17 Taylor
Las Highlands en estado puro
Llueve. Cómo no.
Me ajusto la capucha del chubasquero y miro la pequeña casa que se encuentra solo a unos metros. ¿Será su casa?
Después de casi tres horas desde Inverness, por fin estoy en Broadford, en la isla de Skye.
Principios de otoño y lluvia. Escocia, una vez más, haciendo honor a su reputación.
Aunque quizá también sea parte de su encanto.
El viaje desde Inverness ha sido una sucesión de lagos, montañas, bosques, carreteras que serpentean entre valles y pequeñas casas desperdigadas donde parece que todo está en calma.
He vuelto a cruzar el puente que lleva a Skye intentando disfrutar del paisaje sin olvidar que debía conducir por el lado equivocado de la carretera.
Perdón. Por la izquierda.
Tres horas y sigo viva. Todo un logro.
Lo curioso es que conducir por aquí impone casi tanto como fascina.
Estoy acostumbrada a Nueva York, al tráfico, los edificios, las sirenas y la sensación de que siempre hay miles de personas a pocos metros.
Aquí puedo recorrer kilómetros rodeada de una inmensidad verde y silenciosa que me hace sentir diminuta.
Debería incomodarme, en cambio, no consigo dejar de mirar.
Hay algo en esta tierra que me atrapa. Quizá sean las montañas desapareciendo entre la niebla, el agua apareciendo donde menos la esperas o esa mezcla de verde, gris y mar que parece extenderse hasta el infinito.
No lo sé.
Solo sé que, incluso bajo la lluvia, las Highlands son espectaculares.
Y empiezo a comprender por qué alguien elegiría vivir aquí.
Yo necesitaría un periodo de adaptación. Y probablemente un psiquiatra, pero quizás acabara acostumbrándome.
Cierro el coche, compruebo que no viene nadie por el lado por el que mi cerebro insiste en decirme que deberían venir los coches y me dirijo hacia la pequeña casa.
Está pegada a un edificio bastante mayor que, ahora que me acerco, identifico por los carteles como un centro médico.
No sé qué relación tiene una cosa con la otra, pero las indicaciones del chico de la faldita son claras.
Compruebo la dirección una vez más.
Sí. Es aquí.
Me dijo que aquí vivía y trabajaba. Confieso que nunca lo habría imaginado.
No encaja con la imagen que me he formado de él: heredero escocés de una familia adinerada, dueño de un hotel y de no sé cuántas propiedades más, que acude a la boda de su hermano con un kilt y habla con la arrogancia seca de quien está acostumbrado a que nadie le lleve la contraria.
Y con muchos matices de auténtico gilipollas engreído. No olvidemos ese detalle.
Le pega más una mansión y una planta entera de oficinas en el centro de Inverness. O de Edimburgo, ya puestos.
—Llegas tarde —me dice nada más abrir la puerta.
Lleva una bata que, aunque consigo disimularlo, me deja perpleja.
¿Médico?
Debe de serlo. No creo que se vista así por afición.
¿Y el whisky?
Ay, Dios. No sé dónde me estoy metiendo. Al final va a resultar que David tenía razón.
Por mucho que hemos intentado informarnos sobre esta familia, apenas hemos encontrado nada más allá de la destilería y de un apellido ligado al whisky desde tiempos inmemoriales.
El uniforme médico, dicho sea de paso, le queda como un guante. Si no fuera por ese tono condescendiente que siempre parece perdonarte la vida…
—¿Puntualidad inglesa? —comento de mala gana mientras intento que la capucha no me descargue encima toda el agua acumulada.
—Escocesa, señorita Stone. La puntualidad es algo que valoro mucho.
Se aparta para dejarme entrar.
—Pues tendrás que acostumbrarte a mi impuntualidad americana.
Me conduce a una estancia de madera y piedra, pequeña, ordenada y con cierto aire rústico.
Los muebles mezclan lo práctico con lo antiguo y hay flores y pequeños detalles que evocan la naturaleza.
Todo resulta armonioso excepto una sencilla mesa metálica que parece colocada allí por error.
Encima hay un portátil y varias pilas de papeles perfectamente ordenadas.
Me ofrece té y lo rechazo. Me ofrece café y casi se lo suplico.
Minutos después, convencida de que la casa es pequeña pero agradable, nos sentamos frente a una mesa de madera maciza adornada con un discreto centro de flores.
Saco de mi bolso las dos copias del contrato que Fiona y David han preparado esta mañana.
Después de la copa con David, le confirmé al heredero del whisky que aceptaba y, a primera hora se ha puesto en contacto con la agencia.
Unos cuantos correos han bastado para acordar las condiciones y dejarlo todo preparado antes de que saliera de Inverness.
Miro los documentos y siento un pequeño escalofrío.
