22 Ewan
Empieza el espectáculo
—Nunca había visto nada igual —dice Isla dirigiéndose a Taylor.
Desde hace más de media hora, ellas protagonizan la conversación de la cena.
Isla ha elegido Nueva York como tema y no parece dispuesta a abandonarlo. Ha estado varias veces y está enamorada de la ciudad, algo que todos sabemos de sobra, así que nadie la interrumpe mientras pregunta, recuerda y compara experiencias.
Taylor le sigue la corriente con una facilidad sorprendente. No sé si está cansada; apenas la conozco, pero no lo parece. Supongo que hablar de su ciudad es un terreno mucho más cómodo que cualquier otro.
Mis hermanos escuchan y yo hago lo mismo, aunque mi atención se concentra sobre todo en ella.
Hasta hace un rato seguía bastante tenso. Desde que entramos por la puerta he estado esperando una pregunta inoportuna, una respuesta equivocada o cualquier detalle capaz de hacer saltar por los aires esta farsa. Sin embargo, Taylor parece perfectamente cómoda en su papel.
Y a mis hermanos les ha ofrecido una versión que yo desconocía: divertida, ingeniosa, amable y con una sonrisa casi permanente.
También es cierto que se lo han puesto fácil.
Nos han recibido con una calidez que no esperaba. Nada más entrar, los tres se han acercado a saludarla y, en cuestión de minutos, la tensión que llevaba acumulando desde Broadford había empezado a desaparecer. Hasta he decidido pasar por alto que hemos llegado tarde por su culpa.
Aunque quizá debería haberlo imaginado. Desde que nos vimos ayer en el club, el grupo de los cuatro hermanos no ha parado de recibir mensajes. Ha habido bastantes, algunos incluso absurdamente optimistas, pero tres de ellos resumen bastante bien el estado de ánimo general.
Callum fue el primero:
«Por mí, empezamos de cero. Nos vendrá bien a todos».
Cormag tardó poco en responder:
«Por mí, trato hecho. Pero una semana sin discutir me parece demasiado ambiciosa. Empecemos por llegar al domingo».
E Isla, como era de esperar, necesitó unas cuantas palabras más:
«Yo solo quiero que estemos bien. Así que pienso disfrutar muchísimo de esta semana. Y quiero conocer a Taylor».
Tres mensajes muy distintos para decir prácticamente lo mismo.
Quieren intentarlo.
Y yo también.
Y el resto de mensajes con algunas bromas sobre mi «noviazgo» ha hecho que la tensión se rebajara aún más.
Lo que no tenía tan claro hasta hace unas horas era si sobreviviría a una semana entera conviviendo con la mujer que tengo sentada a mi lado. Apenas hemos compartido unas horas y ha conseguido irritarme en casi todas ellas.
Y eso, en mi caso, suele ser definitivo.
Cuando alguien me cae mal desde el principio, cambiar de opinión me cuesta una barbaridad.
Puedo ser educado, razonable e incluso admitir que me he equivocado, pero conseguir que una persona deje de resultarme insoportable es otra historia.
Taylor alcanzó esa categoría con una rapidez extraordinaria.
Sin embargo, mientras la veo hacer reír a Isla y responder a las ocurrencias de Cormag sin perder el ritmo, empiezo a sospechar que quizá esta semana no vaya a ser tan terrible.
Siempre que en algún momento decida compartir conmigo esa versión simpática de sí misma.
—Me encantaría ir a Nueva York —comenta Ailsa, acompañando sus palabras de un suspiro y apoyando la cabeza en el brazo de su marido.
Cormag la acaricia con suavidad.
—Iremos, cariño… Y le pediremos a Taylor que nos haga de guía.
—Me encantará —admite con una de esas sonrisas que tanto me han sorprendido.
Callum pone los ojos en blanco. Un gesto rápido que solo vemos Taylor y yo porque estamos sentados frente a él.
Nunca ha ocultado que Ailsa le cae mal y, de vez en cuando, hace algún comentario que lo deja bastante claro, aunque jamás delante de ella.
A Ailsa no la ataca ni se enfrenta a ella; simplemente la ignora.
Claro que, como ha observado Taylor y ya ha aprovechado un momento a solas para comentármelo, quizá haya encontrado otra forma bastante más sutil de atacarla: ser especialmente atento con Taylor.
Callum lleva una temporada frío y reservado en general, y todos conocemos el motivo, pero con Taylor se muestra más amable y conversa más de lo habitual.
Nadie sabe por qué. Ni mi madre ni el propio Cormag consiguieron que explicara el motivo o cambiara de actitud, así que el tema simplemente se oculta, no se habla, se disimula, como todos los conflictos que ha habido siempre en mi familia. Se acepta sin más y se sobrevive con ello.
