Los McAverley. Infieles, odiosos y escoceses 21 ​​ Taylor
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21 ​​ Taylor

La Mansión de Skye

He dormido veintitrés minutos. O quizá veinticinco, no estoy segura. De lo que tampoco estoy segura es de si estoy a punto de lanzarme a una piscina sin agua.

Hace dos días era toda fortaleza. Una heroína dispuesta a enfrentarse a lo que hiciera falta con tal de encontrar a mi hermana.

La falta de respuestas me llevó a aceptar, sin demasiadas dudas, infiltrarme en la familia McAverley para investigar una historia llena de grietas que uno de los herederos del whisky ha decidido llevar a un terreno bastante rocambolesco.

Y ahora soy un pedazo de mantequilla.

Tengo dudas, ninguna seguridad y un miedo atroz a que todo esto me empuje hacia un abismo del que no sepa salir.

Y, por si fuera poco, tengo a David pisándome los talones.

Anoche me proporcionó herramientas para mi trabajo: unos prismáticos, un reloj que graba y cientos de consejos que apenas recuerdo.

También estaba Fiona, que me abrazó seis veces, lloró cuatro, me pidió ciento cincuenta veces que tuviera cuidado y unas mil quinientas que mantuviera el contacto diario. Todo rematado con una amenaza:

—Más vale que no te olvides de ponerte en contacto con nosotros o enviaré un ejército de policías a la mansión.

La verdad es que esa parte maternal me hacía falta. Hablar con mi madre habría sido catastrófico. Estamos en contacto, pero cree que prácticamente estoy de vacaciones esperando noticias de Elspeth, así que el cariño de Fiona me ha dado fuerzas.

Fuerzas que Colton, a quien tuve la brillante idea de poner al corriente, se encargó de robarme.

Una hora y media de conversación a las tres de la madrugada durante la que puso el grito en el cielo, literalmente.

Tardé más en calmarlo y convencerlo de que necesitaba su apoyo que en contarle mis planes.

Pero funcionó.

Y ahora estoy metida en un coche con el gilipollas del médico heredero de una destilería, camino de la mansión donde, si todo sale bien, vamos a convivir una semana con su familia.

Y mientras recorremos las pocas millas que separan Broadford de la mansión, solo me repito que todo saldrá bien, que estoy haciendo lo correcto, que la vida me devolverá a mi hermana. Y las palabras de Colton, esas que ha repetido hasta la saciedad:

«Ni una sola información. No hables de Elspeth ni de tu vida. Improvisa. Si hacen demasiadas preguntas, despista o miente».

Lo que no sabía era que iba a tener que improvisar tan pronto.

—¿Qué le ha pasado a esa chica… Elspeth?

—Problemas de salud. Fin del tema.

—¿Se recuperará?

—Qué más te da si no la conoces.

—¿Y si eso no es verdad?

Trago saliva.

No estoy preparada para esto.

—¿Qué?

—He estado pensando. ¿Cómo pensaba investigar a mi familia? No sé cómo trabaja un detective, pero tú sí. Algo debes de saber. Deberías enseñarme una foto por si alguna vez la he visto sin saber quién era.

—Ella está al margen de todo esto. Ahora me ocupo yo. Es un caso nuevo, así que dejémosla fuera.

—Necesito saber si la he visto alguna vez o si puedo relacionarla con mis hermanos. Aunque ahora esté al margen, fue ella quien inició la investigación que estamos continuando. No sabemos qué averiguó y precisamente vamos a intentar descubrirlo. En el fondo, estamos investigando lo mismo.

No tengo tiempo para pensar. Esta es una de las muchas sorpresas que Colton me advirtió que podía encontrarme.

Y ahora me siento como una mierda de psicóloga. Yo, que creía saber controlar las reacciones humanas… Bueno, al menos cuando no tienen nada que ver conmigo. En esos casos suelo ser bastante menos brillante.

Ante la duda, miente. Ya tendrás tiempo de arreglarlo después.

Busco en el móvil mientras él se aparta a un lado de la carretera. No parece complicado: somos los únicos seres vivos que la recorremos.

Encuentro la fotografía de Susan. Aún la conservo. Es una paciente a la que ayudé a preparar un currículum.

Perfecta.

—Esta es Elspeth.

Observa la fotografía con el ceño fruncido y después me mira como si acabara de enseñarle la foto de un perro.

—¿Esta es?

—Sí, esta es —respondo mientras retiro el móvil.

—Me la imaginaba más joven —dice antes de reanudar la marcha.

No dejo de observarlo. Acabo de enseñarle a la que supuestamente es Elspeth por primera vez y quiero ver qué hace.

Si conoce a mi hermana, debería preguntarse por qué coño le estoy mintiendo.

Si no la conoce, probablemente hará exactamente lo que está haciendo: comentar sorprendido la edad de una desconocida.

—Es joven —digo con calma.

—Me la imaginaba de tu edad, pero… da igual. En cualquier caso, no la he visto en mi vida.

—Aclarado.

—Te llamas Taylor Smith, no Stone. El nombre es mejor no cambiarlo para que te resulte más fácil reaccionar, pero Smith es uno de los apellidos más corrientes en Estados Unidos.

Encontrar a la Taylor Smith correcta no será precisamente fácil.

