Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 29 ​​ Taylor
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29 ​​ Taylor

Una bola anulada

Todavía estoy un poco en estado de shock después de la noche que he pasado con mi querido novio inglés, escocés o lo que quiera que sea.

No sé en qué momento dejamos de intentar matarnos para conseguir que se convirtiera en la mejor noche de mi vida, pero estaba bastante convencida de que el escocés había sufrido una enajenación momentánea y esta mañana volveríamos a ser los mismos.

O eso intentaba creer, porque en el fondo sabía que después de lo de anoche algo había cambiado.

Y no me equivocaba. No hemos discutido antes del desayuno; apenas un par de piques estúpidos, casi infantiles, y he descubierto a un Ewan mucho más relajado, divertido y tocacojones, sí, pero con cierta gracia. Esto último me preocupa especialmente.

Y el paseo que estoy dando ahora con Isla no está ayudando.

Sin pretenderlo, me ha hablado de su hermano de una manera que jamás habría encajado con el hombre que yo conocía hasta anoche y que, en cambio, se parece peligrosamente al que apareció después.

Empiezo a sospechar que no fue una enajenación momentánea y eso me deja en una posición bastante jodida: volver a lo de antes ya no va a resultarme tan fácil, pero seguir por donde empezamos anoche sería todavía peor. Es peligroso y lo sé.

La voz de Isla me devuelve a la realidad.

—No había vuelto aquí desde que mi madre murió —me dice, deteniéndose delante de unas escaleras que conducen a un pequeño estanque.

Recuerdo vagamente haberlo visto la noche que me alojé en el hotel, aunque no llegué hasta él.

—¿Fue aquí el accidente? —deduzco al ver cómo se transforma su rostro.

—Sí, ahí —señala las escaleras—. Le encantaba este rincón. A ella y a mi padre. Es el más aislado de la casa, ideal para perderte en tus pensamientos.

No estoy de acuerdo, pero me callo. En esa casa y en estos jardines puedes aislarte del mundo entero prácticamente en cualquier rincón.

—A veces veníamos aquí y hablábamos. No hace tanto de la última vez. Y ahora… estamos repartiendo lo que nos dejó.

Gira la cabeza, pero no lo bastante rápido para impedirme ver cómo se le llenan los ojos de lágrimas.

—Lo siento, Isla. Debe de ser muy duro.

Rompe a llorar y ya no intenta disimularlo. Me acerco con cuidado y la abrazo; se deja, y durante unos instantes no digo nada.

—Lo siento —dice cuando consigue recomponerse y se aparta de mis brazos—. Y gracias. Cuando acabemos con todo este asunto, no sé cuánto tardaré en volver aquí. No me trae buenos recuerdos esta casa.

—Es lógico. Una cosa es recordar a tu madre y otra regresar al lugar exacto donde murió. Aquí no solo la recuerdas a ella; también tienes delante todo lo que ocurrió, y eso puede hacer que emociones que creías más controladas vuelvan con mucha más intensidad.

Me mira con cierta sorpresa. Puede que el discurso haya sonado demasiado profesional; estoy acostumbrada a tratar con personas que han perdido a un ser querido y a escuchar lo que supone para ellas regresar al lugar donde murió.

—Así es, Taylor. Por eso… no creo que aparezca mucho por aquí.

Nos reuníamos casi todas las semanas, pero ahora creo que será mejor elegir otro sitio si mis hermanos quieren seguir haciéndolo.

Este lugar no solo es donde murió mi madre, sino que también es donde pasé el día más humillante y bochornoso de mi vida. Supongo que Ewan te lo habrá contado.

Reanudamos el paseo.

—Sí, algo me contó —respondo, evitando extenderme—. Menuda experiencia…

—Faltaba media hora, Taylor —empieza a contarme—.

Yo estaba vestida y preparada, esperando abajo el momento de salir al jardín.

A ese de ahí. Había cuarenta y tres invitados entre amigos, familia y unos cuantos conocidos de mis padres que se negaron a dejar fuera de la lista.

Por suerte conseguí reducirla bastante; quería algo íntimo.

La familia de Harry era muy pequeña y vivía lejos, así que habían organizado venir todos juntos con él.

Por eso nadie se preocupó demasiado cuando todavía no habían llegado.

Hasta que apareció uno de sus amigos. Solo.

La miro, esperando que continúe.

—Se acercó a mí y me entregó una nota. Al principio pensé que Harry habría tenido algún problema, pero no. La nota era suya y decía que no iba a venir.

—¿Así, sin más?

—No estaba preparado para casarse —me dice utilizando unas palabras que presiento que ha repetido muchas veces, aunque hay algo en su rostro que me indica que no está contando toda la verdad.