Unas horas después, la versión simpática de Taylor ha desaparecido por completo.
Ha sido hace un rato, cuando Isla le ha enseñado la casa, cuando ha descubierto que su maleta estaba en mi dormitorio. El servicio se había encargado del equipaje nada más llegar y, hasta entonces, ella no tenía ningún motivo para sospechar que yo había ignorado su petición de dormir separados.
Delante de mi hermana no ha dicho nada; ha seguido con la visita, ha sonreído cuando correspondía y ha esperado pacientemente hasta que por fin nos hemos quedado solos. Ahora está frente a mí, con los brazos cruzados y sin rastro de aquella sonrisa que ha regalado durante horas a todo el mundo.
A mí no.
—Te dije que quería mi propio dormitorio.
—Lo recuerdo. Es más, lo hablé con Emma. La conocerás mañana; es nuestra aliada y fue ella quien me dijo que no le parecía una buena idea con lo que tenemos entre manos. Como has podido comprobar, el ala este de la casa está desocupada.
—¿Demasiadas molestias para el «servicio»? —pregunta con ese tono que detesto y del que casi había conseguido olvidarme durante unas horas.
—Demasiada incongruencia, detective. Bastante surrealista, incómoda y complicada es ya esta situación como para añadir elementos que llamen la atención.
—¿Elementos? No querer compartir cama contigo no me parece un elemento.
Tampoco forma parte de mi trabajo y es demasiado íntimo, así que ya puedes arreglarlo.
Lamento joder tus planes, pero no quiero dormir contigo.
Me esforzaré en ser tu novia, cariñosa, atenta, amable, cercana y la mejor que puedas lucir delante de tus hermanos, pero no vas a dormir con esa novia.
—Hablas como si tuviera algún interés especial en hacerlo.
—Eso parece, doctor inglés.
—Te equivocas. La primera sorpresa para mis hermanos ha sido descubrir que tengo novia; te aseguro que a quienes me conocen la idea no termina de encajarles. Una vez superada esa parte, prefiero que todo lo demás resulte lo más natural y discreto posible.
—Dormir en habitaciones separadas no convierte nuestra relación en menos creíble.
—Estoy de acuerdo. No vivo en la Edad Media y sé que dos personas pueden ser pareja, estar casadas o llevar cincuenta años juntas y dormir separadas, pero no sé cómo lo interpretarían mis hermanos y no quiero darles motivos para hacerse preguntas.
Además, durante el día quizá no tengamos ocasión de hablar a solas y este dormitorio puede ser nuestro refugio, el lugar donde intercambiar información sin preocuparnos de quién escucha.
Su expresión no cambia, así que continúo:
—Tu dormitorio estaría a cinco pasillos de aquí.
No quiero que te pases la semana recorriendo la casa cada vez que necesitemos hablar ni que mis hermanos se pregunten por qué entras y sales continuamente.
Si estamos cada uno en una habitación, no sabrán si estamos durmiendo, discutiendo o follando y, créeme, pocas personas son más cotillas que mis hermanos.
—Magnífico argumento.
—No estoy diciendo que no tengas derecho a negarte, sino que creo que complica innecesariamente lo que hemos venido a hacer.
Esta cama puede albergar a un equipo de fútbol y no tengo ningún interés oculto, señorita americana.
No quiero follar contigo; quiero dormir y disponer de un lugar donde podamos hablar de lo que nos ha traído hasta aquí sin tener que cruzar media casa para hacerlo.
—Aclarado.
Lo dice con tanto odio que no me creo una palabra.
—Todo esto sería bastante más llevadero si simplemente nos cayéramos medianamente bien, algo que, dadas las circunstancias, empieza a parecerme complicado.
—En eso estamos de acuerdo.
—Entonces ¿aceptas quedarte?
—Eso parece.
—No me convence tu rendición.
—Ese es tu problema.
Se hace el silencio. Sigue con los brazos cruzados y la misma expresión de furia, así que no me creo ni por un instante que rendirse figure entre sus planes inmediatos.
—¿Qué parte sigue molestándote?
—Tú.
Ah.
—Eso va a ser más difícil de solucionar.
—Mucho. Porque si tenías todos esos argumentos para que durmiéramos juntos, has tenido horas para comentármelos. No era necesario que descubriera delante de tu hermana que habías decidido ignorar lo que te pedí.
No respondo porque, en eso, tiene razón.
—Y otra cosa —continúa—. Me ha quedado perfectamente claro que no tienes ningún interés especial en dormir conmigo más allá de seguir interpretando el puto papel de novios.
