pregunto qué mira y qué besa y, por primera vez, la curiosidad se mezcla con algo que no me gusta demasiado. No se trata de una videollamada. No habla. Ayer también la observé haciendo lo mismo. Se queda ensimismada y luego llega el beso, más de uno, por lo que veo.
Tiene que ser una fotografía. Quizá de alguien de su familia, alguien importante para ella o alguien a quien ha perdido; también podría ser un hombre y, aunque no tengo ningún motivo para descartar esa posibilidad, descubro que preferiría hacerlo.
Mientras me dirijo al jardín pienso en lo poco que sé de ella. Es americana, de Nueva York, y una detective que trabaja en Escocia. Nada más.
Podría preguntárselo, pero seguramente me mandaría a la mierda.
Claro que… podría averiguarlo de otra forma.
Se me ocurre una idea y, sin pensarlo demasiado, la pongo en práctica. En lugar de tomar el camino que baja directamente hasta donde se encuentra ella, continúo por la parte alta y tomo un atajo que me conduce hasta la parte trasera del banco donde está sentada.
Me doy prisa. Si cuando llegue está haciendo otra cosa, no podré averiguar nada. No tengo ninguna intención oscura, aunque reconozco que mi comportamiento empieza a parecer sospechoso incluso para mí; solo quiero saber qué besa o a quién besa con tanto interés y sentimiento.
Cuando estoy a pocos metros, detrás del banco, veo su cabeza ligeramente inclinada hacia abajo. Sé ser sigiloso; se me da bien. Tantos años jugando con mis hermanos a asustarnos en estos jardines están resultando más útiles de lo que habría imaginado.
Taylor sigue sin moverse mientras avanzo y, cuando estoy muy cerca, me agacho para recorrer los últimos metros. El ruido lejano de alguien cortando la hierba ayuda a ocultar mis pasos.
Me incorporo lentamente. Estoy lo bastante cerca para anunciar mi presencia y conservar algo de dignidad, pero, en vez de hacerlo, me inclino ligeramente hacia un lado buscando el ángulo y rezo para que no me descubra.
Sigue mirando algo en la pantalla, completamente inmóvil.
Entonces la veo: su pantalla.
Es una fotografía. En ella aparece Taylor junto a una mujer.
Y conozco a esa mujer. Ahora ya sé a quién besa.
Es hora de dejarme ver. Muevo el pie deliberadamente sobre la grava.
Taylor se gira de golpe.
—¡Joder!
El móvil se le escapa de las manos y cae junto al banco.
—¿Qué haces? —protesta, llevándose una mano al pecho—. Casi me matas del susto.
—Perdón.
Me agacho antes que ella para recogerlo. La pantalla sigue encendida y esta vez no tengo que espiar por encima de ningún hombro: la fotografía está delante de mí y puedo verla perfectamente. No me he equivocado.
No digo nada; ahora mismo no podría. Solo intento juntar ideas y encontrar algo de sentido a lo que acabo de ver.
Taylor me estudia. Hay algo en su expresión que antes no estaba; me observa a mí, después al teléfono y, cuando se lo acerco, tarda un instante en cogerlo, como si intentara decidir si preguntarme qué he visto o confiar en que no haya visto nada.
No le doy ninguna pista. Se lo entrego y ella baja el brazo de inmediato.
Está nerviosa. Vuelve a sentarse y me dedica una sonrisa forzada. La imagen de esa chica se agolpa en mi cabeza junto a demasiadas preguntas, pero Taylor no parece dispuesta a hablar de ello.
—¿Qué tal la reunión? —pregunta por fin.
—¿Quién es la de la foto? Parecéis muy unidas.
—Es una amiga.
—He visto cómo besabas la foto…
Me mira sin expresión.
—Sí, solo es un gesto cariñoso, una manía que tengo. Nostalgia.
—¿Está muerta?
—No, es solo que… la echo de menos. Tengo más corazón del que crees —añade con una sonrisa mucho más amplia—. La reunión…
—¿Por qué la echas de menos? ¿Es de Nueva York?
—Sí, hace un tiempo que no la veo.
—¿Mucho?
—¿Quieres dejar de hacer preguntas y contarme de una vez…?
—Taylor, voy a ser sincero. No quiero mentiras. Te estaba buscando y te he visto por la ventana besar el móvil; no es la primera vez. He tenido curiosidad y… me he acercado sin hacer ruido para ver qué había en esa pantalla.
—Ya… Pues sí que eres curioso.
Por lo poco que sé de ella, después de semejante confesión debería haberme enviado a la mierda. Que se limite a responderme así solo confirma que sigue nerviosa y está haciendo un gran esfuerzo por disimularlo.
—Ahora sé sincera tú, por favor, y dime por qué tienes una foto con Kenna Ransay.