Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 23 ​​ Taylor
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23 ​​ Taylor

Acción

—Haz tu trabajo, detective —me ha dicho mi «querido novio» antes de entrar en el salón en el que se reunirá con sus hermanos.

No es un salón cualquiera, sino el antiguo despacho de su padre.

Aquí hay salones y despachos para aburrir.

Todo es grande, todo es lujoso. Dunraven House es exactamente lo que parece desde fuera: una de esas majestuosas mansiones escocesas de piedra que llevan generaciones viendo pasar a la misma familia y acumulando cosas por el camino.

Techos altísimos, escaleras enormes, chimeneas, cuadros, muebles antiguos y cientos de jarrones que probablemente cuestan más que mi coche.

Hay habitaciones suficientes para perder a varios invitados sin que nadie los eche de menos y, aun así, un ala entera permanece prácticamente en desuso.

Cuatro o cinco personas se ocupan de que todo funcione sin que parezca que están en todas partes, aunque, después de casi dos días aquí, empiezo a reconocerlas.

A Emma la conocí ayer. Hemos hablado poco, pero lo suficiente para que me dejara claro que sabe quién soy, qué hago aquí y que está de nuestra parte.

También he tardado poco en comprobar que no es una empleada más.

Todos la adoran. Ha formado parte de esta familia durante tantos años que se mueve por Dunraven con una naturalidad que no tiene ninguno de los demás miembros del servicio y los cuatro hermanos la tratan como si perteneciera a la casa tanto como ellos.

También he podido ver el contrato que Judith firmó con la agencia.

No estaba preparada para encontrarme el nombre de Elspeth allí, escrito junto al de una mujer que hasta hace unos días no significaba absolutamente nada para mí.

Me ha hecho sentir mal de una forma difícil de explicar, como si de pronto mi hermana hubiera dejado de ser una colección de pistas para aparecer dentro de esta casa.

El contrato está fechado hace cuatro meses y la cantidad acordada es considerable.

Muy considerable. Lo extraño es que no sé dónde está ese dinero.

No aparece en las cuentas de Elspeth que revisó la policía, así que o Judith no llegó a pagarle o lo hizo de una forma que todavía desconocemos.

Y la fecha tampoco me deja tranquila: cuatro meses encajan demasiado bien con la época en que Fiona recuerda que Elspeth empezó a hablar de aquel caso importante que podía cambiarle la vida.

Cada vez resulta más difícil creer que estuviera hablando de otro.

Después de dos noches y un día entero conviviendo con los McAverley, también empiezo a hacerme una idea bastante clara de cada uno.

Cormag es encantador y divertido; Isla, puro afecto, de esas personas que consiguen incluirte en una conversación, aunque acabes de conocerlas.

Callum es otra historia: serio, frío y difícil de leer, excepto cuando Ailsa anda cerca.

Entonces no hace falta ser psicóloga para darse cuenta de que no la soporta.

Que me caigan bien no significa que no haya empezado a descubrir ese algo que los delata como miembros de la misma familia.

Hay un aire muy McAverley en todos ellos que he tardado poco en detectar, una especie de seguridad ligeramente arrogante que no desaparece por muy encantadores que puedan resultar.

No es que presuman ni que traten a nadie como si estuviera por debajo; al contrario, hasta ahora los he visto comportarse con absoluta normalidad con todo el mundo.

Es algo más difícil de definir, una forma de moverse, de hablar, de ocupar un espacio y dar por hecho que pertenecen a él.

Supongo que tiene mucho que ver con la educación que han recibido, con el apellido que llevan y con haber crecido en un mundo como este.

Cormag lo disfraza mejor con su simpatía, Isla con esa facilidad que tiene para repartir afecto y Callum ni siquiera se molesta demasiado en esconderlo.

Ewan, por supuesto, merece una categoría propia.

Quizá sea simplemente eso: los McAverley pueden ser encantadores, pero ninguno de ellos ha aprendido a pasar desapercibido.

Lo curioso es la manera en que Callum demuestra lo poco que soporta a Ailsa.

No la ataca ni discute con ella; sencillamente la trata como si fuera uno de los cientos de jarrones repartidos por la mansión.

Ailsa puede dirigirse directamente a él y Callum se las ingenia para contestarle con una triste palabra, cambiar de tema o continuar la conversación con otra persona dejándola atrás.

Cormag se da cuenta, estoy segura, pero nunca interviene, ni siquiera cuando su mujer se esfuerza por acercarse a su hermano. Y Ailsa se esfuerza.

Conmigo todos han sido amables. Cormag parece encantado de que su hermano tenga por fin una novia e Isla prácticamente me ha adoptado.

Desde mi primera hora en la casa se ha empeñado en incluirme en todo, buscarme para hablar, sentarse a mi lado y hacerme sentir como si llevara mucho más de dos días aquí.

Ailsa es diferente. Es educada conmigo y no puedo decir que me haya tratado mal ni una sola vez, pero mantiene cierta distancia y, de todos ellos, es probablemente quien lleva ese aire de superioridad con menos disimulo.

Hay algo más esnob en ella, más pendiente de las formas, de lo que corresponde y de lo que no, aunque todavía no sé si forma parte de su carácter o si simplemente no termina de saber qué hacer conmigo.

Con Isla, en cambio, parece tener una relación estupenda; hablan, bromean y se buscan con la familiaridad de quienes llevan mucho tiempo formando parte de la misma vida.

