Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 27 ​​ Taylor
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La cama

Por las caras que tenían al salir del despacho, no parecía que la reunión hubiera sido precisamente un éxito.

Y he tenido que esperar hasta el final del día para que mi querido novio, el doctor, el escocés, el de las Highlands, se digne a contarme qué coño ha pasado ahí dentro.

No ha sido por falta de intentos.

Desde que han salido, todos parecían empeñados en llenar cada minuto con cualquier cosa que impidiera que Ewan y yo pudiéramos quedarnos a solas, aunque después he sabido que todos estaban afectados por lo que han hablado durante la reunión.

He almorzado con ellos, he soportado una conversación interminable hasta que Isla ha decidido acercarse a Armadale, un pueblo diminuto al sur de la isla, para recoger un pedido de uno de los proveedores del hotel y comprar algunas cosas para la cena.

Al parecer, hoy pretende sorprendernos con el menú.

Y está entusiasmada con la idea, claro. Es muy fácil entusiasmarse cuando no tienes que cocinar.

Ailsa se ha apuntado y yo también, principalmente porque quería supervisar qué narices entendía Isla por «especial».

Después del haggis que intentaron hacerme comer ayer, he perdido la confianza en esta familia y en la gastronomía de todo el país.

Ni siquiera las supuestas versiones americanizadas que Emma ha dado orden de preparar para mí consiguen tranquilizarme.

Empiezo a sospechar que aquí creen que quitarle algunas vísceras a un plato lo convierte automáticamente en comida estadounidense.

Por suerte, he conseguido intervenir lo suficiente para que esta noche haya salmón fresco, patatas y verduras. Nada metido dentro del estómago de ningún animal. Considero que mi influencia en los McAverley empieza a dar frutos.

La excursión, al menos, me ha servido para observar a Isla y Ailsa juntas.

Se llevan bien, eso está claro, pero no parecen especialmente cercanas. Hay afecto y se muestran cómodas juntas, aunque no percibo demasiada confianza entre ellas. Más familia que amigas.

Ailsa también ha aprovechado el trayecto para preguntarle a Isla por la reunión.

—¿Qué tal ha ido esta mañana?

—Bien —ha respondido Isla—. Ya sabes, empresas, propiedades, reparto… Un aburrimiento.

Y ha cambiado de tema con tanta naturalidad que Ailsa no ha insistido, pero no ha podido disimular que no le ha gustado que su cuñada compartiera tan poco con ella.

A mí tampoco me ha hecho ninguna gracia quedarme sin saber más, especialmente porque mi curiosidad empezaba a convertirse en una enfermedad. La expresión de los cuatro al salir del despacho no ayudaba: desde luego, no encajaba demasiado con «un aburrimiento».

He acabado escribiéndole a Ewan mientras Isla y Ailsa discutían sobre qué comprar para la cena.

¿Ha ido bien?

Su respuesta ha llegado poco después.

Depende de lo que entiendas por bien.

Muy útil. Pero he insistido.

¿Han hablado?

Esta vez ha tardado algo más en contestar.

Sí

He esperado, pero nada.

¿Y?

Su respuesta ha sido muy esclarecedora.

Luego te lo cuento.

He guardado el móvil con unas ganas bastante poco profesionales de estrangular a mi «cliente».

Y ahora, varias horas después, estamos por fin solos en su dormitorio y resulta que «luego» tampoco significaba inmediatamente.

Ewan ha tardado más de media hora en empezar a contarme lo ocurrido.

Ha dado vueltas, ha empezado un par de veces y se ha quedado a medias, como si todavía dudara hasta dónde debía llegar.

Y lo entiendo. No debe de ser fácil airear intimidades de tus padres y tus hermanos delante de alguien que, por mucho que esté metido en todo esto, sigue siendo una extraña para tu familia.

Mucho menos cuando algunas acabas de descubrirlas tú mismo.

Pero finalmente ha hablado.

De las infidelidades de sus padres, del estado de su madre durante los últimos meses y de la sensación de que Cormag quería contar algo y finalmente no lo ha hecho.

—Cada vez estoy más convencido de que las sospechas de mi madre solo estaban en su cabeza. El estrés, la presión, esa nueva vida que inició tras la muerte de mi padre…

Su reflexión me produce escalofríos. Es un golpe de realidad y, sobre todo, un golpe a mis esperanzas. Si no aparece nada más, si todo se reduce a unos cuantos secretos familiares y a una mujer estresada, poco voy a averiguar sobre Elspeth.

Me aterroriza pensar que lo que busco no está aquí, por mucho que intente aferrarme al hecho de que Judith la contratara.

Colton y David me han dicho que continúe, que todavía es pronto.

Mañana hablaré con ellos. Me comunico a diario con ambos para dar señales de vida, pero de momento tengo poco que contarles. Una infidelidad de los padres, un Cormag que parecía querer hablar y unas cuñadas que son políticamente correctas. Nada. No tengo nada.

Excepto una calma inusual entre nosotros que tengo que cargarme cuanto antes.

Mi intención es que esta noche no repitamos la costumbre de follar como locos, y me está resultando difícil mientras lo observo apoyado en la cama, con esa camisa arremangada, la barba que hoy no se ha molestado en recortar…

esos pedazos de ojos negros y… ¡Está siendo complicado!

—¿Y tú qué tienes? —me pregunta con el mismo tono desafiante al que estoy acostumbrada.

Se acabó la calma.

—Un registro en el dormitorio de Isla que no ha dado ningún fruto y un disgusto tremendo.

—¿Un disgusto? ¿Por no haber encontrado nada?

—Por haberme enterado de que los McAverley son infieles por naturaleza.

—Podrías ser un poco más considerada. Lo que he descubierto de mis padres no es fácil.

