19 Taylor
Planes
El gilipollas highlander, el hijo pródigo que cambió el whisky por la medicina y prefiere vivir rodeado de montañas, ha vuelto a la carga con ese tono arrogante que le borraría de buena gana.
Y no de forma amistosa. La tregua parece haber terminado en cuanto ha dejado de hablar de su familia.
Pero todavía no hemos terminado, así que espero que siga aportando más datos porque cada vez que me imagino dónde me estoy metiendo, me entran ganas de salir corriendo.
—Háblame de tus hermanos —le pregunto, recuperando yo también mi tono desafiante.
—Cormag es el mayor. Se casó hace poco con Ailsa.
—¿Esa es la boda que querías impedir?
—No intenté impedir su boda. Solo le aconsejé que se asegurara de que quería casarse.
—¿Te cae mal tu cuñada?
—No. Es a Callum, mi otro hermano, el mediano de los chicos, a quien no le cae demasiado bien, aunque no sabemos por qué. A mí me parece una buena chica.
—Entonces, ¿por qué el día de su boda le dijiste que aún estaba a tiempo de echarse atrás?
—Porque soy así de capullo. No creo demasiado en las bodas y me preocupaba que cometiera un error.
—Si el error lo cometo yo, capullo, será peor para ti. Así que cuéntame la verdad o búscate a otra.
Parece pensárselo.
—Unos días antes salimos de copas y se emborrachó. Estaba raro y no parecía precisamente entusiasmado con la boda. No nos contó nada y al día siguiente no quiso hablar del tema. Eso es todo. Me pareció que debía explotar esas dudas. Lo intenté. Finalmente se casó.
Lo observo unos segundos y algo en ese discurso me indica que no me está diciendo la verdad. Recuerdo perfectamente su conversación.
—¿Por qué te dijo que no quería repetir la experiencia?
—Buena memoria, detective.
—Tú también deberías tenerla y recordar que estamos aquí porque te interesa a ti. Que no me cuentes la verdad no te ayuda.
—Isla se iba a casar hace un año, pero… su novio no apareció. La dejó plantada el día de la boda.
—Joder… ¿Se arrepintió en el último momento?
—Eso parece.
—Por eso dijo lo de repetir la experiencia…
—Por eso.
—Háblame de tu hermana.
—Isla es encantadora. Es el alma de la familia. Con ella no creo que tengas problemas.
—¿Con quién los voy a tener?
—Con nadie. Conocerás a mis dos hermanos y a mi hermana. Y también a Ailsa, mi cuñada. Callum es algo reservado, aunque no siempre ha sido así. La vida le dio un buen palo hace un año y… desde entonces es distinto.
—¿Qué palo?
—Perdió a su novia en un accidente de coche.
—Entiendo… ¿No hay más cuñadas o cuñados?
—No. Ninguno tiene pareja. Yo tampoco.
—¿De verdad, amor mío? —le digo utilizando el mismo apelativo que con tanta ironía ha empleado él.
Pone los ojos en blanco.
—Vale, eso ha sido una broma, pero abstente de ese tipo de trato delante de ellos. Quiero convencerlos de que eres mi pareja. Si te comportas de forma empalagosa, no se lo van a tragar.
—Qué decepción. ¿Qué les has dicho de mí?
—Aún no les he hablado de ti.
—¿Qué?
—No he tenido tiempo de hacerlo.
—¿Y apareceré de repente?
—Lo he pensado. Diré que tu visita ha sido inesperada. No estaba prevista y coincide con nuestra semana en la mansión. Les diré algo hoy mismo.
—¿Y no les sorprenderá que de repente aparezca una novia de la que jamás han oído hablar?
—No están acostumbrados a que les cuente mi vida privada.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Sí, les sorprenderá, supongo, pero creo que les importa más la reunión en sí que quién me acompañe.
—Estupendo. Empezamos bien. ¿Qué debo saber de nuestra historia de amor?
—¿Has estado alguna vez en Seattle?
—¿Seattle, Washington?
—Sí, Taylor. Esa Seattle.
—Sí, alguna vez.
—Yo estuve allí el año pasado por una conferencia, así que lo utilizaré. Nos conocimos en el hotel. Organizas eventos.
—¿Organizo eventos?
—Por tu cuenta. Principalmente celebraciones privadas.
—¿Y eso por qué?
—Porque es difícil de comprobar y no exige conocimientos demasiado específicos.
—Qué considerado. Has elegido una profesión en la que crees que no puedo meter la pata.