Por si a mis hermanos les da por investigar quién eres y tu verdadero apellido aparece relacionado de algún modo con todo esto.

—Has pensado en todo.

—Es tu trabajo, pero, ya que no lo has hecho…

Respiro hondo. Control de impulsos.

—¿Crees que van a investigarme?

—Intentarán satisfacer su curiosidad.

—Claro. Niños rodeados de millones de dólares que quieren asegurarse de que la americana no es una cazafortunas.

—Correcto. Aunque hay un pequeño error: dólares, no. Libras. Sigues bastante desubicada.

Niego con la cabeza, quitándole importancia. Por muy americana que sea, se supone que trabajo en Escocia. Debería haber dicho libras.

—Apunta, por si vuelves a tener problemas con la geografía.

Quiero que sepas exactamente dónde estás.

Dunraven House. Península de Sleat, extremo sur de la isla de Skye, Hébridas Interiores, Highlands escocesas, Escocia, Reino Unido.

Cerca de Armadale, frente al Sound of Sleat y con las Highlands continentales al otro lado.

Ahí es donde te encuentras ahora, señorita de Nueva York.

—Con un listillo que se cree muy gracioso.

—Exacto. Seguimos. Desde Broadford hemos conducido alrededor de media hora hacia el sur. Si acabas en Inglaterra, te has pasado.

Resoplo. Control de impulsos otra vez.

—¿Nerviosa?

—Solo recurro a la respiración para no mostrarte mi lado más oscuro.

—¿Hay otro más oscuro?

Respiro hondo de nuevo.

—Taylor Smith. Americana. Vives en Nueva York y organizas eventos por tu cuenta.

Nos conocimos hace un año en el Fairmont Olympic, donde yo estaba alojado por una conferencia.

Hablamos a diario por videollamada, desde entonces has venido seis o siete veces a Escocia y te has alojado conmigo en la casa que ya conoces.

Si preguntan demasiado, hazte la tímida.

Y, ante cualquier cosa que no sepas, simplemente no te lo he contado.

Me conocen y saben que no suelo compartir mi vida privada.

—Falta algo…

—¿Qué?

—Odio el whisky.

Me mira como si acabara de confesar un genocidio.

—Eso mejor no lo digas si quieres caerles bien. ¿Algo más?

—Joder… Demasiados datos nuevos. Demasiadas mentiras —murmuro sin querer.

—¿Lo dices por el whisky?

—No, joder, lo digo por todo… Mentiras, mentiras…

—¿Algún conflicto moral, detective? Deberías estar acostumbrada a mentir, hacerte pasar por otra persona, meterte en la vida de los demás, cargarte su privacidad, espiarlos…

Respiro hondo, pero esta vez no sirve de nada.

—También busco a personas desaparecidas cuyas familias están desesperadas y persigo a responsables de fraudes que le joden la vida a la gente.

No solo compruebo quién folla con quién no debe.

Y también acepto encargos de médicos escoceses que hablan de moral mientras me contratan para que me inmiscuya en la vida de sus hermanos.

Curiosamente, entonces mi profesión y mis métodos no parecen provocarles tanto rechazo.

Se hace el silencio. De reojo veo cómo se endurece su expresión.

—No me queda otra opción. Y no estoy orgulloso de hacerlo.

—Entonces no hables de la moral de los demás.

¿Me habrías contratado si no hubiera una herencia millonaria de por medio?

Si el reparto no dependiera de ti, ¿habrías querido averiguar por qué tu madre sospechaba de tus hermanos?

Si hubiera tenido tiempo de cambiar otra vez el testamento, ¿estaríamos haciendo esto?

—Sin el testamento nunca habría sabido que mi madre contrató a una detective, ¿recuerdas?

Pero sí. De haberlo sabido, habría querido averiguar qué ocurrió en cualquier circunstancia.

Y recuerda también otra cosa: quería mucho a mi madre y todavía no asimilo que ya no esté.

Adoro a mis hermanos y quiero que volvamos a estar unidos.

El dinero de esa herencia me importa una mierda.

Puedes creerme o no, pero enseguida comprobarás que ellos lo saben.

—Aclarado. Pero, si no te gusta que te disparen, no dispares tú primero.

—Aclarado también. Hemos llegado, cariño.

Gira hacia un camino empedrado y, entre los árboles, aparece Dunraven House.

Ya la he visto. Incluso me he colado donde no debía y he recorrido parte de sus jardines, pero desde aquí parece distinta.

El camino va descubriendo poco a poco la enorme construcción de piedra, rodeada de verde y recortada contra el cielo gris de Skye.

Es elegante, imponente y demasiado grande para llamarla simplemente casa.

Y vuelve a impresionarme.

Mucho.

Pero esta vez es diferente.

A medida que nos acercamos, una sensación extraña empieza a instalarse en mi pecho. No es miedo. Tampoco nervios. Es algo más difícil de explicar, una certeza absurda que no tiene ninguna lógica y que, aun así, no consigo apartar.

Miro Dunraven House mientras el coche continúa avanzando.

He venido hasta aquí buscando respuestas sobre Elspeth.

Sin embargo, por primera vez, tengo la inquietante sensación de que detrás de esas paredes me espera algo que también tiene que ver conmigo.

Y que cuando vuelva a salir, ya nada será exactamente igual.