18 Ewan
Confesiones
Taylor espera a que empiece a hablar mientras sostiene la taza de café entre las manos.
La observo unos segundos.
Es una mujer espectacular. Eso lo supe desde la primera vez que la vi y, por desgracia, acostarme con ella no ha conseguido que deje de ser consciente de ello.
Es alta, con una silueta difícil de ignorar y una forma de vestir informal que, de algún modo, consigue parecer elegante.
Lleva el largo cabello castaño recogido sin demasiado cuidado, todavía algo húmedo por la lluvia, y algunos mechones muy ondulados se le han escapado alrededor del rostro.
Pero son sus ojos los que inevitablemente acaban llevándose toda la atención.
Enormes, de un azul tan oscuro que a veces parecen casi negros.
Una auténtica belleza.
Lástima que resulte tan insoportable.
Altiva, insolente, provocadora y con una facilidad extraordinaria para convertir cualquier conversación en un enfrentamiento.
Sabe perfectamente que llamarme inglés me molesta y por eso lo hace siempre que tiene ocasión.
Llega tarde y, cinco minutos después, consigue que parezca que el problema lo tengo yo.
Y ahora pretendo pasar una semana con ella.
Fingiendo que estamos enamorados.
Si al menos me cayera bien.
Pero cada vez que abre la boca suele encargarse de evitarlo. Lo peor es que algunas de sus provocaciones incluso consiguen hacerme gracia, aunque no pienso concederle también esa victoria.
Aparto la mirada. Tengo problemas bastante más importantes que Taylor Stone.
Como lo que estoy a punto de contarle.
Por primera vez desde que se me ocurrió involucrarla en esto, siento el verdadero peso de esta decisión.
Voy a poner en manos de una desconocida asuntos que pertenecen a mi madre, a mis hermanos y a una familia que siempre ha protegido su intimidad.
El contrato garantiza su silencio, pero no consigue librarme de la sensación de estar traicionándolos.
Ni siquiera confío en ella.
No del todo.
Pero necesito respuestas y ya no sé cómo conseguirlas.
Taylor da un sorbo al café y arquea una ceja.
—¿Vas a empezar o tengo que adivinarlo?
Definitivamente, va a ser una semana muy larga.
—Desde el principio —digo—. Empecemos por mi familia.
—Adelante.
—Mi familia es propietaria de la destilería McAverley.
La fundó mi tatarabuelo y ha pasado de padres a hijos durante generaciones.
Mi padre y mi tío Alastair la heredaron juntos y la convirtieron en una de las firmas de whisky escocés más reconocidas internacionalmente.
Hace unos años decidieron separar sus caminos y la empresa sufrió bastante con la ruptura.
Recuperar lo perdido ha costado tiempo y mucho trabajo, pero Cormag y Callum, mis hermanos, se volcaron en ella y, junto a mi padre, consiguieron llevarla de nuevo a lo más alto.
Ahora atraviesa uno de sus mejores momentos.
La chica americana me mira sin pestañear y asiente con la cabeza.
—Mi padre murió hace poco más de un año. El corazón. En su testamento dejó a mi madre como beneficiaria de todo. Ella siempre se había mantenido al margen de la empresa, pero su muerte le cambió la vida y decidió que no quería seguir haciéndolo. Ocupó su puesto y empezó a tomar decisiones.
—¿Sabía cómo dirigirla?
—No tenía ni puta idea —admito—. Mi padre había dirigido McAverley de una forma muy particular: absolutamente todo pasaba por él.
Allí no se compraba una cafetera sin su consentimiento.
Mi madre se encontró de repente al frente de algo que apenas conocía, pero se aferró al cargo y recurrió a mi tío Alastair para que la asesorara.
Él conocía la empresa casi tan bien como mi padre.
—Imagino que a tus hermanos no les hizo mucha gracia.
—No. Cormag y Callum llevaban años trabajando allí y esperaban tener más peso después de la muerte de mi padre.
Pero nuestra madre se afianzó en el puesto y siguió recurriendo a Alastair para casi todo.