Está en su derecho, pero algo me dice que en esa carta había bastante más que un tío acojonado ante la idea de casarse y echándose atrás media hora antes.

—Menudo cabrón. ¿No se dio cuenta antes?

—Eso parece.

—¿Volviste a verlo?

—No. Cormag y Callum querían ir a buscarlo, pero les supliqué que no lo hicieran.

—¿Te hicieron caso?

—Sí.

—¿Seguro? ¿Te has asegurado de que sigue vivo?

Isla se echa a reír.

—Precisamente por eso no quería que fueran. Lo entendieron y lo respetaron. No valía la pena. Pasé mucha vergüenza, mucha rabia, mucho de todo… y tardé bastante en volver a ser la misma.

—¿Fuiste a terapia?

—Sí, aunque quien realmente me ayudó a salir adelante fue mi madre. Estaba hundida y ella estuvo ahí todo el tiempo. Y ahora… ella ya no está. —Su expresión vuelve a cambiar—. Me peleé con ella el mismo día que murió, Taylor. Unas horas antes de que la encontráramos muerta en las escaleras.

—¿Por qué?

—Por nada que no hubiéramos discutido durante toda aquella semana.

Entonces me parecía una catástrofe; ahora me parece una tontería.

Le cogió manía a algunas personas que trabajan en el club, sin ningún motivo, y pretendía que las despidiera.

Sé que estaba nerviosa, estresada, pero últimamente era difícil tratar con ella.

—¿Y las despediste?

—No, claro que no.

—¿Por qué les tenía manía?

—Ese era el problema, que no tenía argumentos.

Su estrés la llevó a declararle la guerra a algunas personas simplemente porque decía que la miraban mal o que no la habían atendido como debían.

Ella no era así, ni siquiera iba demasiado al club.

A veces me daba consejos, me ayudaba, pero últimamente… no parecía ella.

—Si llevaba un tiempo así, quizá también explique lo del testamento. Ewan me ha contado lo que estáis intentando hacer ahora.

Es un buen momento y no puedo evitarlo. Ella misma me ha llevado hasta aquí, así que observo su expresión, sus pausas, las palabras que elige antes de responder.

—Eso quiero creer, Taylor. De verdad que quiero. No entiendo que nos excluyera de ese modo, pero… no te hagas una idea equivocada, por favor. No me preocupa su legado, eso da igual. Es simplemente que no está y creo que todavía no me he hecho a la idea.

Se seca las nuevas lágrimas y yo sigo observándola.

Claro que ahora puede decir que el legado le da igual: sabe que Ewan piensa repartirlo, así que esa reacción no me sirve de mucho.

El dolor es diferente. No sé qué puede estar ocultando Isla ni cuántas cosas de su relación con su madre desconozco, pero cuesta no creer que su pérdida la ha afectado de verdad.

—Volvamos —me dice, intentando sonreír mientras me toca un hombro con cariño—. Tenemos que reunirnos otra vez. Esto va a ser largo.

—Es lo que tiene ser muy rica. No te quejes.

Consigo que vuelva a sonreír, esta vez con ganas.

—Me conformaré con la compañía de Ailsa, aunque no sé si estará en la reunión…

—No, no creo que esté —responde con una sequedad que me sorprende—. Y, sinceramente, es lo mejor. Se pasa el día pegada a mi hermano, ¿no te has dado cuenta?

—Sí, algo he notado.

—Pues por eso es mejor que, al menos durante esas reuniones, lo deje respirar.

No soy realmente la novia de su hermano, así que el comentario debería importarme poco. Aun así, después de verla comportarse con Ailsa durante estos días, la forma en que acaba de hablar de ella me sorprende.

Otra pequeña contradicción.

Y empiezo a encontrar demasiadas en esta familia. Se quieren, se protegen y pueden resultar encantadores, pero también callan, disimulan y parecen tener una versión diferente de las cosas dependiendo de quién esté delante.

Quizá por eso sigo sin poder descartar nada de lo que me ha traído hasta aquí.

Al llegar a la casa, Isla se despide de mí y va directa a reunirse con sus hermanos. Yo me quedo fuera unos minutos.

Espero no equivocarme. Verla llorar ha conseguido que se me remueva algo por dentro y vuelva a pensar en Elspeth, en esa posibilidad que intento mantener lejos de mi cabeza.

Saco el móvil y busco su foto, una en la que estamos juntas y a la que recurro siempre que necesito fuerzas. Me quedo mirándola unos segundos antes de acercar la pantalla a mis labios y besarla.

No quiero ni pensar que no esté viva.