—¿Quieres arriesgarte?
Lo miro con furia.
—Organizo eventos. ¿Qué más?
—Vives en Nueva York y nos vemos siempre que podemos. Fue un flechazo. Hablamos por videollamada todos los días y eres tú quien suele desplazarse. Yo no he vuelto a Estados Unidos desde aquella conferencia, así que otra versión no colaría.
—¿Están al corriente de todo lo que haces?
—No, pero un viaje a Estados Unidos lo sabrían.
—Entonces estoy locamente enamorada de ti y vengo a Escocia cada dos por tres como si estuviera a cinco minutos de camino.
—Es que me quieres mucho.
Qué ganas de darle con la taza.
—¿Qué más?
—Ya conoces mi casa, así que ya tienes un dato más.
Miro alrededor y asiento con la cabeza. Espero que me muestre el resto de la casa, pero ni se inmuta.
—Solo conozco el salón.
—Ellos han venido una o dos veces, dudo que recuerden mucho. Pero… si te hace ilusión, luego te muestro el resto.
—Mucha. Me muero por saber dónde vive mi inglés favorito. ¿Qué más?
Sonríe de mala gana.
—Emma es nuestra aliada. Sabe lo que vamos a hacer y la necesitamos para facilitarnos algunas situaciones. Habrá momentos en los que estemos reunidos hablando de la herencia. Tú puedes aprovecharlos para entrar en los dormitorios, revisar sus cosas… Emma te cubrirá con el resto del servicio.
—¿Servicio?
—Habrá personal encargado de las labores domésticas. Limpieza, cocina…
—¿Y Emma?
—La hermana de Emma lleva años encargándose de la limpieza del hotel.
Les he dicho a mis hermanos que Emma coordinará el servicio, ya que parte del personal vendrá de allí, y así la tendremos cerca.
Desde que murió mi madre no está bien y, después de tantos años, es parte de la familia, así que a todos les ha parecido una gran idea.
Entre su hermana, el hotel y el personal de la casa estará ocupada, pero podrá moverse sin levantar sospechas y cubrirnos si lo necesitamos.
—¿Cuál es el motivo oficial de esa reunión que dura una semana?
—Les he pedido que pasemos una semana juntos, que arreglen sus agendas para que podamos hablarlo todo con calma y hacer el nuevo reparto de la herencia. Quiero que lo decidamos entre todos y dejarlo todo solucionado.
—¿Y les has pedido una semana para que yo pueda trabajar?
—Muy perspicaz, detective.
—El reparto de un imperio puede llevar su tiempo, chico inglés. Podría deberse a eso.
—También. Y… lo de inglés… es para fastidiar, supongo. ¿Tienes claro que soy escocés? ¿Te sitúas? Estás en Escocia. ¿La localizas? ¿Cuánto tiempo hace que vives aquí?
—No vivo aquí, ¿recuerdas? Vivo en Nueva York y vengo a visitarte siempre que puedo —le comento forzando una sonrisa con la clara intención de desviar esa cuestión.
—Ya estás metida en el papel… Eso está bien.
—¿Dónde dormiré?
—Conmigo, en mi dormitorio. Es precioso. Te va a encantar.
—Eso no está en el contrato.
—Pero está en el sentido común.
—Invéntate algo, pero dormimos separados.
—Les diré que roncas y que es insoportable dormir a tu lado.
—Atrévete… y me paso el día pegada a ti, besuqueándote y cogiéndote de la mano, aunque vomite después.
—Vale, detective. Dormitorios separados. ¿Seguro que no quieres pensártelo? Dormir conmigo es un placer.
—Si duermes con la faldita… me lo pienso.
Entrecierra los ojos.
Punto para mí.
—Hemos terminado. Tengo que pasar consulta.
—¿Me estás echando?
—¿Tienes alguna duda más?
—No.
—Entonces puedes irte.
Me levanto y me dirijo a la puerta.
—Nos vemos pasado mañana, amor mío —me dice con un tono realmente repugnante.
—No tientes la suerte, inglés —le advierto mientras me giro y le sonrío con cinismo—. Es tu familia, tu reputación…
—Es tu trabajo y tienes que hacerlo bien.
—Mi trabajo es investigar y mantener la boca cerrada. Convertirme en una novia que te haga sentir ridículo cada cinco minutos es otra cosa.
Sonrío satisfecha, aunque esa palabra se la haría tragar.
«Es por ti, Elspeth», me digo en un nuevo intento de justificar esta puta locura.