Desde la ruptura con mi padre, ninguno de los dos tenía ya demasiada estima por nuestro tío, así que verlo de nuevo influyendo en McAverley creó bastantes tensiones.
—Entiendo. Esos son los hermanos con los que voy a tratar.
—Junto a Isla, la pequeña. Al principio se mantuvo más al margen, pero acabó poniéndose de parte de ellos. No trabaja directamente en la destilería. Se ocupa del hotel donde te alojaste y dirige The Highland Crown, otro de los negocios de la familia. Puede que lo conozcas.
—No.
—Es un club privado en Inverness. Bastante exclusivo. Restaurante, salones, instalaciones deportivas, eventos, actividades culturales… y una larga lista de espera para entrar. Es uno de esos lugares donde importa casi tanto a quién conoces como lo que vas a hacer allí.
—Me hago una idea. ¿Y tú?
—Yo no formo parte de ese mundo. Ni de las empresas ni del club. Me desvinculé muy pronto. Físicamente, cuando entré en la universidad; emocionalmente, desde el momento en que decidí hacerlo. Mi padre no llevó demasiado bien que cambiara el whisky por la medicina.
—¿No teníais buena relación?
—Durante muchos años, no. En los últimos mejoró y retomamos el contacto, aunque quedaron demasiados años vacíos. Con mi madre, en cambio, siempre tuve una relación muy buena.
—¿Y en el conflicto que me has contado de qué parte estabas?
—En realidad eran tensiones, discusiones que procuraban dejar a un lado cuando nos reuníamos.
Mi madre cada vez conocía mejor la empresa y se sentía más segura y orgullosa de lo que estaba haciendo; mis hermanos, en cambio, tenían otra visión del negocio y les incomodaba la influencia de Alastair.
Yo intenté mantenerme al margen. No era mi mundo.
Nos reuníamos en la mansión de Skye, la que ya conoces, dos o tres veces al mes y, aunque alguna discusión acababa colándose, seguíamos siendo una familia.
—Ajá.
—Yo vivo y trabajo aquí, en el centro médico de al lado. Lo fundó mi tío, el hermano de mi madre. Él me inspiró para estudiar Medicina y me enseñó prácticamente todo lo que sé. Trabajé a su lado hasta que murió, hace dos años. Ahora el centro es mío.
—Bien, pues ya conozco a tu familia. Ahora háblame de por qué tu madre contrató a Elspeth.
—Todo lo que sé es a través de Emma, yo lo desconocía todo. Según ella, mi madre llevaba un tiempo convencida de que le ocurrían demasiadas cosas extrañas: caídas, pequeños accidentes domésticos… Decía que se sentía observada, que había objetos fuera de lugar… Hasta que ocurrió lo del té.
—¿Qué pasó?
—Mi madre no quiso tomárselo y Emma bebió una parte. Después estuvo enferma varios días. Emma asegura que ya tenía molestias de estómago, pero mi madre se convenció de que el té estaba envenenado y de que Emma había enfermado por beberlo.
—¿Y sospechó de tus hermanos?
—Aquella noche estábamos todos en la casa y las tensiones con ellos atravesaban su peor momento. Acabó convencida de que alguno podía estar intentando hacerle daño y contrató a Elspeth Douglas para averiguarlo.
—¿Y tú qué opinas?
—Que es una locura. Mis hermanos jamás le harían daño a nuestra madre.
—¿Y tú? ¿No entrabas en sus sospechas?
—Al parecer, no. Creía que todo estaba relacionado con la empresa y yo, como te he dicho, llevaba años al margen.
—Así que te deja fuera de sus sospechas y cambia el testamento a tu favor. Eso me dijiste.
—Para sorpresa de todos, me lo dejó prácticamente todo. Desde entonces, la relación con mis hermanos se ha vuelto más tensa.
—¿Te culpan?
—No directamente. Están enfadados, desconcertados… No entienden por qué lo hizo.
—Entonces no entiendo qué quieres que investigue.
