Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 24 ​​ Taylor
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24 ​​ Taylor

Confesiones

Ailsa repara en mi presencia, pero ni siquiera intenta disimular del todo su enfado. El portazo de Callum le ha llegado al alma y, por primera vez desde que la he tratado, parece haber perdido parte de ese control exquisito con el que mide cada gesto y cada palabra.

Está hablando el enfado.

Y el enfado suele ser bastante menos prudente.

Un buen momento para meter el dedo en la llaga.

Modo psicóloga.

La observo. Es muy atractiva. Un poco hortera a la hora de vestir y tan arreglada que consigue echarse unos cuantos años encima, pero no hay ni un hilo ni un pelo fuera de lugar.

Lleva la espalda tan recta que verla encorvarse debe de ser uno de esos acontecimientos que solo ocurren una vez cada cien años.

—Increíble… —digo, fingiendo indignación—. ¿Era necesario hacer eso? ¡Oh! Perdona, yo… no debería haber dicho nada. Es que, cuando algo me parece injusto, hablo antes de pensar.

—No te preocupes. El indiscreto ha sido él.

—Pues admiro tu comportamiento. Yo habría entrado de todos modos. Cormag está dentro, eres su esposa… —Me detengo—. Genial. Otra vez hablando más de la cuenta.

—Di lo que quieras, Taylor.

Empieza a caminar hacia el exterior de la mansión y me uno a ella sin que ninguna de las dos tenga que proponerlo. Todavía lleva el enfado escrito en la cara.

—¿Por qué no has entrado de todas maneras?

—No importa. No voy a montar una escena.

—Si Cormag supiera lo que acaba de pasar, quizá…

—No haría nada. Siempre justifica la actitud de su hermano.

—Ewan me contó que Callum está atravesando un mal momento. Supongo que tendrá que ver con eso. Pobrecillo, debió de ser duro.

—No, Taylor. No es la víctima que parece —replica, y la rabia vuelve a endurecerle la voz—. No se portó tan bien como todos creen con Madison. No era precisamente un novio ejemplar.

La confesión me coge desprevenida. También confirma que he elegido bien el momento: hace diez minutos probablemente Ailsa no me habría contado esto.

Pero necesito más. Ahora ya sé que Madison era el nombre de la chica que murió.

—Ewan no me ha dicho nada de eso. Creía que eran una pareja feliz.

—Ni lo hará. Ellos son así, se protegen sin más.

—Es bueno saberlo. Yo acabo de llegar y todo lo que puedas contarme es de agradecer.

—Pues deberías saber que son odiosos. A veces es insoportable tratar con ellos. Y también que son infieles por naturaleza… ¡Abre bien los ojos!

La advertencia me sorprende bastante más de lo que dejo ver.

—¿Todos?

Ailsa parece a punto de responder, pero se contiene. Por primera vez desde que hemos empezado a hablar, tengo la impresión de que la prudencia intenta abrirse paso entre el cabreo.

—Digamos que ser un McAverley no garantiza precisamente la fidelidad.

Interesante.

Se queda callada unos segundos y después suelta el aire.

—Y son escoceses —afirma sin más.

—Eso es lo que más me preocupa. Siempre me ha parecido una amenaza, pero si lo dices tú también… —le digo de forma teatral.

Sonríe abiertamente.

Justo lo que deseaba. No quiero que se arrepienta de haber hablado conmigo, sino que vuelva a hacerlo, aunque sea en otro momento.

Emma aparece de repente y Ailsa vuelca toda su atención en ella.

Joder, se supone que está para cubrirnos, no para interrumpir algo que podría ser interesante.

Emma le comenta algo de unos vestidos que llegarán mañana y se marcha con esa sonrisa perfecta que siempre tiene, no sin antes saludarme haciendo un gesto con la cabeza.

—Tengo que hacer unas llamadas… —dice Ailsa en un tono muy distinto al que había empleado antes de la llegada de Emma—. No tengas en cuenta mis palabras, solo tengo un día complicado.

Mierda. Emma ha sido inoportuna. Ailsa ya no va a decir nada más.

—No pasa nada, siempre hay un día complicado.

—Bienvenida a la familia, Taylor. Espero que seamos buenas amigas.

Lo dice con una sonrisa tan correcta que casi consigue parecer sincera.

Asiento mientras la veo alejarse.

¿Me suelta todo eso y se queda tan ancha?

Tengo que averiguar qué ha querido decir con lo de Callum y Madison y cuánto hay de verdad y cuánto de rabia en todo. Acaba de dejarme bastante material con el que trabajar.

«Odiosos, infieles y escoceses», repito susurrándolo en voz alta.

Los McAverley, mi familia por una semana, son odiosos, infieles y escoceses…

Casi nada.

Aunque, puestos a enumerar desgracias, Ailsa se ha olvidado de la lluvia y de esa comida espantosa que tanto les gusta.

Yo las habría incluido.