28 Ewan
Cambios
La sigo por el pasillo. Se detiene, me mira, vuelve a girarse y emprende la marcha. Sé que está perdida porque intenta abrir varias puertas que están cerradas. ¿Se habrá inventado lo del nuevo dormitorio?
No, no se lo ha inventado.
Entra en el que fue el dormitorio de Callum cuando éramos adolescentes, cuando todavía ocupábamos casi todas las estancias de esta casa, antes de mudarnos a Inverness.
No sé qué coño hago siguiéndola, pero lo hago.
Podría haberme quedado quieto y aceptar que se marchara; de hecho, eso era lo razonable, pero en cuanto ha cerrado la puerta detrás de ella he perdido un poco la razón y he salido a buscarla.
Llego justo cuando pretende cerrar también esta y meto el pie antes de que consiga hacerlo.
—¿Qué coño estás haciendo? —me pregunta mientras lanza la camisa de dormir que lleva en las manos a… cualquier parte.
El dormitorio está listo para ser ocupado. No me había mentido.
—Asegurarme de que estás bien y de que sabes dónde te metes.
—Estoy bien, pero estaría mejor si te largaras.
—He venido a darte la razón, joder. No me eches todavía.
—¿La razón?
La miro. Esa ceja altiva, esa preciosidad de ojos, ese don para alterarme con tanta facilidad…
—Tienes razón, necesitamos cambios. Lo de follar por las noches tiene que acabarse.
—Bien, pues ya lo has dicho. Lárgate.
—No puedo, Taylor.
—Pero ¿qué narices te pasa? —me pregunta, observándome desconcertada.
—Eso quiero saber.
—¿Qué?
—Necesito saber por qué te estoy siguiendo, por qué me ha jodido tanto que te marcharas y por qué necesito que vuelvas.
Por qué quiero acercarme y besarte con una necesidad que no controlo y, al mismo tiempo, necesito hacer algo distinto a chocar contra tu cuerpo poniendo en peligro nuestra integridad física, follar como desesperados y volver a ignorarnos unas horas después.
—Respiro, pero, ya que he empezado, parece que mi boca no tiene intención de detenerse—.
También quiero saber por qué digo gilipolleces que no siento y luego, cuando te cabreas y me atacas, siento una especie de placer y remordimiento al mismo tiempo.
Qué cojones me está pasando contigo, porque apenas te conozco y tengo la sensación de llevar meses contigo.
Y, sobre todo, por qué me importa una mierda lo que piensen mis hermanos y hace un momento he utilizado eso como argumento porque era lo único que se me ocurría para detenerte.
Está perpleja, quizá tanto como yo, porque no tengo ni puta idea de cómo ha podido salir todo eso de mi boca.
Me acerco lentamente. Espero un grito, un empujón, un insulto, cualquier cosa propia de Taylor, pero permanece quieta, observándome.
Cuando estoy frente a ella me detengo; quiero besarla, joder si quiero hacerlo, pero por primera vez no quiero que esto empiece con uno de los dos abalanzándose sobre el otro.
Espero el rechazo y rezo por no recibirlo mientras un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Taylor baja la mirada hacia mis labios, vuelve a mis ojos y finalmente es ella quien elimina la poca distancia que queda entre nosotros.
Sus labios me acogen despacio y el beso se alarga sin que ninguno parezca tener prisa.
Le rodeo la cintura y la acerco a mi cuerpo mientras enredo una mano en su larga melena; jamás había sentido la necesidad de besar a alguien así, saboreando cada movimiento de su boca, sin pensar todavía en lo que vendrá después.
Cuando nos separamos, apoyo suavemente la frente contra la suya a pesar de la diferencia de altura. Me mira de una manera que desconozco, con un brillo en los ojos que consigue bloquearme durante unos segundos.
Esta vez es ella quien inicia el beso de nuevo.
La impulso en el aire y la cojo en brazos, dispuesto a salir del dormitorio.
—¿Qué haces?
—Mi padre estuvo en esa cama tres días. Se alojó aquí durante su despedida y su funeral.
Se queda callada y se abraza a mí mientras atravesamos el eterno pasillo. Joder, está oscuro. Si tropiezo, esto puede acabar en desastre.
Estoy encendido, confundido y la deseo tanto que hasta duele.
—Menuda hija de… es Emma. ¿No había otro dormitorio?
—Mañana le reñimos —le digo, consiguiendo que sonría.
Cuando entramos en mi dormitorio, la dejo lentamente en el suelo. El recorrido ha sido ridículo y cargar con ella por un pasillo a oscuras, un reto bastante más peligroso de lo necesario, pero llevarla en brazos me ha parecido de lo más excitante. No sé qué coño me pasa.
Nada más entrar se acaban las palabras durante al menos una hora.
Eso es lo que tardamos, aunque quizá sea más o quizá menos —soy incapaz de precisarlo—, en besarnos, acariciarnos y reírnos de todo lo que se empeña en romper la magia del momento: ruidos inoportunos, tropiezos, alguna costura que no sobrevive…
Juraría que los dos nos estamos entregando con las mismas ganas a esta extraña e inesperada causa, y comprobarlo me descoloca tanto como me hace hervir de todas las maneras posibles.
Su piel, su olor, sus curvas, sus risas, sus tirones de pelo…
Todo sigue siendo excitante, incluso salvaje a ratos, pero han desaparecido los empujones, los mordiscos y esa especie de batalla que hemos mantenido durante las dos noches anteriores.
Esto es diferente y desconocido para mí; también desconcertante y, para qué negarlo, me acojona bastante pensar que he sido yo quien ha empezado esta locura.
Cuando nos unimos, la sensación se parece demasiado a tocar el cielo o a uno de esos paraísos que deben de parecerse bastante a estar colocado. No quiero que se acabe ni quiero más preguntas; solo quiero quedarme aquí, disfrutando de algo que ahora mismo me está matando y resucitando a la vez.
Es increíble, deseo en estado puro y, a la vez, algo más que no tengo ninguna intención de analizar ahora: aroma, sensaciones, escalofríos, sudor, pérdida de control…
Es Taylor Stone.