—Taylor, sé que mi madre estaba equivocada. Emma me ha contado que ella misma acabó dándose cuenta y, antes de morir, pidió otra cita con su abogado para cambiar de nuevo el testamento. Lo he comprobado. Pero no tuvo tiempo porque… tuvo el accidente.
—¿Cuál fue la causa de la muerte?
—Cayó por unas escaleras de la mansión de Skye.
—En la casa donde me colé…
—En los jardines de la parte más baja.
—Entonces fue un accidente.
—Sí, claro. Últimamente estaba agotada, dormía poco y había tenido algún mareo y pequeñas caídas. Le insistí muchas veces en que descansara más y delegara en mis hermanos, pero estar al frente de McAverley se había vuelto demasiado importante para ella.
—Sigo sin entenderlo. Si crees que estaba equivocada y su muerte fue un accidente, ¿qué quieres investigar?
—Quiero asegurarme. Estoy convencido de que mi madre se equivocaba, pero necesito saberlo antes de repartir la herencia.
—¿Es eso lo que vas a hacer?
—Sí. De hecho, dejó constancia en el testamento de que confiaba en que yo sabría corregir su decisión si consideraba que se había equivocado.
Y pienso hacerlo. No quiero controlar el patrimonio ni las empresas.
Soy médico. Esta es mi vida. Lo justo es repartirlo entre todos y que mis hermanos sigan al frente de los negocios.
Pero es una decisión demasiado importante para tomarla sin preguntarme si…
Me detengo.
—Si existe la más mínima posibilidad de que tu madre tuviera razón.
—Exacto. Necesito descartarlo, aunque solo sea para sentir que he hecho algo.
—¿Fue Emma quien te contó lo de sus sospechas? Después de su muerte, supongo.
—Sí. Le pregunté si entendía el testamento. Era la sombra de mi madre; si alguien sabía algo, era ella. Entonces me lo contó todo y me dijo que, durante un tiempo, mi madre le había pedido que, si le ocurría algo extraño, hablara conmigo y me diera el contacto de la detective.
—Pero su muerte fue un accidente.
—Sí, Taylor. Un maldito accidente. No tengo ninguna duda.
—¿Quién estaba con ella cuando murió?
—Todos.
—¿Todos tus hermanos?
—Estábamos todos en la mansión. Habíamos llegado la noche anterior. Cuando nos reuníamos solíamos hacerlo los viernes, cenábamos allí y el sábado, en algún momento, nos marchábamos.
—Me has dicho que el accidente fue en el jardín.
—Se levantó temprano, desayunó y salió a pasear. Solía hacerlo, aunque siempre por donde no debía. La encontraron al pie de unas escaleras de piedra que comunican dos niveles del jardín.
—¿Quién la encontró?
—Un trabajador de la casa.
—Pero… ¿cómo puedes estar tan seguro de que fue un accidente?
—Soy médico, Taylor. Vi las lesiones y leí el informe. Todo era compatible con una caída por esas escaleras y no había nada que indicara una agresión. La policía tampoco encontró nada extraño.
—Pero todos estabais en la casa.
—Sí.
—Cualquiera podría haber estado con ella.
—Y también podría haber entrado alguien desde fuera. Si empezamos con las posibilidades, encontraremos cientos. Pero no había ningún indicio de que hubiera ocurrido algo así.
—Excepto que tu madre había dicho que temía que alguien pudiera hacerle daño.
—Y por eso estás aquí. Quiero saber por qué llegó a pensar eso y asegurarme de que se equivocaba. Pero, con todo lo que sabemos, su muerte fue un accidente.
—¿Qué más debo saber? —me dice con la misma dureza que yo acabo de emplear.
Ya ha sido suficiente por ahora.
Me recuesto en la silla y recupero el tono que parece irritarla tanto, aunque no sé por qué lo hago. Supongo que me siento más cómodo.
—Ahora hablemos de nosotros, amor mío. De lo enamorado que estoy de ti.
Su expresión de fastidio casi consigue hacerme sonreír.
Casi.