—No me refería a eso, listillo. No soy tan bruta. Ha sido Ailsa quien ha pronunciado esa frase.

Sus ojos se agrandan.

Le cuento con detalle lo ocurrido con ella. Todo. Desde su advertencia sobre las infidelidades hasta su comentario sobre el papel de novio no ejemplar de la chica que murió.

—¿Ella sabía lo de mis padres?

—No lo sé, pero creo que se refería a los hermanos. De lo contrario, no me lo habría contado como una advertencia.

—¿Por qué ha dicho que Callum no era un novio ejemplar?

—No lo sé.

Durante unos instantes los dos intentamos averiguar qué puede haber detrás de las palabras de su cuñada, hasta que él zanja el asunto con una facilidad insultante.

—Podrías haber averiguado un poco más.

Su forma de decirlo hace que cierre los puños para contener las ganas de empujarlo y ver cómo se estampa contra el suelo, aunque la preciosa alfombra le serviría de amortiguador.

Sería un buen momento para decirle que Emma nos ha interrumpido, pero no quiero justificarme, prefiero seguir con la batallita. Es un lugar más seguro para mí.

—Podría —le advierto desafiante.

—Bien. Me alegra que reconozcas tus errores.

Le empujo, no le empujo… Hay una ventana abierta… Me tiro o lo tiro…

—No son errores, listillo. Déjame hacer mi trabajo.

—¡Oh! Lo siento. Es que a veces se me olvida que es trabajo. Viéndote actuar con mis hermanos, casi se me olvida quién eres. Hasta yo me he convencido de que eres mi novia.

—Yo no he llegado a tanto. Lo de estar disgustada era una forma de hablar.

—Para ti es más fácil. Estás acostumbrada a interpretar.

—Pero nunca había sido la novia de un rico heredero highlander, además médico, además arrogante y permanentemente un gilipollas. Para eso hay que estar bien preparada y no lo estoy. Requiere un gran esfuerzo, créeme. Es nuevo para mí.

—Vaya… Veo que no lo llevas bien.

—No. Y por eso me voy.

Me levanto, me dirijo a la puerta y me apodero de mi camisa de dormir por el camino. Aunque parezca un recorrido corto, es el mismo que emplearía en atravesar todo mi apartamento.

Mi querido novio guarda silencio y, lo confieso, me desconcierta.

—¿Qué quieres decir? —pregunta por fin. Con las ganas que tenía yo de llegar a este punto…—. ¿Que te vas ahora? El contrato es por una semana, ¿recuerdas? Cuando te he dicho que estoy convencido de la inocencia de mis hermanos no quería decir que piense dejar de indagar.

Vaya. El chico lo ha interpretado mal. Y yo que quería un momento impactante…

—No me refiero a marcharme de tu mansión, sino de tu dormitorio. Emma me ha preparado uno al otro lado del pasillo.

—¿Qué? Creía que ya habíamos hablado de esto. No es necesario que nadie empiece a preguntarse por qué tú…

—Vamos a ver, señor McAverley. Llevo dos días y medio aquí y aún me quedan cinco.

El ritmo de discutir cada vez que estamos a solas, fingir que estamos enamorados cuando estamos con tu familia y follar por las noches no es bueno.

No es nada saludable. Y, de las tres cosas, la única que puedo eliminar es la última, así que me largo.

No quiero despertarme mañana otra vez peleándome con mi moral y mi dignidad.

Y no te preocupes por tus hermanos: no se van a enterar.

En esta casa puedes esconder un ejército entero, tanques incluidos, y nadie se daría cuenta.

¿Qué problema hay, doctor? ¿Necesitas que me quede?

Pues yo necesito cambiar algo y esto es lo que puedo cambiar.

—No es lo que habíamos acordado y me molesta que hayas decidido cambiarlo a mis espaldas. Y que Emma te haya ayudado. Puede que se te haya olvidado quién ha contratado a quién.

—A mí no me has contratado para dormir contigo.

—Te he explicado por qué me parecía mejor que compartiéramos dormitorio.

—Con unos argumentos idiotas.

—Mis argumentos idiotas. Y me jode bastante que decidas ignorarlos sin siquiera decírmelo.

Pero ¿qué coño está diciendo? Sabía que era arrogante, pero ahora ya se ha entregado a la causa con una devoción que roza lo admirable.

—Vaya, eso debe de ser duro, querido novio. O… querido jefe. No debes de estar acostumbrado a que pasen de ti. Te consolaría, pero creo que la experiencia te vendrá bien. Así que deja de poner pegas porque esta humilde psicóloga se marcha a dormir solita.

—¿Psicóloga?

Mierda. Me he colado.

Es imposible controlarlo todo.

—¿No es eso lo que estoy haciendo? Observar, evaluar, sacar conclusiones de palabras y reacciones…

Forma parte de mi trabajo. Buenas noches, querido novio.

Tengo una jaqueca tremenda, así que me retiro a mi alcoba en el ala oeste de la mansión para disfrutar de un poco de intimidad, alejarme de una tentación que solo me trae conflictos y no merece la pena y soñar con algo bonito que me haga olvidar infidelidades, traiciones, herencias y rabietas estúpidas de niños gilipollas.

Aunque tenía mis dudas y me ha costado decidirlo, salgo satisfecha. Es lo mejor que podía hacer.

Todo esto es un sinsentido desde el momento en que acepté venir aquí y cada día lo es un poco más.

Lo que más me jode es que no quería marcharme.

Lo peor, que habría dado cualquier cosa porque me pidiera que me quedara, pero con otros argumentos.

Y lo que más me descoloca es…

Me detengo. Abandono el paso ligero que había emprendido por el dichoso pasillo mal iluminado camino de la dichosa ala oeste, y me doy la vuelta.

Mi querido novio me está siguiendo.