No estoy intentando preservar mi pudor ni jugando a proteger una intimidad que ya hemos compartido; ya he follado contigo, así que no necesito recurrir a esas gilipolleces.
Pero, como tú mismo has dicho, no nos caemos bien y, en la medida de lo posible, procuro no dormir con alguien que me parece arrogante, engreído y desconsiderado.
—Creo que ya he entendido esa parte.
—No lo parece. Pero acepto tus argumentos y no quiero seguir discutiendo.
Estoy trabajando, quiero que esta semana termine tanto como tú y espero conseguir algo que explique por qué tu madre recurrió a Elspeth y darte respuestas para que puedas resolver de una vez todo este desastre.
Estoy agotada y solo quiero meterme en esa cama del tamaño de un campo de fútbol, dormir y mañana estar al cien por cien para seguir fingiendo que estoy loca por tus huesos mientras me inmiscuyo en todos los rincones posibles de la vida de tu familia. ¿Mejor, inglés?
—Escocés. Ya sabes: Skye, península de Sleat, Highlands…
—Sencillamente eres un gilipollas.
—Lo sé. Ahora mismo hasta yo lo creo.
Me mira sorprendida y no me extraña, porque ni siquiera yo entiendo muy bien por qué lo he admitido.
Quizá porque tiene razón y debería haber hablado con ella antes de tomar una decisión que nos afectaba a los dos; o quizá porque llevo demasiado rato observando ese ceño fruncido, la forma en que una de sus cejas se eleva ligeramente cuando está enfadada y ese aire insolente y provocador que debería irritarme mucho más de lo que lo hace.
Lo preocupante es que acabo de descubrir que no solo no me irrita.
Me atrae.
Taylor sigue mirándome y yo no aparto los ojos de ella.
El enfado continúa ahí, intacto; no hemos solucionado absolutamente nada y hace apenas unos segundos me ha llamado arrogante, engreído, desconsiderado y gilipollas, cuatro calificativos en menos de un minuto que deberían haber conseguido cabrearme todavía más.
Y lo han hecho.
Solo que ahora el cabreo viene acompañado de otra cosa que reconozco perfectamente y que no debería estar sintiendo.
—No me mires así —dice.
—¿Así cómo?
—Como me estás mirando.
—Tú me estás mirando exactamente igual.
—No.
—Sí.
Entrecierra los ojos.
—Me sigues cayendo fatal.
—El sentimiento es bastante parecido, detective.
El silencio que sigue ya no se parece al anterior.
Hay algo distinto en su mirada y seguramente también en la mía, una tensión que conozco porque ya la hemos sentido antes y que no tiene absolutamente nada que ver con simpatía, cariño ni ninguna de esas cosas que se supone que deberían acercar a dos personas.
No sé cuál de los dos se mueve primero; quizá lo hacemos a la vez. Solo sé que la distancia desaparece de golpe y, cuando la beso, no hay nada amable, romántico ni razonable en ello.
Taylor responde con la misma rabia, me agarra de la camiseta y me acerca todavía más, como si besarme fuera otra manera de seguir discutiendo. Le rodeo la cintura y, durante unos segundos, todo se reduce a esa absurda necesidad de estar más cerca de alguien de quien llevo horas deseando alejarme.
Nos separamos apenas lo suficiente para mirarnos y ninguno dice nada. Sería el momento perfecto para detenernos, recuperar un mínimo de sensatez y recordar todos los motivos por los que esto es una pésima idea.
No lo hacemos.
Vuelvo a besarla y esta vez ya no queda espacio para fingir que ha sido un impulso aislado. Hay deseo, mucho, el mismo que ya conocemos y que, por algún motivo que no alcanzo a comprender, parece todavía más intenso cuando estamos enfadados.
No tiene sentido y quizá sea precisamente eso lo que hace tan difícil detenerlo.
Cuando vuelvo a ser capaz de pensar con cierta claridad, llego a una conclusión bastante incómoda: Taylor sigue cayéndome mal.
Eso no ha cambiado y tampoco creo que yo le caiga mejor después de esta noche.
No hay romanticismo, ternura ni ninguna revelación escondida detrás de lo que acaba de ocurrir; es sexo, necesidad, algo puramente físico alimentado por una atracción que ya existía y por el componente absurdo de desear precisamente a la persona a la que no debería desear.
Lo prohibido, lo incoherente, lo que no tiene ninguna explicación.
Quizá sea eso lo que lo hace tan jodidamente irresistible.
Y acabamos de demostrar que compartir dormitorio no era, ni de lejos, una buena idea.