También está pegada a Cormag casi constantemente, quizá demasiado para mi gusto, aunque a él parece encantarle.

Ella suele buscar el contacto y él lo recibe con una naturalidad que hace pensar que llevan toda la vida juntos.

Si hay alguna diferencia entre los dos casi siempre es Ailsa quien da el primer paso.

Callum mantiene las distancias en general, aunque conmigo se muestra más cercano.

Presumo que es una forma de joder a Ailsa.

Y luego está Emma. Apenas la veo porque pasa buena parte del día entre su hermana, el personal y mil cosas de la casa, pero cuando aparece es imposible no fijarse en ella.

Es una mujer de mediana edad, elegante, discreta y muy «inglesa», de las que se toman el té con una ceremonia que a una americana como yo le cuesta entender.

También resulta evidente que todos la adoran; se acercan a ella en cuanto la ven y recurren a Emma para solucionar cualquier cosa con la naturalidad de quien lleva haciéndolo toda la vida.

Saber que está cerca y que conoce la verdad me da cierta tranquilidad.

Ewan es un caso aparte.

En público somos una pareja bastante convincente.

En privado, aprovechamos cualquier oportunidad para buscarnos las cosquillas y discutir, quizá porque resulta más sencillo concentrarnos en lo mucho que nos irritamos que pensar en el hecho de que hemos acabado en la misma cama las dos noches que llevamos en Dunraven.

No lo entiendo.

Ewan me cae mal. De verdad. Es arrogante, sus comentarios me sacan de quicio y posee una habilidad extraordinaria para encontrar exactamente la frase que consigue irritarme.

Sin embargo, después de discutir ocurre algo que tampoco entiendo: el enfado se transforma en una atracción tan intensa que acaba arrasando con todo lo demás.

Ha sucedido las dos noches de la misma manera y, a la mañana siguiente, ninguno menciona una palabra.

Volvemos a provocarnos, a discutir y a fingir que unas horas antes no estábamos haciendo algo bastante distinto.

Un comportamiento muy maduro por nuestra parte.

Y bastante estúpido por la mía.

Porque, por mucho que intente reducirlo a sexo y convencerme de que una cosa no tiene nada que ver con la otra, sé que la estoy cagando.

Ewan no es un hombre al que haya conocido durante unas vacaciones y con el que pueda acostarme hasta que alguno de los dos se canse.

Es mi cliente, estoy infiltrada en su familia, intento descubrir qué relación tuvieron los McAverley con la desaparición de mi hermana y necesito conservar la cabeza lo bastante fría para distinguir una sospecha de un prejuicio y una mentira de algo que simplemente no quiero creer.

Y desde que ayer vi el nombre de Elspeth en aquel contrato, resulta todavía más difícil ignorarlo.

¿Y si Ewan tiene algo que ver con su desaparición y yo estoy follando con él cada noche?

No parece tener ningún sentido. Si quisiera ocultar algo, montar todo este circo, contratar precisamente a la agencia de Elspeth y meterme durante una semana en su propia familia sería una forma bastante estúpida de hacerlo.

Hasta ahora tampoco he visto nada que me haga pensar que me ha mentido sobre conocerla.

Pero no puedo descartarlo.

No puedo descartar a nadie, porque precisamente ese es el motivo por el que estoy aquí. Igual que tampoco puedo descartar la posibilidad de estar perdiendo el tiempo, de que al final de esta semana siga sin saber qué hacía Elspeth en Skye, qué descubrió sobre esta familia ni dónde coño está.

Y acostarme con Ewan no me acerca a ninguna de esas respuestas. Al contrario, puede conseguir que deje de hacerme las preguntas adecuadas.

Lo peor es que tampoco puedo culpar al papel de novia, a la convivencia ni a una copa de más. Las dos veces he sabido perfectamente lo que estaba haciendo y las dos veces he querido hacerlo.

Así que se acabó.

Dos noches ya son dos errores más de los que debería haber cometido. No habrá una tercera.

Las únicas treguas llegan cuando hablamos de la investigación.

Ayer encontramos algunos momentos para repasar lo que debía observar y las preguntas que él podía introducir sin despertar sospechas; esta mañana hemos vuelto a hacerlo y hemos hablado especialmente de las reuniones que mantendría con sus hermanos.

Así que espero que, ahora que está al otro lado de esa puerta, ponga en práctica todo lo acordado en lugar de limitarse a discutir sobre empresas, propiedades y una herencia que cada vez entiendo menos.

Callum aparece unos minutos después. Apenas me dedica un gesto antes de abrir la puerta del antiguo despacho de su padre y entrar.

Ailsa llega justo detrás y se encuentra con él de frente. Hace ademán de entrar, pero Callum se interpone.

—Es algo estrictamente familiar —dice antes de cerrarle bruscamente la puerta.

Ailsa se queda unos segundos delante de ella.

Mierda. Se supone que yo debería aprovechar que están reunidos para registrar uno de los dormitorios, pero Ailsa se ha quedado fuera y no puedo hacerlo, al menos no sin hablar antes con Emma.

Espero por si decide entrar de todos modos, pero finalmente se vuelve y la expresión de furia que descubro en su cara me anima a quedarme y acercarme a la persona que más distancia ha mantenido conmigo desde que llegué.