Es un contrato serio, basado sobre todo en la confidencialidad de todo lo que pueda conocer sobre su familia.
David lo ha redactado con cuidado: mi nombre aparece como persona asignada al encargo, pero en ningún momento se especifica qué soy ni aparece la palabra detective.
La responsabilidad recae sobre la agencia y la obligación de guardar silencio se extiende a cualquiera que participe directa o indirectamente en el trabajo.
Hay un cliente, unas condiciones y una agencia respondiendo por algo que voy a hacer yo sin ser detective. Hasta ahora podía verlo como otra de mis decisiones impulsivas; tenerlo por escrito lo convierte en algo mucho más real.
Y todavía no sé exactamente qué coño he aceptado.
Dejo las dos copias delante de él.
—Solo falta tu firma.
Las coge, pero no firma. Las repasa con una calma que empieza a ponerme nerviosa.
—Supongo que has leído bien las cláusulas de confidencialidad.
—Varias veces.
—Quiero estar seguro de que entiendes lo que implican. Nada de lo que veas o escuches durante esta semana puede salir de mi familia ni utilizarse para ningún otro propósito.
—Sé leer un contrato.
—No estoy hablando solo del contrato. Esto no es un juego, Taylor. Voy a permitirte entrar en una parte de mi vida que nadie de mi familia sabe que estás investigando. Necesito saber que vas a tomártelo en serio.
Me levanto lentamente.
—Vamos a ver, chico inglés, creo que estás un poco desubicado.
Eres tú quien ha contratado a la agencia porque necesitas a alguien dispuesto a infiltrarse una semana en tu vida.
Yo puedo marcharme ahora mismo y asunto resuelto.
No he aceptado para hacerte un favor, pero tampoco necesito este trabajo.
Han sido tres horas de viaje, pero el paisaje es increíble. Me doy por satisfecha.
—Espera… —Hace una pausa—. De acuerdo. Juegas con ventaja. No tengo tiempo y lo sabes. Pero tienes razón: el interesado soy yo.
—Veo que lo has entendido. Lo tomas o lo dejas.
Aún no me has contado qué esperas exactamente de mí, así que baja un poco esos humos porque puede que, cuando lo hagas, sea yo quien decida que no pienso seguir adelante.
Y ya que he perdido tres horas para llegar hasta aquí, podrías ir al grano.
Quiero saber dónde voy a meterme, con quién voy a tratar, cómo pretendes que investigue y, sobre todo, qué quieres que averigüe.
Ewan me observa unos segundos antes de firmar las dos copias.
—Bien, calmémonos. Es evidente que no nos caemos bien. Tendremos que resolverlo para que esto funcione.
—A mí me caes bien. No me he quejado. Me encantan los ingleses engreídos y arrogantes. La versión americana ya la conozco.
Veo encenderse sus ojos. La calma y la ironía con las que lo digo parecen descolocarlo. Sé que estoy tentando la suerte, pero me necesita y pienso aprovechar esa ventaja.
—¿Y qué versión te gusta más?
—Un gilipollas es un gilipollas en cualquier parte, aunque puede que la faldita te hiciera ganar algún punto.
—Sabía que te gustaría acostarte con un escocés con «faldita». Creo que te lo advertí. Me siento halagado.
—No deberías. Lo que me atrajo fue la faldita. Solo la faldita.
—¿Sabes? Es muy difícil tratar contigo. Y eso me preocupa.
—Pues no debería. Para lo que vamos a hacer puedo interpretar muchas versiones. Voy a ser tu novia. ¿Cómo la quieres? ¿Dulce, atenta, callada, sumisa…? ¿Guerrera, borde…? Tú pides, chico inglés.
—La primera parece encajar mejor, Taylor —responde con un cinismo que casi resulta insultante—. Por discreción. Ya va a ser difícil darle credibilidad a tu presencia, así que cuanto menos llames la atención, mejor.
Dios. Por un momento me siento como si acabara de ofrecerle un catálogo, aunque reconozco que la culpa es mía por plantearlo de esa manera.
—Bien. Hablemos de trabajo —digo, intentando recuperar algo de dignidad—. Dime de una vez qué tengo que hacer y dónde me estoy metiendo. Todo. Con detalles. Desde el principio. To… do.
Me observa unos segundos antes de servirme más café sin preguntar. Después se prepara un té y vuelve a acomodarse en la silla.
—Desde el principio… De acuerdo.
Se toca la barbilla y descubro un pequeño hoyuelo en la punta que consigue distraerme durante un segundo.
Solo uno. Soy una profesional.
O eso intento creer.
Esto es por ti, Elspeth, me recuerdo mientras me preparo para pasar una semana al lado de este imbécil. Guapo, rico y con esa irritante seguridad de quien parece convencido de tener siempre el mundo bajo control.